Nunca me incomodaron los exámenes. No me disgustaba estudiar durante días enteros o encerrarme en una biblioteca para hacerlo, quizás se debiera a que ligaba poco y pocas cosas más interesantes tuve que hacer cuando fui estudiante. No obstante, me molestaban sobremanera las evaluaciones que se desprendían de esas pruebas escritas.
Odiaba que me evaluaran y aún hoy, que soy docente, odio evaluar. Una persona difícilmente se puede resumir en una calificación y, sin embargo, cuando recibía una nota parecía que ésta me estaba definiendo. Sé que habrá quien alegue que una nota sólo demuestra tu nivel de conocimientos, sin embargo, a poco que nos paremos a pensar en ello las calificaciones exceden esa esfera de la evaluación objetiva de los conocimientos para terminar calificando a las personas en su conjunto.
En ocasiones, cuando uno es nuevo en un centro y repasa la lista de sus nuevos alumnos, algún profesor veterano en el claustro se acerca y te señala con un índice incriminatorio: “ese alumno es de diez” o “ese alumno es de dos”. Y en el fondo es a la persona a la que se está evaluando, porque de algún modo entendemos que el éxito académico acaba definiéndonos cuando estamos en el instituto. Más adelante, es el éxito profesional esencialmente el que nos define, o las posesiones que logramos acumular; terminas siendo lo que tienes.
La madre de una alumna que tuve en cuarto de la E.S.O, actualizaba trimestralmente la concepción de su hija dependiendo de su boletín de calificaciones. La chica, que era una mamarracha responsable y alucinante, se convertía en un fracaso para su progenitora cuando le quedaba una asignatura. Lo mismo daba que esa asignatura se la diera Bin Ladem, un tío que ejercía el terrorismo en vez de la docencia. “Mire, señora, si usted se piensa que su hija es un boletín de notas con patas, pues se está perdiendo la mejor parte de la película”, le expliqué en una ocasión, al tiempo que la hija extendía una sonrisa a su lado al ver que alguien perteneciente al mundo adulto defendía lo que en su foro interno ella sabía: que valía más que sus calificaciones.
Actualmente, uno de los jóvenes más excepcionales que he conocido, Ivón, está teniendo un encontronazo con su primer año de estudios en una ingeniería. De Ivón podría empezar a hablar y no parar nunca, pero válgame como resumen que es con mucho una excepción a la regla de un mundo habitado por gente mediocre sin voluntad ni expectativas, y eso a menudo se veía reflejado en sus notas. El peligro que corre ahora es que está tan acostumbrado a que sus notas lo definan que puede que su concepción de sí mismo no pueda desprenderse de ellas.
No es el primer caso de un alumno que conozco al que le ha podido suceder eso. Recuerdo a una compañera brillante de C.O.U que cometió el error de meterse en una de esas carreras donde sistemáticamente se te “maltrata” en el primer curso; existen titulaciones cuyo plan de estudios parece diseñado por los torturadores de Guantánamo. El resultado después de un año fallido de estudios, fue el abandono de la misma y el naufragio en otra que no se regía bajo la doctrina de una variante pedagógica del nazismo. No obstante, mi amiga jamás se volvería a motivar del mismo modo ante el estudio. Si toda tu vida has permitido que tus notas te definan, cuando te sientes traicionado por ellas difícilmente vuelves a confiar en que tanto esfuerzo tenga algún sentido. Uno puede sufrir un desencuentro con el sistema educativo con consecuencias semejantes al que produce un desamor producto de la infidelidad. En un sistema que se intuye injusto, el orden de valores termina por corromperse, uno puede decidir rendirse a medias a sabiendas de que un esfuerzo mayor necesariamente no supone un resultado equivalente.
