domingo 21 de septiembre de 2008

El eco vacío de nuestras propias ideas.


Cada vez más, aumenta mi recelo ante las personas que, por lo que fuera, me solicitan mi opinión sobre cualquier asunto. Es más: a menudo concluyo con frecuencia que quien me interroga al respecto no pasa de ser un hipócrita, un farsante, un mojigato o un meapilas, cuando no un sectario o un radical de tomo y lomo. Lo peor de todo es que creo que cada vez abundan más estos personajes en un mundo globalizado, en el que todo se suele estandarizar y uniformizar hasta el absurdo de que las opiniones dejan de serlo; esto es que se exigen que sean todas iguales y por lo tanto no ya opiniones sino verdades universales sin posibilidad de contradicción o réplica alguna. A veces, incluso, me pregunto si yo a ratos no seré también uno de estos individuos imperdonables.

Quienes como yo sufrimos el mal de Antonio Machado, al que le gustaba estar en paz con los hombres y en guerra con sus ideas, nos guardamos cada vez más de expresar nuestras ideas abiertamente y en público, y es más, hasta las ocultamos cuando otros exponen las suyas y éstas son contrarias a las nuestras. Únicamente nos remitimos a no posicionarnos, en vista del conflicto que suele conllevar hacerlo. Esa cobardía - que es de lo que se trata sin lugar a dudas - se antoja imposible cuando se nos interpela directamente sobre algo. Entonces, uno se siente tentado a imaginar la opinión que esgrime quien lo interroga, con objeto de enunciar una análoga o acorde con ésta, pues a menudo se trata de la única forma de no encender la cólera ajena y las consecuencias de ésta.

Si por el contrario se enuncia una opinión propia y ésta es discordante con la del interlocutor, recibes a cambio el varapalo de una mala mirada cuando no de una argumentación agresiva que no tiene tanto el propósito de convencerte como el de amedrentarte para reducirte. De hecho, ese discurso se ejerce más desde la coacción que desde la argumentación. Se te rechaza o se te denosta por albergar una postura diferente, y prácticamente se te castiga por ello.
Visto lo visto, cada vez estoy más convencido de que si nos interrogamos unos a otros sobre nuestros pareceres ya no es tanto para abrir nuestra perspectiva sino para blindar aún más nuestros posicionamientos. De hecho, desechamos a aquellos razonamientos que nos los cuestionan y evitamos abiertamente a quienes de antemano sabemos que piensan de forma diferente. Por ejemplo, los corrillos en mi trabajo se establecen entre quienes piensan igual y siempre de la misma manera. Unos se refuerzan a otros en posiciones cada vez más antagónicas, cada vez más irreconcilliables a fuerza de radicalizarlas, de asfixiarlas bajo un único punto de vista.

Esto ocurre también con frecuencia entre los políticos. Quienes en su origen fueron el paradigma de la dialéctica, ahora vienen a encarnar el ejemplo mas fragante de falta de miras, intolerancia y cerrazón mental. Me comentan varios amigos que son técnicos en administraciones públicas y que trabajan bajo su mando, que aquellos no buscan en su opinión profesional sino la confirmación de las tesis propias. Cuando los políticos deben consultarle algo a sus técnicos, deploran cualquier opinión que sea contraria a la suya. De hecho, los consideran auténticos enemigos si se les oponen con frecuencia, cayendo en el ridículo de no contemplar que al fin y al cabo la suya es la conclusión de un especialista y, por tanto, no se le puede exigir otra cosa que el hecho de que sea medianamente objetiva. En un país visceral donde carecemos de imparcialidad alguna en el terreno profesional, tendemos a interpretarlo todo como un desplante, y sospechamos que cualquier desacuerdo es fruto de antipatías o aversiones por negarnos a reconocer que nuestras opiniones a menudo son desacertadas, extravagantes o, al menos, discutibles o mejorables, cuando no auténticas locuras que también las hay.

Uno nunca debería interrogar a otro acerca de su opinión si no está dispuesto admitir que la de aquél pueda ser diferentes y hasta totalmente contraria a la propia. No se me ocurre a mí, al menos, preguntarle a nadie si es homófobo, racista o machista, porque no estoy dispuesto a admitir que se me responda afirmativamente en ese sentido; no todas las opiniones son buenas ni respetables, eso es un absurdo, las hay que atentan contra las libertades de otros o contra su dignidad, y por ello dejan de ser materia enjuiciable, están exentos de ser pareceres posibles. Ahora bien, cuando de opiniones propiamente dichas se trata, uno se encuentra en la obligación de contemplar las ajenas si sobre ellas se interroga, y de respetar las decisiones del otro al respecto si tiene competencias en ellas (un técnico las tiene sobre aquello sobre lo que se le interroga). Es lícito argumentar en contra de ellas e intentar la hazaña del convencimiento, pero no de amedrentarlo o vilipendiarlo por no compartir nuestras ideas.

En un mundo donde todo los llevamos al terreno personal, a menudo nuestros argumentos se fundamentan más en la coacción, en el reduccionismo o en la generalización que en un razonamiento coherente. El escritor Javier Marías, por ejemplo, lleva años siendo atacado por no ceder ante el lenguaje políticamente correcto basado en el binomio o/a, en el "todos y todas" y en el "chic@s". Se le ha denostado y marginado por ello, se le ha tachado de machista y se ha recurrido a ridiculizarlo señalando el absurdo de que un hombre moderno, racional e inteligente pueda pensar así. Aunque Marías ha argumentado a menudo la enjundia de su opinión, sus detractores han sido incapaces de participar en la dialéctica, sino que se han limitado insultarlo, menoscabarlo y a engordar las filas de quienes lo deploran por ello. Es sin lugar a dudas de una táctica coercitiva. ¿Acaso no tendrá el autor tanto derecho a su opinión como quienes esgrimen la contraria? ¿Quizás más aún teniendo en cuenta que, como dicen aquéllos, se trata de un hombre moderno, racional, coherente y todo un académico de la lengua, por no decir un escritor como la copa de un pino?

