domingo 23 de octubre de 2011

domingo 16 de octubre de 2011

Novatadas y la farmacia de mi barrio.

Yo estudié donde pude y lo que pude, lo que significa que lo hice en la universidad pública más cercana. Teniendo en cuenta que vivo en una isla con una sola, no tuve demasiadas opciones. Tampoco fue ninguna tragedia, cuando en la vida te faltan las alternativas te ahorras mucho tiempo cuestionándote si hiciste lo más adecuado; hiciste solo lo que pudiste.

Fue por eso que no viví nunca en un colegio mayor ni estudié en una facultad con solera. La mía apenas tenía pasado y, por lo tanto, ahora no estoy seguro de que no hubiera «novatadas» porque no se estilaban por ese entonces o, simplemente, porque apenas estaban llegando profesores universitarios a la isla como para que, para colmo, tuvieran que cargar con los usos más deplorables de universidades más añejas.

Hasta hace unos días, lo de las «novatadas» me hacía recordar a una película ya añeja –probablemente más que mi universidad–, que se titulaba la «Revancha de los novatos». Era algo de universidades americanas y de comedias del mismo origen, pero no imaginaba que ya las hubiéramos importado. No obstante, una de mis alumnas, que ahora estudia Farmacia, celebrabra hace unos días en facebook que por fin acababa la temporada de novatadas en su universidad... Se me revolvieron las tripas.

¿No teníamos bastante con importar «Crepúsculo» de EEUU como para tener que traernos también lo de las novatas? Resulta insufrible ver a nuestro alumnado convertido en una panda de hoolingans dipuestos a humillar y vilipendiar a sus compañeros únicamente por ser nuevos. Con lo que nos costó librarnos de la mili obligatoria, resulta que ahora no te queda otra que ser el recluta patoso durante las primeras semanas de carrera.

O sea, terminas el instituto, sales por primera vez de casa y te encuentras con una especie de «acoso escolar» a lo bestia, institucionalizado y ejercido por nuestra élite académica. Me parece una tragedia. Te pasas toda la etapa de Secundaria educando en valores, resolviendo conflictos y promulgando el respeto al prójimo, sean cuales sean sus peculiaridades, y esos mismos alumnos serán los que dos cursos después les manden tareas insufribles a su compañeros, los insulten, los obliguen a bailar medio desnudos o les rapen el pelo en medio de una fiesta –eso es más o menos lo que te encuentras en youtube cuando escribes «novatadas España»–.

Me indigna. Y eso lo dice un tío que creción en un barrio en el que te corrían a hostias sin razón aparente. Allí había veinte fulanos que apenas sabían leer que aprovechaban cuando ibas a las farmacia para demostrar ante sus amigotes que podían pegar porque sí a los de la calle de abajo. El farmacéutico de Zárate debió de estudiar en Harvard, es el tío más listo del mundo. Abrió su establecimiento en la peor calle del barrio. Cuando ibas a por un angileptol, terminabas comprando luego melcromina, vendas y tiritas para arreglar el estropicio que te había costado el viaje.

Pero, si quieren que les diga la verdad, no me indignan tantos los matones de mi barrio como nuestros universitarios. Los primeros crecieron en la jungla y se comportaban como los animales que eran, pero los estudiantes universitarios son lo más selecto de nuestro sistema educativo, los que han medio entendido lo que les contábamos en clase y de los que nos sentíamos medianamente orgullos en los instituto. Ellos no tienen las excusa de no saber lo que está bien o lo que está mal. Se han hartado a clases de Ética y Filosofía, han leído más de dos libros (todo un récord), y han escrito –doy fe porque doy lengua– exaltados comentarios en contra del acoso escolar. Y, sin embargo, ahí los tienen: haciendo el idiota porque antes se lo hicieron a ellos.

Y lo peor de todo son los intentos de justificación. Cuando se los interroga al respecto, intentan defenderlo hablando de ritos iniciáticos, de que es una experiencia o de que supone una manera de «acoger» a los nuevos, y en ningún caso pasa de ser más que una racionalización de una animalada, que es siempre como intentan las personas formadas justificar las barabaridades que hacen cuando los obligan a ella –para muestra escuchen un rato a políticos que inauguran aeropuertos sin aviones–. Prefieron al matón de mi barrio, que te pegaba «porque sí». Por lo menbos ese no se entendía ni él.