Lo trágico de todo esto es que nuestro sistema peca de fundamentar nuestra autoestima únicamente en el resultado de una evaluación que, cuando menos, se puede tildar de falible; en ocasiones no falla el alumno, sino el profesor, la forma de enseñar, el plan de estudios de la carrera o vaya usted a saber qué. Si has sido un alumno de éxito y te das de bruces con un monumental error del sistema, acabas naufragando en el auténtico desatino de que tu autoestima gire ciento ochenta grados sobre su eje. Dependiendo de la edad, los resultados pueden ser más que catastróficos. En el peor de los casos, te puedes sentir diminuto sin sentido como Alicia en El País de las maravillas, después de comerse una de aquellas galletas menguantes, mientras que en otras ocasiones tu necesidad de sentirte bien, pleno, busca llenarse por otros medios. En esos casos, hay quien convierte el exceso de estudios en exceso de “farra” -como le pasa a otro alumno mío-, y quienes terminan dejándose evaluar por sus parejas de turno, que son lo único que les hacen sentir importantes después de un trasiego por el mundo del fracaso académico – eso le ocurre a aquella alumna mía que no era un boletín de notas con patas, pero a la que al final parecieron convencerla de que sí -. El resultado de todo esto es la tragedia personal de depender de que otros te evalúen de forma positiva constantemente para sentirte a gusto contigo mismo, naufragando en periodos de hastío cuando no consigues quien lo haga. Me imagino que para evitar eso uno tiene que apuntarse al remedio de Gabriel García Márquez mientras intentaba publicar una “novelucha” que rechazaron varios editores y que se titulaba “Cien años de soledad”. Se rumorea que la novela estuvo en la mesa de varios entendidos que la evaluaron negativamente para su edición. Sin embargo, García Márquez ya debía estar hasta las narices de diocesillos soberbios y prefirió creer más en sí mismo que en lo que otros pensaban de su obra, e insistió e insistió hasta que la novela vio la luz. Para perplejidad de los editores que la rechazaron, se convirtió en la segunda más vendida en castellano después del Quijote y le abrió a Gabo de una patada las puertas hacia el Premio Nobel. Aunque, bueno, yo apostaría a que, en el fondo, a García Máquez el Nobel le da más o menos igual, porque no son nada más que otros tipos evaluando.
Odiaba que me evaluaran y aún hoy, que soy docente, odio evaluar. Una persona difícilmente se puede resumir en una calificación y, sin embargo, cuando recibía una nota parecía que ésta me estaba definiendo. Sé que habrá quien alegue que una nota sólo demuestra tu nivel de conocimientos, sin embargo, a poco que nos paremos a pensar en ello las calificaciones exceden esa esfera de la evaluación objetiva de los conocimientos para terminar calificando a las personas en su conjunto.
En ocasiones, cuando uno es nuevo en un centro y repasa la lista de sus nuevos alumnos, algún profesor veterano en el claustro se acerca y te señala con un índice incriminatorio: “ese alumno es de diez” o “ese alumno es de dos”. Y en el fondo es a la persona a la que se está evaluando, porque de algún modo entendemos que el éxito académico acaba definiéndonos cuando estamos en el instituto. Más adelante, es el éxito profesional esencialmente el que nos define, o las posesiones que logramos acumular; terminas siendo lo que tienes.
La madre de una alumna que tuve en cuarto de la E.S.O, actualizaba trimestralmente la concepción de su hija dependiendo de su boletín de calificaciones. La chica, que era una mamarracha responsable y alucinante, se convertía en un fracaso para su progenitora cuando le quedaba una asignatura. Lo mismo daba que esa asignatura se la diera Bin Ladem, un tío que ejercía el terrorismo en vez de la docencia. “Mire, señora, si usted se piensa que su hija es un boletín de notas con patas, pues se está perdiendo la mejor parte de la película”, le expliqué en una ocasión, al tiempo que la hija extendía una sonrisa a su lado al ver que alguien perteneciente al mundo adulto defendía lo que en su foro interno ella sabía: que valía más que sus calificaciones.