Tengo un amigo que a menudo me achaca que no pienso como un latino a pesar de serlo. Sostiene que mi forma de ser se acerca más a la nórdica o a la inglesa. De hecho, alguna vez se han puesto en entredicho mis opiniones argumentando que soy español y que, como tal, debería pasar a engordar el manido estereotipo idiosincrásico de quienes se inscriben esa nacionalidad. Yo me pregunto si no tendré aún más derecho a albergar mi propia opinión en esos casos en ques para forjarla he tenido que superar los prejuicios con los que fui criado. Creo que los pareceres más sólidos, los más genuinos, son aquellos que atentan directamente contra los prejuicios con los fuimos adoctrinados, debido al esfuerzo que por ello implica superarlos. Presupongo más auténtica la religiosidad de un muchacho criado en la democracia que la de un cura añejo de la época franquista, y me entusiasma más el meritorio feminismo de un anciano de aquel entonces que el belicismo estereotipado de las activistas de boquilla y pocas luces que dan caza a Javier Marías. No obstante, jamás consentiría en presionar o chantajear al cura o a las activistas para cambiar sus ideas, su opinión les pertenece, y si bien uno puede intentar convencerlos de lo contrario, no resulta justo amenazarlos de muerte o amedrentarlos para ello, que es el modo en que estilan a hacerlo muchos meapilas, hipócritas y farsantes de hoy día - puede que a veces hasta yo mismo-, que aunque preguntan por la opinión ajena no están dispuestos a admitir como respuesta sino la propia, un eco vacío de sus propias ideas.

sábado 20 de septiembre de 2008

Cantos de sirena

Pude haber estudiado un año en la universidad de Turín si mis padres no hubieran carecido de medios económicos para ayudarme en ese empeño; a punto estuve de trabajar un curso en Chile de haber obtenido una beca que en último término no se convocó; o me habría marchado a trabajar a Tenerife cuando saqué las oposiciones si quien era mi pareja en ese momento no hubiera sido tan indefectiblemente dependiente de sus padres. Y no sólo eso, mi vida también pudo ser diferente si hubiera aceptado formar parte del equipo permanente de una ONG en Madrid, según acabé la carrera, o si me hubiera elegido quizás otra mujer antes que la primera, o tal vez si no hubiera hecho o sí determinadas cosas, o si hubiera ganado algún concurso literario al que no me presenté. Pude haber sido más afortunado de ser mi historia, en realidad, una historia diferente que no sería la mía. Tal vez, no me habrían engañado si yo hubiera engañado antes, o habría sido más próspero en mi empleo si me hubiera aliado con otros, si hubiera concedido cuando no lo hice, o si simplemente hubiera pronunciado palabras diferentes a las que pronuncié en un momento dado.
Esos son sólo algunos capítulos de mi fábula personal, de los cuentos de mi vida que nunca fueron reales, que pertenecen sólo al artificio de la imaginación, de lo que pudo ser y no fue. Cada cual alberga los suyos: oportunidades que dejó pasar o que se frustraron en último término, decisiones que tomó cuando pudo optar por otras y un rosario de casualidades o causalidades que hacen que nuestra vida sea como es y no de otro modo. Y puede que algunas de ellas ni siquiera fueran el propósito de nuestra voluntad, sino de la de otros que estuvieron tan ligados a nosotros como para que el rumbo de sus vidas creara marejada en la nuestra. Hay quien pudo cohabitar con una estrella de cine cuando aún no lo era, quien dejó pasar la oportunidad de participar en un negocio que quizás luego fue afortunado, o quien abandonó en el puerto del olvido a una pareja que tal vez le parezca ahora más afortunada que la actual.
Todos nos sentimos en algún momento seducidos por alternativas que no existieron y aún por otras que probablemente no existan. Los hay que rumian la posibilidad de una vida diferente a la que tienen si se atreven a dejarlo todo y a comenzar de nuevo, a mudarse a otra ciudad y buscar fortuna en otro trabajo, y existe a quien lo seduce la posibilidad de una mudanza a otra cama o quien se envuelve en polvo de hadas para partir en volandas detrás de Peter Pan al país de Nunca Jamás, donde aspirará a ser de nuevo un adolescente despreocupado. Aquello que pudo ser y no es, aquello que podría ser pero se antoja imposible de no tomar decisiones radicales, es en realidad un canto de sirenas que a todos nos seduce. No obstante, lo que es y lo que podría ser no obedecen a la misma naturaleza ni tienen la misma sustancia. Aquello que se supone, se predice o se vaticina es competencia del “ficcionario” de nuestra imaginación, y por lo tanto se hila más con las palabras que narran cuentos de hadas y frabrican nuestras ilusiones que con aquellas otras que fijan la realidad. Aquello que es, en cambio, excede las fronteras de nuestras voluntad y de nuestra imaginación, depende de unos hechos que nos exceden. Por ello, no pueden pesar unas cosas y las otras lo mismo en una balanza a la hora de decidir sobre ellas, porque simplemente no son comparables.
Existen personas, sin embargo, que viven a horcajadas de esos cantos de sirenas, imaginando que su realidad puede ser radicalmente distinta si el universo se confabula para hacer realidad lo imaginado (perdón a Cohello); lo cierto es que el universo tiene ocupaciones más importantes que funcionar de lámpara de Aladino. Es lo que tienen los cantos de sirena, seducen con el erotismo de una felicidad plena que es en realidad una felicidad imaginada; nada es perfecto ni nada carece de inconvenientes. Algo que se imagina de ese modo por lógica se exilia de la realidad.
La línea que traza las fronteras que existen entre los proyectos y las quimeras, entre lo plausible y lo irrealizable son finas, y cruzarlas termina por significar un naufragio en la frustración. Un sueño o un anhelo es una arenga válida para tramar un proyecto, mas este último jamás puede estar desligado de la realidad. Las quimeras se trazan con hilos de luz que nada fijan en el mundo real. Ni el deseo ni la necesidad son motores per se para obrar cambio alguno. Convocar lo posible exige esfuerzo, cordura y la conciencia de que nada real es enteramente perfecto. Sólo de ese modo la frustración se hace comprensible y se dulcifica.
En cambio, nada rentable se gesta cuando uno vive apresado por los cantos de sirena de lo que pudo ser y no fue, o de lo que podrá ser cuando en realidad resulta impensable que lo existente dé a luz esa posibilidad. Los cantos de sirenas de los sueños tan ideales como disparatados pueden acabar por tenerte preso, bien de la autocompasión – si las posibilidades ya pasaron y se perdieron – o del porvenir – si aún se imaginan pero no se concretan -. La vida de uno puede quedarse varada en la dársena de un anhelo imposible si uno no se atreve a soltar amarras de sus caprichos para internarse en un mundo de posibilidades que jamás resultan ideales. Y no es extraño que esto ocurra así, porque concebimos a menudo tan reales esos anhelos como las circunstancias veraces de nuestra vida. No podemos caer en esa trampa, todo aquello que se imagina puede ser necesariamente perfecto, es el don de las ficciones, más nada lo es cuando realmente se concreta. Ahora bien, ni siquiera son comparables los deseos con los hechos. Los segundos se encarnan en la sustancia de lo real, que es algo que nos excede y nos llena más que nosotros mismos; los primeros nos enclaustran en nuestros adentros, nos asfixian en nuestros caprichos y nos inmovilizan, manteniéndonos imperturbables en una pataleta infantil de querer lo que no es posible mientras nuestra vida se deshace entre los dedos del tiempo.

