Hay semanas que uno tiene el alma revuelta, como si los días y los sucesos se empeñaran en batírtela para hacer mahonesa. Cuesta más escribir en estas ocasiones, parece que uno no acierta a encontrar las palabras, que éstas se deshilachan, como si se cortaran, dejando a un lado el significante y a otro el significado, al tiempo que éstos dejan de cuadrar con los sentimientos o con lo que se quiere expresar. Uno, entonces, posa los dedos sobre el teclado y no encuentra su ritmo, se desconoce la entrada a la madriguera de conejo a la que hay que precipitarse para habitar el país de las maravillas que abre la cueva secreta de las palabras de Alí Babá: “ábrete sésamo”.
Son los peores días, porque uno teme ya no encontrar nunca más el sortilegio que nos permite acceso para ver a través de la celosía de la escritura. Nos aterroriza, entonces, no encontrar final para las novelas ni localizar una idea para los cuentos, y hasta se figura uno que no podrá aportar el post de la semana. Nos tienta a veces el fracaso, ¿saben?, porque la derrota al menos es una conclusión y existen días en los que uno necesita que termine todo, que se cierren las heridas. Poco a poco, hipnotizado por el cansancio o la desesperanza te seduce la idea de perderte y dejarte llevar por la corriente. Es fácil someterse a la deriva y poder decir luego “no fue culpa, todo tenía que pasar así”; no conlleva responsabilidad y eso te salvaguarda de la culpa en un futuro, jamás se asumen las autorías de lo que fue inevitable.
En esos días, uno siente que la corriente lo acaricia, y resulta sencillo perder el pie, darse por vencido y dejar de arañar la superficie una hoja en blanco buscando el agujero de la madriguera que te llevará al país de las maravillas. Si desistes, se acaba el problema, ya no te invadirá esa zozobra que media entre un cuento y otro, o entre una novela y otra donde temes haber perdido tu habilidad para este negocio, ni sucumbirás jamás al desánimo cuando se te tuerza un argumento o cuando los personajes terminan siendo más grandes que uno mismo; y es que ya no habrá argumento ni personajes de los que preocuparse.
He decidido decenas de veces dejar de escribir – aunque si les soy sincero, sólo por unos minutos -. En esas ocasiones, he sentido que la dificultad de la tarea me sobrepasaba, que era incapaz de concluir lo que quisiera que tuviese empezado. Sin embargo, cuando me alejaba del procesador de texto, comenzaba siempre a retumbar en mi cabeza la misma sensación. Al principio se trata apenas un suspiro de motivación, que te tienta la fantasía y prende una cerilla donde apenas quedaban rescoldos. Luego, comienza a soplar de nuevo más fuerte, y de las cenizas surgen los sentimientos que se atan a los significados, y éstos a las palabras, que describen a los personajes que cuentan las historias, y en un instante vuelve a estar ahí el agujero de conejo del país de las maravillas, y sólo tienes que abandonarte a la realidad y dejarte caer, echarle valor y conquistar el mundo virgen de lo inventado.
La vida no es muy diferente de la escritura, en ocasiones uno advierte que lo han echado a patadas del país de las maravillas y siente la tentación de no querer volver a entrar. Nos acobarda, y con razón, la fragilidad que puede tener ese mundo de conejos impuntuales y sombrereros locos, donde podemos sentirnos menguar o crecer en un instante, o donde nuestra cabeza puede depender del arbitrio de una reina o una princesita decapitadora sin que podamos evitarlo. No obstante, es el país de las maravillas y merece la pena habitarlo aunque corras con frecuencia peligro de que te desahucien los cuarenta ladrones o la reinecilla fatal.
“Ábrete sésamo” y ya está el post de la semana, y yo pensando que andaba hecho mahonesa y no saldría adelante.
Son los peores días, porque uno teme ya no encontrar nunca más el sortilegio que nos permite acceso para ver a través de la celosía de la escritura. Nos aterroriza, entonces, no encontrar final para las novelas ni localizar una idea para los cuentos, y hasta se figura uno que no podrá aportar el post de la semana. Nos tienta a veces el fracaso, ¿saben?, porque la derrota al menos es una conclusión y existen días en los que uno necesita que termine todo, que se cierren las heridas. Poco a poco, hipnotizado por el cansancio o la desesperanza te seduce la idea de perderte y dejarte llevar por la corriente. Es fácil someterse a la deriva y poder decir luego “no fue culpa, todo tenía que pasar así”; no conlleva responsabilidad y eso te salvaguarda de la culpa en un futuro, jamás se asumen las autorías de lo que fue inevitable.
En esos días, uno siente que la corriente lo acaricia, y resulta sencillo perder el pie, darse por vencido y dejar de arañar la superficie una hoja en blanco buscando el agujero de la madriguera que te llevará al país de las maravillas. Si desistes, se acaba el problema, ya no te invadirá esa zozobra que media entre un cuento y otro, o entre una novela y otra donde temes haber perdido tu habilidad para este negocio, ni sucumbirás jamás al desánimo cuando se te tuerza un argumento o cuando los personajes terminan siendo más grandes que uno mismo; y es que ya no habrá argumento ni personajes de los que preocuparse.
He decidido decenas de veces dejar de escribir – aunque si les soy sincero, sólo por unos minutos -. En esas ocasiones, he sentido que la dificultad de la tarea me sobrepasaba, que era incapaz de concluir lo que quisiera que tuviese empezado. Sin embargo, cuando me alejaba del procesador de texto, comenzaba siempre a retumbar en mi cabeza la misma sensación. Al principio se trata apenas un suspiro de motivación, que te tienta la fantasía y prende una cerilla donde apenas quedaban rescoldos. Luego, comienza a soplar de nuevo más fuerte, y de las cenizas surgen los sentimientos que se atan a los significados, y éstos a las palabras, que describen a los personajes que cuentan las historias, y en un instante vuelve a estar ahí el agujero de conejo del país de las maravillas, y sólo tienes que abandonarte a la realidad y dejarte caer, echarle valor y conquistar el mundo virgen de lo inventado.
La vida no es muy diferente de la escritura, en ocasiones uno advierte que lo han echado a patadas del país de las maravillas y siente la tentación de no querer volver a entrar. Nos acobarda, y con razón, la fragilidad que puede tener ese mundo de conejos impuntuales y sombrereros locos, donde podemos sentirnos menguar o crecer en un instante, o donde nuestra cabeza puede depender del arbitrio de una reina o una princesita decapitadora sin que podamos evitarlo. No obstante, es el país de las maravillas y merece la pena habitarlo aunque corras con frecuencia peligro de que te desahucien los cuarenta ladrones o la reinecilla fatal.
“Ábrete sésamo” y ya está el post de la semana, y yo pensando que andaba hecho mahonesa y no saldría adelante.
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