Actualmente, uno de los jóvenes más excepcionales que he conocido, Ivón, está teniendo un encontronazo con su primer año de estudios en una ingeniería. De Ivón podría empezar a hablar y no parar nunca, pero válgame como resumen que es con mucho una excepción a la regla de un mundo habitado por gente mediocre sin voluntad ni expectativas, y eso a menudo se veía reflejado en sus notas. El peligro que corre ahora es que está tan acostumbrado a que sus notas lo definan que puede que su concepción de sí mismo no pueda desprenderse de ellas.
No es el primer caso de un alumno que conozco al que le ha podido suceder eso. Recuerdo a una compañera brillante de C.O.U que cometió el error de meterse en una de esas carreras donde sistemáticamente se te “maltrata” en el primer curso; existen titulaciones cuyo plan de estudios parece diseñado por los torturadores de Guantánamo. El resultado después de un año fallido de estudios, fue el abandono de la misma y el naufragio en otra que no se regía bajo la doctrina de una variante pedagógica del nazismo. No obstante, mi amiga jamás se volvería a motivar del mismo modo ante el estudio. Si toda tu vida has permitido que tus notas te definan, cuando te sientes traicionado por ellas difícilmente vuelves a confiar en que tanto esfuerzo tenga algún sentido. Uno puede sufrir un desencuentro con el sistema educativo con consecuencias semejantes al que produce un desamor producto de la infidelidad. En un sistema que se intuye injusto, el orden de valores termina por corromperse, uno puede decidir rendirse a medias a sabiendas de que un esfuerzo mayor necesariamente no supone un resultado equivalente.
Lo trágico de todo esto es que nuestro sistema peca de fundamentar nuestra autoestima únicamente en el resultado de una evaluación que, cuando menos, se puede tildar de falible; en ocasiones no falla el alumno, sino el profesor, la forma de enseñar, el plan de estudios de la carrera o vaya usted a saber qué. Si has sido un alumno de éxito y te das de bruces con un monumental error del sistema, acabas naufragando en el auténtico desatino de que tu autoestima gire ciento ochenta grados sobre su eje. Dependiendo de la edad, los resultados pueden ser más que catastróficos. En el peor de los casos, te puedes sentir diminuto sin sentido como Alicia en El País de las maravillas, después de comerse una de aquellas galletas menguantes, mientras que en otras ocasiones tu necesidad de sentirte bien, pleno, busca llenarse por otros medios. En esos casos, hay quien convierte el exceso de estudios en exceso de “farra” -como le pasa a otro alumno mío-, y quienes terminan dejándose evaluar por sus parejas de turno, que son lo único que les hacen sentir importantes después de un trasiego por el mundo del fracaso académico – eso le ocurre a aquella alumna mía que no era un boletín de notas con patas, pero a la que al final parecieron convencerla de que sí -. El resultado de todo esto es la tragedia personal de depender de que otros te evalúen de forma positiva constantemente para sentirte a gusto contigo mismo, naufragando en periodos de hastío cuando no consigues quien lo haga. Me imagino que para evitar eso uno tiene que apuntarse al remedio de Gabriel García Márquez mientras intentaba publicar una “novelucha” que rechazaron varios editores y que se titulaba “Cien años de soledad”. Se rumorea que la novela estuvo en la mesa de varios entendidos que la evaluaron negativamente para su edición. Sin embargo, García Márquez ya debía estar hasta las narices de diocesillos soberbios y prefirió creer más en sí mismo que en lo que otros pensaban de su obra, e insistió e insistió hasta que la novela vio la luz. Para perplejidad de los editores que la rechazaron, se convirtió en la segunda más vendida en castellano después del Quijote y le abrió a Gabo de una patada las puertas hacia el Premio Nobel. Aunque, bueno, yo apostaría a que, en el fondo, a García Máquez el Nobel le da más o menos igual, porque no son nada más que otros tipos evaluando.
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