sábado 29 de marzo de 2008

Ser y hacer.

En cierta ocasión le preguntaba un escritor aficionado a uno profesional y reconocido cuál era la forma de convertirse en escritor. El autor consagrado le explicaba que un escritor se levanta pensando en escribir, desayuna pensando en escribir y además escribe. Eso es fundamental: “un escritor escribe”. Y el tiempo del verbo es esencial en esa afirmación. Se dice “escribe” y no “ha escrito” o “escribió”, ni siquiera se conjuga una perífrasis – “podría escribir” – o se construye una copulativa – “es capaz de escribir” -. De ahí siempre deduje que si un escritor escribe, un profesor enseña, un médico trata o cura, o al menos lo intenta, y así sucesivamente se conjuga la esencia de cualquier profesión a través de ejercerla. En definitiva: sólo se “es” cuando se “hace”, la esencia la constituye la actuación.
Esta máxima de que uno sólo “es” mientras “hace” resulta, si quieren, despiadada, pero al cabo se convierte en algo fundamental si realmente quieres definirte y definir a quienes te rodean. Hay quienes esquivan esta realidad porque resulta más cómodo identificarse en un tiempo diferente del presente; el ámbito de la educación está infectado de ellos, y me imagino que el resto también, es sólo que yo nunca he sido laboralmente otra cosa que no sea profesor.
Existe quien se empeña eternamente en que le siga definiendo su pasado. Te explican una y otra vez que ellos ya “han sido”, que tuvieron una época dorada en tal o cual tarea o cuestión, y pretenden actualmente que aquello les sirva como rédito para que continúe definiéndolos ahora. No se puede invertir en una especie de depósito de la excelencia a plazo fijo, no se puede “haber sido” en algún momento y pretender que el ahorro de esa esencia te siga llenando el presente. Sería como pretender afirmar que un gran jugador de fútbol lo sigue siendo ya longevo, gordo y retirado. Habrá sido, si acaso, pero dejó de serlo, y aunque resulte duro se le considerará en el presente por lo que hace en él, o al menos a efectos de contar con el jugador para un partido, y sólo por el pasado cuando se lo recuerde o se extienda un homenaje a su memoria. Es absurdo pretender que nuestras actuaciones pasadas nos cataloguen para siempre, y no sólo eso sino que tampoco es justo. Es como si un oficial de las SS pretendiera que, en un juicio al que fuera sometido, se tuviera en cuenta que antes fue monaguillo en una parroquia y que eso lo exime o lo disculpa de ya no ser piadoso.
Hay también quien ni siquiera “fue” nunca y pretende que su consideración se fundamente en la posibilidad de lo que “podría ser”. Son las personas “yo podría pero…”, un auténtico cáncer en cualquier situación. Cuando tú andas con el culo a dos manos y agobiado de trabajo, se acercan a tu lado y vienen a contarte – por ejemplo -: “yo podría hacerlo pero no voy a tapar un problema que crea la Consejería”. Que las dos manos las tengo ese momento en el culo y ocupadas, que si no uno iba directita al moflete del tipo encumbrando uno de esos cachetes clásicos que se les daban a los niños repelentes. Es gente que pretende que se les prestigie por aquello que pueden hacer y no hacen. Para ello, explicitan sus capacidades sin que pasen a ser algo tangible, y vetan su realización con cien mil excusas que adjudican a otro la responsabilidad de su falta de compromiso. “Yo podría pero en este momento de mi vida…”, “yo podría pero no merece la pena”, “yo podría pero ando liado en otra cosa prioritaria”… o cualquier otra variante de una fórmula que encorseta la realidad de ser un “puedo y no quiero”.
Entres “los que fueron” y los “puedo y no quiero” se nos va llenando el mundo de gente a la deriva que poco aporta más que ruido, y no sólo eso sino que exigen un reconocimiento y unos privilegios que no se merecen. Acaban hasta por lastrarnos para no ofenderles, no hay nada que incordie tanto a alguien que no trabaja o prospera como alguien que lo haga, porque en el fondo éste le recuerda que su condición de náufrago es una opción y no un hecho inevitable. Ahora bien, como se trata de una opción, debe considerárselos por la naturaleza de las decisiones que toman, y no de las que tomaron – los que fueron – o de las que podrían tomar – los puedo y no quiero -, porque lo cierto es que si algo nos define son nuestras actuaciones y de éstas sólo podemos dar cuenta en nuestro presente, que es el tiempo en que elegimos. Y no hay excusa que valga, porque por suerte hay gente por ahí que “es” siempre pese a todo, pese al lastre de miles de condicionantes que podrían frustrarlos y pese a llevar mucho tiempo en la brecha.
Cuando me siento ya ahíto de escribir o de enseñar, cuando se me acumula la frustración de las editoriales que rechazan los manuscritos o de centros que son una maldición, cuando creo que puedo decir que ya cumplí, que ya hice lo suficiente para vivir del rédito durante al menos un tiempo, me paro un segundo y siempre digo lo mismo: un escritor escribe, un docente enseña, pese a todo, sin excusas ni justificaciones.