Si les digo la verdad, si de ritos iniciáticos se trata, me quedo con el de los espartanos, que abandonaban a sus hijos en el bosque y sobrevivía el que sobrevivía para convertirse en guerrero. Por lo menos ellos tenían la excusa de que era la mejor manera de crear un ejército para defender su ciudad-estado y su forma de vida. Pero en el caso de nuestros universitarios, no se preparan sino para unas cuantas borracheras, para continuar vaciando las cuentas de sus padres o para examinarse unas decenas de veces en unos años, experiencias que cualquiera de mi barrio les cambiaría por ir a comprar a la farmacia... Que les den.

domingo 9 de octubre de 2011

La sofisticación de lo sencillo.

Es imposible que a nadie se le haya pasado por alto que esta semana ha fallecido Steve Jobs, el que fue fundador de Apple y su consejero delegado en los últimos años.

Mucho se ha escrito acerca de la figura de Jobs estos días, y como suele ocurrir cuando nos falta perspectiva, la mayoría de ello resulta desproporcionado. He leído como lo comparan con Einstein o con Thomas Edison, y resulta más que evidente que no fue ni lo uno ni lo otro. También hay quien lo encumbra como una especie de gurú y no faltará, más adelante, quien también enumere sus defectos; hasta el momento no se atreven a mucho más que a relacionar su despotismo con autoexigencia o afán de perfección, pero ya habrá tiempo de hacer otras interpretaciones menos cálidas de su manera de ser. Pero de todo lo que he leído acerca de Jobs me quedo con el discurso de graduación que pronunció hace unos años en la universidad de Stanford: «Encontrad lo que améis».

Ese discurso es honesto y emotivo. Jobs poseía un talento para la comunicación que fue lo que hizo de Apple lo que es. El mismo estilo sencillo pero sofisticado que gobierna su hardware y su software es bajo el que está escrito ese discurso. Y en el fondo de todo ello hay un pozo de honestidad. Jobs era un genio entusiasmando, y para ello –quiero creer– es necesario cierta sinceridad. Si presentaba sus productos como algo grande era porque pensaba que lo eran, y transmitir ese entusiasmo es lo que ha hecho de Apple una de las empresas punteras del sector. No solo ha creado mercado sino que lo ha fidelizado.

En ese texto al que me refería, de las palabras del patrón de Apple se deduce el mismo entusiasmo que ha sido capaz de transmitir a sus accionistas y a sus usuarios. Jobs dejó la universidad durante su primer año de carrera pero siempre estuvo convencido de hacer algo «grande».

Su genio no era técnico y su acerbo fue el la sencillez de la sofisticación. Su obsesión fue convertir lo complejo en accesible. Da la impresión de que su cabeza operaba en sentido contrario a como normalmente suelen hacerlo la de los genios. No deja una complicada teoría de la relatividad incomprensible para casi todos, sino unas máquinas capaces de hacer infinidad de cosas usando solo cuatro dedos.

Puede que todo tuviera que ver con su propia concepción de la vida. En ese discurso de graduación de Stanford expone una sola y sencilla idea: «encontrad lo que amáis». Simplemente porque eso da sentido a tu vida. Y eso lo decía un hombre que normalmente iba vestido en monocromo y que odiaba los botones de todo tipo, los de la vestimenta y los de los aparatos. Se cuenta que ordenó diseñar el primer iphone con solo un botón. Esas fueron sus instrucciones para los ingenieros: «Que solo tenga un botón, apáñenselas». Y en el fondo de todo ello siempre subyacía la misma idea: hacer de lo complejo algo sencillo. Y eso fue lo que hizo con su vida: encontró lo que amaba y a eso dedicó todos sus esfuerzos, aunque a veces vinieran mal dadas y en otras hasta lo despidieran de la empresa que el mismo creó. Todo ello en el convencimiento de que nada hay más importante ni más simple que la vocación.

Bien mirado, la «genialidad» de Jobs nos ha dejado un legado bien sencillo: «encontrad lo que amáis y dedicaos a ello con toda vuestra fuerza». Ni siquiera se trata de una idea nueva, pero inspira saber que alguien ha sido capaz de llevarla a cabo.

sábado 1 de octubre de 2011

Pleamar (Fin)

Andrés llevaba años yendo y volviendo de ella, como si los vinculara el mismo flujo que a las mareas con las playas. Se adentraba en su mundo en pleamar y se distanciaba de ella en bajamar, y aquel proceso había terminado por ser tan natural e inevitable como el de las mareas. O al menos lo era así para ellos. Para quienes los conocían desde hacía años, en cambio, terminaron por convertirse en un caso perdido o en un chiste. Se burlaban de ellos en las horas bajas y también cuando volvían a estar juntos, porque ya nadie los concebía sin ir y volver al otro.

