domingo 7 de enero de 2007

A la deriva del victimismo

Llevo la mañana de hoy empaquetando una vida para trasladarla. Lo hago solo, porque no suelo pedir asistencia ni auxilio en las mudanzas, de hecho no lo suelo pedir en casi ninguna faceta de mi vida. No se trata siquiera de orgullo o soberbia, sé con certeza que sólo tengo que chasquear los dedos para que me aparezcan en casa una docena de viejos alumnos o de buenos amigos que se brindarán gustosos, es sólo que me atemoriza sentirme constantemente ayudado, eso termina por generar en mí un cierto sentimiento de incapacidad o vulnerabilidad. Existe gente que es así, que apenas le brotan los inconvenientes emiten un S.O.S y disponen de una cuadrilla de familiares o conocidos dispuestos a evitar que te rompas una uña en un trabajo. Terminan por considerarte de cristal y uno termina por concebirse igualmente frágil. No se debe abusar de los S.O.S, porque, si no, nuestra vida acaba por convertirse en un naufragio constante, donde el timón depende de la voluntad de otro que lo orienta tal vez con buena voluntad pero no en el rumbo que uno preferiría.
Se confunde a menudo el cariño con la sobreprotección; el cariño genera personas queridas, la sobreprotección auténticos inútiles e inseguros que viven a la deriva como los barcos fantasmas. Mi madre es una experta en trazar esos límites. Sabe respetar con auténtica delicadeza las fronteras de lo uno y de lo otro. No mueve un solo pie en pos de tu ayuda a no ser que se lo solicites explícitamente; y debe ser complicado no hacerlo cuando quieres a alguien y lo ves en un apuro. Es una mujer dura y las mujeres duras conocen la excelencia de valerse por sí mismas; no cree ella que su hijo se vaya a romper por un golpe de viento ni por una tempestad.
No cuesta trazar un perfil de los incapaces y de los eternamente asistidos. Exhiben un cierto victimismo constante que maquilla el egoísmo de pretender que te solucionen los inconvenientes como si se tratara de una necesidad. Esos personajes se van quejando en todo momento por las esquinas sin ser capaces de adelantar un paso para solucionar una sola de las cosas de las que se lamentan. Los asisten otros en ese empeño, les solucionarán los papeleos y las mudanzas, los inconvenientes y cada pequeño bache con el que tropiezan en cualquier momento. Lo malo es que, como bien sabe mi vieja, en esos baches es donde se forja uno mismo. Uno acaba por acostumbrarse a tirar para adelante por mera inercia, porque jamás ha entendido el retroceso como una vía adecuada para prosperar. Progresas por hábito y costumbre, porque jamás entendiste el movimiento en otro sentido, porque nunca has hincado la rodilla ante nada y terminas haciéndote adicto a esa sensación de saberte capaz.
Es distinto el itinerario de los dependientes, apenas se alejan un poco del puerto y se ven solos de cara a una tormenta, piden auxilio y lanzan sus S.O.S, sin embargo, hay percances de los que uno tiene que salir a flote solo, y en esos momentos no media ayuda posible. Entonces, cuando no la encuentran, vuelven a puerto, a anclar el barco en la sobreprotección, a esconderse en la madriguera de la autocompasión, y así jamás se alejan de la ensenada ni descubren el nuevo mundo.
Como iba diciendo, no suelo pedir auxilio ni asistencia en las mudanzas, quizás porque sé que el barco en último término lo tripulo yo solo si quiero surcar el océano. Temo convertirme en medio inútil, no poder dar un paso ni decidir nada sin consultar a un consejo de sabios. Me aterroriza que continuamente otros me sirvan de brújula, vigías y timonel, y sentirme irrevocablemente anclado a la dependencia de quienes me sobreprotegen. Quienes te quieren o valoran navegan a ratos a tu lado y hasta te remolcan en ocasiones, sin embargo, quienes te sobreprotegen ocupan todos los puestos de tu nave porque tú se lo solicitas mientras escondes la cabeza en la bodega para emborracharte de victimismo y vulnerabilidad.