martes 29 de enero de 2008

La educación podría salirnos barata.

¿Se han fijado que de unos años a ahora los guardias muertos sufren obesidad? Creo que donde primero lo noté fue en Fuerteventura. Allí, cuando un coche circulaba sobre un badén, más bien parecía que subiera o bajara una duna, haciendo materialmente imposible que uno pudiera conducir relativamente rápido si no quería dejarse la amortiguación y parte de la carrocería por el camino. La causa de la obesidad que sufren estos guardias es evidente: o los elevan de esa manera o la gente ignora los límites de la velocidad.
Pensé que se trataba de una táctica oriunda de Fuerteventura, pero he pasado unos días fuera y allí también tenían cordilleras de badenes. Al final, la Dirección General de Tráfico o las autoridades competentes han llegado a una conclusión semántica: el conductor medio no reconoce otra prohibición que la mera imposibilidad.
Este hecho no se refleja sólo en badenes tipo “picos de 8000”, sino en toda una casuística de hechos que no dejan de proliferar a poco que uno se esfuerce en recordarlos. Por ejemplo, en mi calle el Ayuntamiento ya no sabía cómo señalizar el prohibido aparcar de la esquina; la calzada es estrecha y si uno aparca ahí ya no se puede girar. Pues después de pintar de amarillo en varias ocasiones y de poner un policía a turno perpetuo multando al personal, optaron por poner pivotes de plástico, que es la misma táctica usada en ciertas salidas de la circunvalación para que la gente no se esnife la raya continua.
En la calle de Triana de la ciudad de Las Palmas tenemos otro ejemplo. Hace algo más de un año se destaparon los raíles del viejo tranvía de la ciudad y se cubrieron con un cristal para disfrute de los viandantes. En las semanas siguientes, algunos vehículos pesados de limpieza o transporte rompieron dichos cristales, aún a sabiendas de que estaba prohibido pasar por encima. La patética solución fue rodear el “expositor” con macetas de una tonelada.
El último caso que voy a exponer lo descubrí ayer, y ni siquiera tiene que ver con el tráfico rodado. Me trasladaba por un aeropuerto cuando necesité subir por una escalera mecánica. El acceso a ésta estaba rodeada por unos pivotes metálicos cuya existencia sólo se explica de la siguiente manera: algún animalito del Señor intentó ¡subir por las escaleras con un carro de equipaje! Y lo peor es que para dedicarte a poner pivotes en las escaleras mecánicas es seguro que no sólo fue un tipo desorientado el que intentó la proeza, sino una cantidad considerable de ellos. Lo mismo habrá ocurrido con los pivotes de no aparcar, los macetones de Triana y las líneas continuas de la circunvalación.
Todo ello convoca la misma conclusión: tal como está el patio sólo entendemos la prohibición como una imposibilidad. De algún modo, en el espacio público, vamos renunciado al hecho de que un ciudadano se conciencie de que no debe hacer algo aunque pueda. Temo que, al cabo del tiempo, y a tenor de la suciedad que reina en las calles, acabemos incorporando en todos nuestros deshechos un GPS y algún tipo de motor para que, cuando tiremos un envoltorio, esté pueda localizar el cubo de basura más próximo. Parece que renunciamos a que las cosas puedan ser de otra manera.
Ahora que los docentes andan – como siempre- reclamando una inversión en educación y que los políticos exhiben – como siempre – la radiografía de sus arcas vacías para no concederla, quizás merezca la pena reflexionar sobre si un sistema educativo más eficaz no podría resultarnos bien barato. Si de algún modo invirtiendo dinero y medios en educación (y desde luego no sólo en profesores, sino en padres, trabajadores sociales, etc) consiguiéramos que los futuribles ciudadanos no aparcaran en las esquinas, se saltaran las continuas, destrozaran los expositores, ensuciaran las calles e hicieran el bruto en los aeropuertos, podríamos ahorrarnos un buen dinero en pintura amarilla, badenes, infraestructuras y, no sólo eso, sino también en juicios destinados a agresores domésticos, xenófobos y maleantes en general, y puede que aún algo en prisiones o en horas de campañas publicitarias de la DGT. Puede que, al fin y al cabo, la educación sí nos acabe saliendo barata, sólo que se trata de una inversión de futuro en un sistema que no extiende la mirada más allá de las próximas elecciones.

sábado 29 de diciembre de 2007

Irse de casa.