Quienes se enteraban por primera vez de su historia, asistían estupefactos a los detalles de cómo Andrés y María no lograban separarse del todo ni estar juntos de todo. De ellos, quienes aspiraban a ser sus parejas, como don Fulano, los había que aceptaban el reto de interrumpir definitivamente aquel ciclo y otros que preferían ponerse a mil kilómetros de distancia de un vínculo tan complejo que no suponía sino la crónica de una muerte anunciada de cualquier relación que no mezclara el hidrógeno y el oxígeno que los convertía en marea. Ni unos ni otros, sin embargo, los comprendía.

–¿Cuánto vamos a seguir así? –le preguntó ella, a sabiendas de que esa noche dormirían juntos.

–No lo sé, quizás esta vez sea diferente.

–Tal vez… Pero el promedio resulta demoledor… ¿A veces no te da la impresión de que se nos puede ir la vida en esto, en ir y volver?

–Y ni así sería una mala vida. ¿Mucho mejor que irnos sin regresar? –sentenció Andrés, que ya hacía tiempo que había asumido la inevitabilidad de la pleamar.

Ella sonrió luciendo en su rostro esa ironía que emerge entre quienes se resignan en paz.

Andrés adoraba sus principios. No cualquiera, sino simplemente aquellos, los principios que tenían como letra capital a María, y que eran como regresar a casa después de un largo viaje. En esos reencuentros siempre había mucho de qué hablar. Concertaban citas y se reservaban tiempo, e iban a beberse sus cuerpos con esa sed que te asola después de cruzar el desierto. Era la fiesta de reencontrarse y el fuego de las ilusiones. Esa era su pleamar.

La bajamar era el tiempo en que se los comía la rutina y les comenzaba a ganar los asaltos el silencio, mientras postergaban sus palabras y sus encuentros porque había siempre algo más importante que hacer –el trabajo o los compromisos–, y porque el cansancio acababa por reclamar la esforzada energía con la que uno inicia las relaciones, que nunca se sabe si proviene de la plácida cuna de las ilusiones o de la desesperada sed que provoca la soledad. En cualquier caso, cuando todo eso se iba apagando, de María quedaba únicamente el cansancio y el desaliento, el pausado ritmo con el que uno se agota en vida en apretados horarios donde uno acaba haciendo siempre lo que debe y nunca lo que quiere. Y ya entonces, no le restaban fuerzas para él, ni tampoco esfuerzos, y era cuando Andrés prefería verla con otros hombres. No por nada, sino porque con ellos aún hacía el esfuerzo de comunicarse y de ser la mejor versión de sí misma, que es la que uno estrena una y otra vez en las primeras citas. Ahí era cuando único ya Andrés podía reencontrarse con María tal y como la amaba.

domingo 25 de septiembre de 2011

PLEAMAR (PARTE III)

Pasaron los minutos, y don fulano continuaba fuera del local, embebido en una conversación que postergaba injustamente su encuentro con María. Andrés sintió la tentación de ocupar el lugar del que había desertado aquel hombre y no dudó en hacerlo cuando vio que continuaba demorándose.

–¡Vaya tipo! ¿No? –le dijo a María tomando asiento a su lado con total naturalidad.

Ella lo había visto acercarse sin que la alarma o el desagrado le invadiera la expresión. Odiaba aguardar a solas, sin nada que hacer. Los retrasos era una de las pocas cosas que no toleraba en la primeras citas, y junto a ellas los hombres que la abandonaban por alguien que los llamaba al móvil.

–¿Qué te voy a contar?, Andrés –le sonrió simulando consternación.

Lo cierto era que fulano de tal había dejado de interesarla desde que se encontró con él en la Guarida. Llevaban tanto yendo y viniendo el uno a la vera del otro que el periodista suponía todo un atajo para erradicar la soledad de su rutina. Sería más cómodo que aguantar los desvaríos de un fulano pavoneándose para irse a la cama con ella. A María, los hombres se le parecían cada vez más a aquellos «rascas» que uno arañaba con ilusión en busca de un premio para luego descubrir que volvía a quedarse con las manos vacías. Al menos sabía que Andrés la hacía feliz... por lo menos durante un tiempo, hasta que decidía borrarse del mapa. Se trataba de una felicidad intermitente, pero era mejor que ninguna.

–¿Qué llamada puede ser tan importante a estas horas? –se interesó el hombre tomando el asiento libre.

–Su ex... –le explicó ella.

Fue escueta no tanto por no tener ganas de dar detalles, o por temer que volviera su pareja, sino porque sabía que la forma más rápida de conquistar a Andrés era blandir un interrogante delante del olfato de su curiosidad. Era como un conejo al que le pones una zanahoria delante. No podía evitar morder el anzuelo.

