Cometí el error esta semana de escuchar el pleno del parlamento en el que el presidente del gobierno daba explicaciones al principal partido de la oposición del atentado terrorista de la T4 en Madrid. Sólo la concepción de dicha reunión ya me resulta abrumadora. Se trataba de dar explicaciones de lo que habían hecho otros; es el equivalente a que a los policías se los juzgue por lo que hacen los ladrones. Si acaso, tendría algún sentido el hito si la sesión viniera a aclarar, no sé, fallos tan graves como atribuir un atentado de Al Qaeda a ETA e intentar sostener esa mentira hasta que pasen las elecciones, pero creo que ese no es el caso - además, ahora que lo pienso, tampoco se convocan plenarios por ese tipo de asuntos en este país -.
Pero si abrumadora me parecía la finalidad de esa reunión, su contenido me resultó cuando menos trágico. Que quieren que les diga, cuando oigo a nuestros principales responsables políticos abucheando el discurso de todo un presidente de gobierno, me pregunto donde dejamos los adultos la vara de medir con la que sentenciamos a nuestros adolescente a la ignominia cuando se trata de aplicarnos a nosotros el mismo patrón. Yo no sé a ustedes, pero yo a esos diputados no los toleraba dentro de mi aula. Y no les quiero ya contar cómo habría que tipificar el discurso de Rajoy... Esperen que me ponga el chip de jefe de estudios: falta muy grave de respeto al director, como mínimo. Eso es expediente disciplinario, inhabilitación de por vida en el centro y traslado a otro país; y ahí se las apañe a quien le toque la criatura. Lo malo es que por esa regla de tres nos podrían llegar expulsados a nuestro congreso Bush, Berlusconni o vaya usted a saber. Hasta miedo me da de pensarlo.
Yo, si quieren que les diga, no cambio a uno solo de mis alumnos por un diputado repeinado y empollón, y, sin embargo, sólo hay que ver como nos empleamos los adultos con nuestros jóvenes si se trata de juzgarlos. Irresponsables, indisciplinados, holgazanes, desorganizados, ineficaces o violentos son algunos de los adjetivos que usamos para definirlos. Miren, sólo en esta semana, además de al espectáculo del parlamento, asistí al circo de un notario que apenas sabía leer y de un abogado que me casó en matrimonio en un documento cuando yo no lo estaba (imagínense el disgusto). Ninguno de éstos ha estudiado en la E.S.O y, sin embargo, parece, cuando hablamos de nuestros jóvenes, que los adultos seamos perfectos o al menos mejores que las generaciones posteriores. Cierto es que somos todo un ejemplo en... ¿en qué? Seamos serios, salvando magníficas excepciones, que las hay, no podemos presumir de una masa social formada, competente e idílica, y el que no lo crea, que repase las hemerotecas. La violencia, la incompetencia o los prejuicios no son, ni mucho menos, patrimonio de los adolescentes, sino que los adultos los cultivan aún en mayor medida. No existe más acoso escolar que laboral, ni más violencia juvenil que violencia a secas, no se margina más en un centro que un barrio. Si quieren que les sea sincero, cuando tengo un alumno muy conflictivo y conozco a sus padres, prefiero quedarme casi siempre con el primero que con los segundos.
En el fondo, la concepción negativa que se tiene de nuestros jóvenes no pasa de ser sino un problema de expectativas. Proyectamos en nuestros adolescentes lo que querríamos ser nosotros y no podemos. Educamos no desde la sociedad que es sino desde la que deseamos que fuera, y eso en sí no es malo, pero sí que resulta apabullante para la juventud el hecho de que una expectativa se convierta en una exigencia, y ésta en una decepción cuando no resulta posible estar a la altura. En cualquier caso, quizás debiéramos seguir educando con el mismo optimismo en los objetivos pero a sabiendas que, apenas se avance mínimamente en su consecución, estaremos dando en realidad pasos de gigantes, porque lo cierto es que si nosotros nos aplicáramos la misma intolerancia a la hora de autoevaluarnos, el resultado sería más que drástico, si no, sólo tienen que ver cómo está el patio, y el parlamento, y los ayuntamientos de Marbella y Telde, y la violencia de género, y el sector de la construcción, y el acoso laboral, y las pateras, y la desigualdad, y el índice de pobreza; nuestros chavales no dan abasto para generar tanto caos.
Las expectativas deberían ser como los D.N.I, únicas e intransferibles, tendría que estar prohibido que los hijos hereden las frustraciones de los padres y nuestros jóvenes las de los adultos. Simplemente no es justo.
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