Todo lo nuevo convocaba para Sara un halo de entusiasmo, como aquellos regalos infantiles que abría el día de Reyes y en su cumpleaños. No obstante, la novedad suele deshacerse con premura entre los dedos de tiempo. La excitaban los paquetes aún envueltos, cuando todavía no eran nada en concreto sino la posibilidad de cualquier cosa. Luego, el fervor disminuía cuando rasgaba el papel de la cubierta y sus ilusiones se materializaban en muñeca, una novela o en el último traje que le gusto de las tiendas Zaras, dependiendo de la edad que tuviera por aquel entonces.
Con el transcurso del tiempo, no obstante, la novedad dejaba de serlo; los estrenos caducan inexorablemente. Eso forma parte de su naturaleza. Entonces, en la vida de Sara, sólo quedaba un juguete, un libro o una prenda más de ropa, todos ellos despojados de ilusiones, abriendo de nuevo un vacío en su interior que le incomodaba los días, una insatisfacción creciente que anhelaba llenarse de nuevo con estrenos o quizás sólo con papel de regalo.
Sara descargó una gruesa maleta sobre una cama virgen, que nunca había ocupado nadie. Todavía el colchón estaba envuelto en plástico para protegerlo del polvo, como si aquél fuera su papel de regalo, si bien inútil para esconder su contenido. Todo era nuevo, el piso y el colchón, y también buena parte de la ropa que albergaba su maleta, así como el peinado, y quizás hasta la vida, tan diferente a como lo había sido un año antes.
Sara siempre pensó que las estancias de un nuevo piso estaban habitadas por el mismo silencio que ocupaba la incógnita de una sorpresa o de un regalo a punto de abrirse. Como el interior de aquellos regalos de su infancia, el escenario de un nuevo hogar todavía no se concreta en nada, aún alberga la sustancia de todo lo que es posible. Sara se interrogó sobre los hombres que ocuparían su dormitorio algún día, o sobre si habría hijos que juguetearían alguna vez en un salón que todavía carecía de muebles.
Todo estaba aún por hacer, todo estaba aún por llenar. La ventaja de que no exista nada todavía es que aún uno puede imaginarlo todo, aunque nada pase de ser eso: meras cábalas.
La casa que compartía con Álvaro un año antes estaba ya demasiado llena, era como si todos los regalos se hubieran abierto en una navidad añeja. De pronto, Sara se descubrió con una vida hecha, alejada de las playas del País de Nunca Jamás de su adolescencia. Mientras sus amigas todavía iban y venían, mientras sus vidas aún se cimentaban en la quimera de lo que podría ser, la de Sara echaba raíces en un contrato fijo en una asesoría fiscal y en torno a la vera de Álvaro.
Lo peor era que ya nadie lograba imaginársela de una manera diferente. Nadie le suponía un destino distinto al que llevaba trazando con sus planes durante años: casa propia, hijos… y a saber qué más. Todo eso le pesaba cada vez más como una losa, la alejaba de las costas del Nunca Jamás, donde ya no habría encarnizadas luchas con piratas ni ningún príncipe azul diferente de Álvaro la rescataría del capitán Garfio.
Como Wendy, quizás se encontraba bajo el umbral que le cerraría las puertas a la infancia. Cada vez se alejaba más de la figura de las protagonistas de los filmes románticos del cine, de las telenovelas y de aquellas novelas de Jane Austen que tanto le gustaban. Ninguna de aquellas historias estaban protagonizadas por parejas estables y madres de mediana edad, éstas carecían del dramatismo y el conflicto que convertía a aquellas mujeres en heroínas.
Aún más terrible era descubrir que todavía a su edad había gente que utilizaba a Campanilla para viajar al País de Nunca Jamás. Jaime, Ana y unos cuantos compañeros de trabajo todavía salían de marcha cada fin de semana y volvían el lunes contando cómo habían cortejado a la princesa india o luchado contra los hombres de Garfio en una discoteca del puerto.
Las ecuaciones que tenían todos ellos todavía estaban repletas de incógnitas; la de Sara, en cambio, siempre se despejaba a la vera de Álvaro y de la consecución de su madurez.
Intentó durante unos meses tenerlo todo, la estabilidad de Álvaro y las correrías en el País de Nunca Jamás. Para esto último, hizo un trato secreto con Jaime, que la guiaría hacia la estrella adecuada. No obstante, resultaba difícil salir cada noche de su dormitorio de Londres para dormir en el árbol de los niños perdidos en Nunca Jamás. Álvaro, más tarde que pronto – tantos años de confianza proporcionan algún crédito – se dio cuenta, y entonces sí que tuvo que elegir; no se puede habitar Londres y Nunca Jamás simultáneamente, nadie puede pisar dos países al mismo tiempo. Álvaro la anclaba a una vida sin sobresaltos ni regalos por abrir. Junto a él no podría imaginarse junto a Jaime ni oteando el horizonte sin límites de una vida sin responsabilidades, dónde todo aún podía ser imaginado. Lejos de él, en cambio, podría interpretar el papel principal de una novela de Jane Austen. Tenía que marcharse, debía volar.