–Eso da miedo.

–Los ex, en general, lo dan.

–¿Eso va con segundas?

–Por supuesto –se burló María enseñándole la lengua.

–No recuerdo haberte llamado nunca mientras tenías una cita con otro.

–No, tú simplemente te me sientas enfrente –pronunció con picardía.

–Así aprenderá a no dejarte sola. Es más un castigo para él que un inconveniente para ti. ¿Cómo se le ocurre coger una llamada así en una cita?

–Si quieres, te lo explicó. Ya es la segunda vez que lo hace y me dio tiempo a preguntárselo antes.

–No jodas.

–Tienen una hija juntos. Es uno de esos padres de fin de semana aterrorizados. Saltan sobre el teléfono cada vez que suena por miedo de que le haya pasado algo. Hoy está con fiebre, o puede que su exmujer quisiera amargarle la noche, porque ya van dos veces que nos interrumpe. Será como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer.

Y esa, supuso Andrés, también iba con segundas, después del rosario de rupturas y reencuentros que llevaba un lustro alargándose entre ellos dos, donde Andrés no encontraba a nadie mejor que María, ni viceversa. No obstante, prefirió ignorarlo para quedarse hablando con la mujer de la que llevaba tanto tiempo enamorado... a ratos... y sobre todo cuando estaba con otros hombres.

Como en cada principio, les resultaba sencillo trabar conversación. Volvían a ponerse al tanto de sus vidas y, en seguida, los invadía aquella sensación de complicidad que nunca conoció un punto cero. No era solo fruto de un pasado juntos que ya se alargaba en el tiempo, sino que desde la primera cita de todas sus primeras citas, ya compartían una química que los vinculaba. Era como átomos de oxígeno y nitrógeno dispuestos a formar agua a la primera oportunidad.

Sus principios eran tan sencillos que resultaban inevitables, y sus finales tan civilizados que dejaban siempre abiertas las posibilidades de una nueva entrega de sus afectos. Apenas habían acumulado cosas que echarse en cara. Las pocas insinuaciones de María era cuanto podían reprocharse: no tanto el haberse dejado como el porqué no podían evitar volver a estar juntos.

domingo 18 de septiembre de 2011

Pleamar (Parte II)

María eligió la mesa en la que se sentaría con su acompañante. Lo hizo enfrente de él, convirtiéndose en el escenario predilecto para sus ojos. No se escondió, salió del local o se dio a la fuga cuando lo vio. No solo permaneció sino que se situó donde su presencia atraería de forma inevitable su mirada. Ella se situó de frente a Andrés, mientras que su acompañante le daba la espalda. Andrés dejó las notas para su último artículo a un lado y tomó entre sus manos el café aún caliente, consciente de que ya esa noche no podría atender a nada que no fuera María.

Había asistido a tantas «primeras citas» con ella que se las sabía de memoria. No obstante, ella era como un buen libro en el que uno podía escarbar nuevas interpretaciones por muchas veces que lo hubiera leído. En esos primeros encuentros María se te paraba enfrente y se vaciaba los bolsillos del alma sobre la mesa para que lo supieras todo de ella. Te servía sus adentros en una suerte de strip-tease destinado no solo a atraerte sino a dejarte claro quién era ella y qué esperaba de ti.

A María solo le bastaron unos minutos para hipnotizar al fulano de tal. Ella sabía exponerse y averiguarte sin resultar inquisitiva. Resultaba natural, espontánea y, sobre todo, lo bastante inofensiva como para que a uno no le entraran ganas de huir al salir por primera vez con una mujer que siempre iba en serio. María estaba ahíta de rollos de una noche y galanes de madrugada. No le sobraba ni tiempo ni ganas para hombres que le caducaban en una noche. Andrés, al menos, le duraba unos meses. No era una solución pero sí la mejor opción de las que tenía.

A fulano de tal acabó por sacarlo del trance el teléfono móvil. No debía de ser una llamada que pudiera eludir así como así a esas horas de la noche. Optó por cogerla después de comprobar en la pantalla del teléfono la identidad de su interlocutor. Se disculpó rápidamente con María pero lo cogió. Otra equivocación. María detestaba los móviles. El suyo lo apagaba bajo cualquier pretexto. Para empezar, no lo llevaría encendido a una de sus primera citas. Y no era solo que le molestara usar esos aparatos, sino que le disgustaban en los demas. Andrés estaba acostumbrado a que se lo apagara cuando salían juntos a cenar. Ni siquiera hizo falta que tuvieran demasiada confianza para tomarse esa libertad. Ya en su segunda cita le tomo el móvil del bolsillo y se lo apagó.