En el fondo, le encantó irse de casa, sentir levitar su cuerpo siguiendo la estela que dibujaba la vida a la que la arrastraban Jaime y la pandilla de niños perdidos, era como volver a ser una chiquilla. Se sintió de nuevo el centro de atención, con todo el mundo preocupada por ella y por la tragedia de un matrimonio que nadie imaginó nunca frustrado. Resultaba placentero que todo estuviera de nuevo envuelto en papel de regalo.
Habían pasado varios meses desde entonces, el tiempo necesario para volver a reorganizar su mundo. Había abierto regalos y más regalos desde entonces, nuevos amigos y nuevos amantes, nuevos pisos de alquiler y una nueva rutina que nada tenía que ver con la anterior. Habitaba un país diferente en la misma ciudad, como si hubiera seguido la ruta de estrellas que la llevaba hasta el país de Peter Pan.
Ahora volvía a tener casa nueva y, no obstante, aquello le sabía a regalo añejo, a objeto de segunda mano. Era otra vez una hipoteca y elegir muebles, llenarse de facturas y de enterrarse en documentos.
Recorriendo las habitaciones vacías, Sara se sintió profundamente cansada, recordando la vivienda que compartió antes con Álvaro y que también estuvo diáfana como aquélla. ¿Sería otra vez igual? ¿Se repetiría la historia? Aquél era un temor al que prefería no enfrentarse. Volvía a sentirse anclada, angustiada por un sueldo que ahora que volvía a tener hipoteca le concedía menos treguas en el Pais de Nunca Jamás. Otra vez tenía que volver a responsabilizarse de sí misma, debía llegar a final de mes y concretar qué iba a ser de su vida. No existen los mundos carentes de problemas ni se podía regresar indefectiblemente a la adolescencia.
Sara luchó por expulsar aquellos pensamientos de su mente mientras deshacía su maleta. No obstante, cabía la posibilidad de que hasta en el País de Nunca Jamás la alcanzara la rutina. Ahora tenía hábitos diferentes, pero no dejaban de constituirse también en el ritmo de una monotonía. Salía todos los fines de semana y deambulaba con clones de Peter, que como ella se negaban a cruzar el umbral de la niñez. Nunca se comprometían ni excedían las fronteras de Nunca Jamás porque temían vivir en Londres o en el mundo de los adultos; les aterrorizaban los trabajos estables y las parejas estables, y acabar siendo como sus padres.
Otra vez sentía que nadie era capaz de imaginar nada diferente para ella. Su familia la daba por imposible para mantener una relación estable después de lo que ocurrió con Álvaro. La veían como un ser destinado a la insatisfacción, o quizás así era como se veía ella. Al fin y al cabo, las protagonistas de sus historias favoritas nunca eran realmente felices hasta poco antes del final, cuando ya se dejaba de narrar su historia. El mundo de Nunca Jamás estaba habitado por seres idénticos a ella, jamás escapaban de su adolescencia eterna, de modo que ni ellos mismo podían imaginarse su vida de manera diferente. Nadie quería regresar a Londres. ¿Qué le garantizaría no naufragar en la misma insatisfacción con un hombre nuevo o una nueva vida? Al fin y al cabo, Álvaro también fue un regalo recién abierto.
En el fondo, ¿había tanta diferencia? Realmente a ratos sentía que todo era idéntico, que si antes estuvo atrapada en Londres ahora lo estaba en Nunca Jamás, donde a diario jugaba con los indios, volaba en pistas de baile y vivía encadenada con papel de regalo a su nueva monotonía.
No soportó la presión de hallarse sola en aquel piso. Se abalanzó hasta su teléfono móvil y llamó a Alex. Jaime, como Peter Pan, había cogido vuelo unos meses antes hacia otra Wendy.
- Oye, Alex, vamos a algún sitio, por favor, que no me apetece estar en casa – le dijo.
Tenía que salir, dejar de pensar en aquello, adentrarse de nuevo en el país de Nunca Jamás, seguir la tercera estrella hasta aquella tierra prometida donde no existían los asfixiantes edificios de Londres. Quizás, si lograba alargar lo suficiente su estancia allí, acabaría por olvidarse de su otra vida, como los niños perdidos, como quizás lo habían logrado ya Jaime y Alex, que jamás se acordaban de Inglaterra, que ya nunca añoraban una vida diferente porque no eran capaces de imaginarse una alternativa distinta al mundo de Peter Pan.

domingo 9 de diciembre de 2007

El mundo que imaginamos

Hacia finales del siglo XIX se dio un género literario cuyos restos sobreviven esencialmente en las llamadas telenovelas. Me refiero a la novela de folletín, que se publicaba en los periódicos. Se trataba de historias entre amorosas y dramáticas que se perpetuaban mientras salieran rentables. De esa forma, lo que se concebía en un principio como una novelilla corta podía ocupar las páginas de los diarios durante años si su escritor tenía la habilidad de hacerse con unos lectores fieles.
Quizás, también guarden algún parecido con los folletines algunas series televisivas, al menos aquellas cuyo contenido es progresivo y acumulativo, en las que lo que ocurre tiene vigencia más allá de un capítulo; Mujeres desesperadas, Perdidos y toda la última camada de series de la Fox esencialmente.
Si me refiero hoy a los folletines y a sus sucedáneos en el tiempo es porque, independientemente de su calidad – que podría ser nimio –transmitían a los lectores – o espectadores en el caso de la televisión – una enseñanza valiosa, que es que la historia no estaba concluida, ni siquiera en la privilegiada cabeza de sus creadores. Esto supone toda una excepción a la regla en lo que al mundo de las tramas actuales se refieren. Cuando uno se convierte en el lector, espectador o jugador de una historia – los videojuegos también narran – sabe que el relato con el que se relaciona está de antemano concluido. Bastará con avanzar en las páginas, las escenas o las pantallas y hallaremos un final que nos espera desde aún antes que comenzáramos nuestra aventura.
Un caso aún más particular dentro de esta gama es el de los videojuegos, en particular el de las aventuras gráficas. Éstos son en realidad las únicas historias interactivas, aquéllas en las que las decisiones del usuario podrían modificar el guión de lo que se nos cuenta. De hecho, allá en la prehistoria, cuando comenzaron a existir esos productos, se nos vendía la participación en la “aventura” como una alternativa a la tradicional “lectura”; “no lo leas, vívelo”. Con más de dos décadas de industria, la solución ha sido decepcionante: un jugador pinta tan poco en el desarrollo de un videojuego como en el de una novela. Un caminado previsto te llevará a un final unívoco, sin más opciones que morir cuántas veces sea necesario para llegar a la conclusión.
Creo que asistir a todas esas ficciones que tienen un final fijado acaba por acostumbrarnos a imaginar que nuestra vida también está escrita de algún modo. De hecho, resulta hasta tranquilizador albergar esa convicción. Entender la existencia como un producto prefabricado nos aligera la carga de responsabilizarnos de lo que hacemos. Como en un videojuego, no habrá que temer si erramos con frecuencia, porque indiscutiblemente dispondremos de nuevas oportunidades para llegar a una conclusión que jamás se nos resiste.
Particularmente sangrante resulta el caso de los jóvenes, que han sido amamantados más por la Fox, Dreams Works y Sony que por sus padres. Apenas uno asiste a la vida de los adolescentes, advierte que la forma en la que se relacionan y en la que toman decisiones parece sacada de la cabeza de un auténtico guionista de televisión. En Los mileuristas, un libro de Espido Freire donde analiza a su generación, ésta se extrañaba de que triunfara entonces la serie Sensación de vivir, que tan poco tenía que ver con los españoles. A mi parecer, hace ya tiempo que el camino por el que la ficción se nutre de la realidad ha invertido su sentido. Ahora la realidad tiende a nutrirse de lo que imaginan otros. No es que viéramos Sensación de vivir porque nos sintiéramos representados, es simplemente que queríamos ser cómo ellos, por más yanquis pijos que resultaran.
Así, por ejemplo, los alumnos de Secundaria se extreman en entablar en masa relaciones afectivas a edades en las que en generaciones anteriores sólo suponían una excepción a la regla. En sexto de EGB, en mi colegio, había sólo uno o dos desubicados que ya andaban prendidos de otros, pero no lo éramos la mayoría, mientras que ahora no sólo aumenta el número de casos sino que también han cambiado las cualidades de esas relaciones. Mientras antes éstas eran privadas y generalmente exclusivas, ahora se valora sobre todo la exhibición que se hace de ellas, el que otros las vean como se ven en televisión, y ya no se tiene una durante un periodo considerable, sino que se atesoran varias y, además, sobre ellas mienten, malmeten y se enfrentan tal como se hace en la series de televisión, donde a falta de un buen creador siempre existió la posibilidad de liarlos a los unos con los otros para ocupar de ese modo el espacio de emisión.
Proliferan de esa manera los cuernos y las traiciones, los dimes y diretes, y sobre todo la necesidad de ocupar un espacio público, de ser el centro de atención, el protagonista de una historia que no sólo necesita espectadores sino fulminar índices de audiencia, tener cuantos más adeptos mejor, aunque para ello termines por convertirte en un estereotipo que a nadie le cueste comprender. Así te encuentras en cada clase a ligones de cartón piedra, gallitos de su corral, payasos trasnochados, damitas en apuros y toda una casuística de roles que no lo dejan a uno inventarse de nuevo o de otra manera.
No obstante, lo peor de todo es que no ocurre esto sólo en los jóvenes, que al menos tienen la excusa de ser imberbes maleables, sino que en los adultos la historia no varía demasiado. Sigo de lejos la historia de un cuarentón en crisis que me narra una amiga a fin de que me sirva de material de novela, y cuanto más me habla de ese hombre, más encarna éste al prototipo de hombre de mediana edad en crisis que ha protagonizado tantos filmes. Bien podría interpretar el papel protagonista de American Beauty o de la peor pero más significativa, en este caso, Una cana al aire. Cuando me van poniendo al día de la historia en cuestión, no hago nada más que ver paralelismos entre esa historia y tantas otras a las que he asistido en el cine o en los libros, tan parecida resulta que nos aburre no sólo a mí sino también a quien me la cuenta.
Acaba por ser terrible asistir a un mundo donde parece que todo se repita y que todos estemos obligados a vivir las mismas tramas, como si no pudiéramos escapar de esos finales que ya están previstos. Y lo peor no es eso, sino que parece quienes se encargan de narrarlos se empeñan también en que no exista nada diferente, en que cada cosa que escuchamos o leamos sea parecida a otra que similar que ya funcionó y se vendió. Así, por ejemplo, recibía el otro día la crítica de una novela, en la que simplemente se hacía hincapié en todo aquello de la historia que la hacía original; por ejemplo, se veía como un desacierto que no fueran unos cuernos los causantes de una ruptura o que una historia menor dentro de la obra no tuviera un final evidente y estereotipado. No obstante, resulta aburrido imaginar siempre lo mismo, perder el tiempo en repetirse, sin concebir que aquello que fragua la autoría de cualquier historia es protagonizarla con diferencia, hacerla propia y singular.
Nos quejamos con frecuencia de que la vida no es nunca como imaginamos. A tenor de lo visto, yo estoy por sostener que generalmente se trata de lo contrario: la vida es justo como la imaginamos, o al menos como la imaginan para nosotros. Nos pensamos todos dentro de una teleserie en la que somos los actores principales, y no sabemos protagonizarla de otro modo que como la hacen aquellos: siendo el centro de atención, pensando que todo y todos se mueven a nuestro alrededor como mero atrezzo de nuestra vida. Imaginamos que no tenemos más responsabilidad que nuestra propia satisfacción, que nadie hay más importante, y de ahí los cuarentones infieles y trasnochados, los adolescentes egoístas y el tipo que corre a patadas a una inmigrante en un tren porque debe haberla confundido con un doble de acción que ni siente ni padece. Todo ello para ocupar el primer plano, y todo ello pensando que no hay problema, que no podemos acabar mal, porque estamos mal acostumbrados a que todas las historias estén terminadas de antemano y a que en general terminen bien para el protagonista