Detestaba la prioridad que concedía esos aparatos a quienes llamaban para inmiscuirse en su vida en cualquier situación. Estuvieran donde estuviera, y con quien estuvieran, la gente solía tomar el teléfono para contestar a una llamada, incluso, aunque se tratara de un número desconocido. María lo detestaba. Para ella era como si quienes pugnaban por imponerse a lomos de una llamada estuvieran haciendo trampa y saltándose su turno. Uno podía estar embebido en una conversación u ocupado en una tarea, y quien llamaba a un móvil vencía en la preferencia de esas prioridades para imponerse. Era lo que acababa de ocurrirle con don fulando.

El hombre elevó el tono de voz, pero no porque hubiera ruido en la Guarida, sino porque apenas había cobertura en el local. Otra de las razones por las que a María le gustaba ese sitio.

–Espera, espera. Apenas te oigo.

Don fulano se levantó del asiento intentanto mejorar la cobertura, pero le fue imposible. Así que acabó por disculparse con María para salir a la calle en busca de que mejorara la señal.

Ella se quedó sola en su misa, mirándo a Andrés, y se llevó el índice a la sien mientras terminaba de formar una pistola con el pulgar. «Bang», pronunció al tiempo que martilleaba el pulgar. Le sonreí y levanté la mano izquierda enarbolando en alto cinco dedos. Sabía que puntuaba a los hombres de uno al diez. Aquel no pasaría de cinco.

No se equivocaba. Ella negó con la cabeza y él recogió el pulgar. María hizo oscilar su mano derecha indicándole que «más o menos», y se aproximó dos dedos a la boca enarbolando el gesto de provocarse el vómito...

domingo 11 de septiembre de 2011

Pleamar (Parte 1.)

[Esta semana les invito a un cuento por entregas]

Andrés amaba a María. Sobre todo cuando estaba con otros hombres…

Quizás, si no viviera en una escueta isla sería capaz de vivir sin María. No obstante, en Gran Canaria, a Andrés se le hacía imposible vivir sin ella. Más tarde o más temprano acababa por encontrársela. Compartían demasiadas aficiones –teatro, cine, playa– y le gustaban demasiado los mismos sitios como para no acabar coincidiendo.

Uno en las separaciones se repartía las posesiones, los amigos y hasta las mascotas, pero no el mundo. Él no podía quedarse con una cafetería y ella con una playa, porque ni siquiera existían las suficientes de su gusto como para repartirla

La cafetería de La Guarida, debajo del hotel La Morada, en la playa de Las Canteras, era uno de esos lugares que no podían repartirse. En los ochos años que llevaban yendo y volviendo del uno a la otra ninguno había encontrado una cafetería mejor para las madrugadas. Él necesitaba silencio para escribir; Ella tranquilidad para hablar. Pocos locales nocturnos brindaban ambas cosas.

Andrés repasaba corregía su próximo artículo cuando la risa de ella irrumpió en el local. No levantó la vista para verificar que era ella sino para verla. No había lugar para las confusiones. Reconocería aquella risa abierta y contagiosa que invitaba a la alegría aunque María fuera disfrazada de Carnavales o se hubiera mudado de cuerpo. Solo le hacía falta oírla para que se propagara una sonrisa en sus labios.

Iba vestida para salir de noche: un traje negro de tiras por encima de las rodillas, una chaqueta que apenas le cubría los brazos y los hombros y, por fin, unos zapatos de tacón que le estarían destrozando los pies. La acompañaba un fulano que para Andrés era un fulano cualquiera, como lo habían sido todos con los que salía cuando la reencontraba. Sería una de sus primeras citas. Si estaba en La Guarida significaba que todavía le apetecía hablar. A ella acababa por masticarla el silencio en cuanto la secuestraba la rutina con un hombre.

Ella, por fin, lo descubrió. No era difícil. Ocupaba siempre la misma mesa, en la esquina izquierda, lo más lejos posible de los baños y de la barra. Allí se posarían por inercia los ojos de María cada vez entraba en la Guarida. Los ojos se traumatizan con las rupturas y acaban por sufrir tics nerviosos. Hay miradas que son sicosomáticas. Él la buscaba en las últimas filas de los cines, dentro de los Nissan Micra verdes, en las orillas de la playa y en la platea del Teatro Cuyás.

Sus ojos se cruzaron. Se sonrieron y supieron que esa noche dormirían juntos. En unos días él se mudaría a si piso. ¿Cómo no iban a saberlo si les ocurría así desde que se conocieron?

[continuará…]