domingo 25 de noviembre de 2007

Dejar ser

No sé si alguno de ustedes ha sufrido la maldición de convivir con personas que se empeñan en recordarles lo que no son y lo que no hacen. No se me ocurre una peor tortura, y, sin embargo, creo que todos sufrimos o hemos sufrido a alguien que simplemente no te dejar ser diferente a cómo eres.
Hay todo un rosario de arquetipos que dan fe de ese tipo de personalidades en el mundo de la ficción. Suelen ser madres posesivas en comedias románticas o parejas ya entradas en años que se lavan la cara a diario con un rosario de errores y defectos - véase Escenas de matrimonio de la que hablé hace un par de semana; o casi mejor no se vea-. Hay, por ejemplo, en La joven del agua, una mujer que representa el paradigma extremo de este tipo de personajes. Se trata de una esposa que durante todo el metraje informa a sus vecinos de cada uno de los defectos de su marido.
El mundo de la enseñanza tampoco carece de estos individuos. En este caso se trata de profesores que recuerdan continuamente a sus discentes lo terribles que son y lo poco merecedores de elogios o agasajos que se perfilan dentro de un aula.
Todos hemos sufrido a algunos de estos individuos, y quien más y quien menos se habrá puesto en ocasiones dentro de las botas de no dejar que otros sean de una manera diferente a cómo son. Conozco a madres que hablan continuamente por sus hijos. Uno le hace una pregunta a éstos y ellas contestan en lugar de sus vástagos: "no, no le gustan la escalada, siente vértigo; no, nunca come potaje, jamás le gustó; no, tampoco se le dan bien las matemáticas". Hay, también, parejas que aprovechan cenas con desconocidos o con nuevos amigos para puntualizar todos los defectos de su cónyuge o lo que ellas consideran como éstos: "A él no le gusta salir y a mi sí; no le gusta ir a tal y cuál sitio y a mi sí; es un desastre para esto o para aquello…" Existen, por último, amigos y familiares que te visten con un tópico que te aplicaron en una época de tu vida sólo para no molestarse en pesarte de nuevo de una manera diferente. Si durante ese periodo no paraste de correr por el mundo y de agobiarte en una madeja de responsabilidades, puede que cada vez que te vean de nuevo o te reúnas con ellos todos te piensen y te imaginen estresado y cansado, sobrepasado por tus obligaciones, y te vean el rostro cansado y se preocupen por ello.
No hay peor medicina para que uno cambie, para que se torne alguien diferente, que estar continuamente recordándole aquello que nos disgusta de ellos o encorsetarlo en un prejuicio del que no podrá escapar. Cuando lo hacemos, las personas acaban cerrando filas sobre sus defectos o hábitos por dos razones: la primera, porque cuando nos sentimos atacados sentimos la tentación de defendernos, de enrocarnos en nuestro derecho a ser cómo queramos o como nos resulta inevitable y no como nos quieren otros; la segunda, porque los otros insisten tanto en nuestras características negativas que ni siquiera nos dan la oportunidad de imaginarnos de manera diferente.
Recuerdo una anécdota en la que una compañera docente entra en una de mis clases y contempla que dos alumnos que solían ser revoltosos estaban sentados juntos en clase mientras hacían la tarea. "¿Tú permites que esos dos se sienten juntos? A nadie le trabajan así. Hay que seaparlos", dijo ella a viva voz y para los oídos de todos los alumnos. Yo le contesté sin darle demasiada importancia pero en alta voz - odio que encasillen a la gente -: "No, que va, a mí me trabajan perfectamente. Son de los que más rápido van en clase". Lo cierto fue que aquel día los dos chicos fueron los primeros en terminar la tarea, y si en otras ocasiones tuve que llamarles continuamente la atención, no debí reprenderles jamás durante aquella clase.
Supongo que la magia de no sentirte encasillado ni atacado te permite ser de otra manera, cambiar de hábitos. Sentirte libre de la opinión ajena te invita a ser diferente si así lo deseas. Cuesta más hacerlo cuando necesariamente la opinión de otros te encorseta en tus defectos, más aún si te ronda la vida quien no hace sino un recuento constante de ellos, quien te somete a la presión de sentirte condenado en todo momento.