[“La vida es lucha” Davinia (Con una pesadísima colaboración de D. Carlos Ueno)]
Asistí el último lunes a una conferencia titulada “invitación al optimismo”, que versaba sobre la motivación de los profesores y sobre cómo deberían vivir su labor profesional de forma satisfactoria. Si bien existieron planteamientos interesantes en la exposición, me cuesta bastante estar de acuerdo con la forma en la que se planteó la naturaleza del optimismo. En resumidas cuentas, el ponente vendría a sostener la tesis de que ocurra lo que ocurra todo pasa para bien, todo tiene un lado positivo. Se me antoja absurdo.
Me imagino que la primera razón por la que no comulgué con esa tesis es que los argumentos que le daban esqueleto fueron exclusivamente un rosario de cuentos que venían a justificar la cuestión. Al más puro estilo de Jorge Bucay, a un cuento lo sucedía otro que insistía sobre el mismo tema: todo pasa para bien, el vaso está siempre medio lleno. Ya que algo sé de cuentos, permítanme el lujo de afirmar que un relato es un mal argumento para afirmar una certeza. Los cuentos, si quieren, muestran o descubren, ejemplifican, entretienen o conmueven, pero no se pueden erigir como pruebas de que algo es real. El hecho de que una afirmación pueda ejemplificarse con una narración no la convierte necesariamente en cierta, porque en el fondo los cuentos pertenecen al ámbito de la ficción y éstas no son otra cosa que mentiras. Un cuento puede contener cualquier planteamiento, porque una mentira puede enunciar lo que quiera que se proponga su autor, pero no por ello deja de ser sólo una apariencia de verdad. Desconfío, por norma, de cualquier razonamiento que se sustente estrictamente en ejemplos literarios como son los cuentos, porque, de recibo, no se puede considerar si quiera razonamiento – estos se sustentan sobre verdades -.
La estructura profunda de cada relato era esencialmente la misma. A alguien le ocurría algo malo que luego resultaba ser positivo, pero todo ello sin que mediara la voluntad del personaje en la historia. Y esto último es la parte de la que más difiero. Aparentemente, parece que dejándonos ir a la deriva todo puede acabar bien. La afirmación es absurda per se, no todo puede ser bueno ni para bien, si no, enciendan las noticias y verán que a veces el vaso está decididamente vacío, sin gota alguna, y no media otra interpretación posible.
Mi relación con la dicotomía pesimismo-optimismo ha sido paradójica a lo largo de mi vida. Conservo un buen amigo, con el que trate con frecuencia en la adolescencia, que cuando debe expresar una opinión sobre mí me define como alguien esencialmente pesimista. Quienes me han conocido después de ser profesor, sobre todo mis alumnos, me conciben ya no sé si como alguien optimista o implacable. No creo haber cambiado en absoluto desde entonces hasta ahora, si acaso habrán cambiado las circunstancias. Hace tiempo que me harté del dilema de vaso medio lleno o medio vacío, porque lo miras como lo mires está a la mitad. Yo, cuando veo un vaso a medias, ya ni me paro a pensar si está medio bien o medio mal, yo lo quiero lleno, y busco la manera de llenarlo. Soy así desde hace bastante, y me imagino que si a veces me han tildado de pesimista o de optimista ha sido simplemente porque resultado del trasvase de agua venía siendo más o menos efectivo en ese momento.
Vaya donde vaya y hable con quien hable, mucha gente se encuentra angustiada porque no se siente en paz, porque su existencia no termina de cuadrar a la perfección, porque su vida se deshilacha aquí y allá con inconvenientes. El mundo de la ficción, sobre todo el del cine, predica que una historia suele tener un periodo de crisis para luego conseguir la felicidad absoluta. Las historias de amor son ejemplares en ello, pero tan falsas como los cuentos. En ellas, alguien se enamora de alguien y luego debe pasar un pequeño infierno para llegar a una cierta plenitud afectiva. Entonces acaba el film, y parece que ya los protagonistas hayan superado todos los inconvenientes que vayan a tener en su vida. Es incierto, o, cuando menos, metidos en esa dinámica, deberíamos contemplar que todas las películas tienen obligatoriamente secuelas donde vuelve a haber conflicto. La existencia es conflicto, y no con ello quiero decir que sea necesariamente trágica.
La hermana de un amigo es síndrome de Down. En ocasiones, otro amigo le repite “Davinia, la vida es dura”. Ella siempre contesta lo mismo con cara de enfado: “La vida es lucha”. Lo pronuncia con la convicción con las que se afirmaría algo que debería ser evidente para todos. Ésas palabras de Davi son las que mejor clarifican la relación que uno puede tener con el mundo. Si el conflicto forma parte esencial de la vida, la vida debe ser lucha y no un quedarse hipnotizado mirando un vaso mediado.
Ahora bien, cuando afirmo que la vida es conflicto, no entiendo que el conflicto sea necesariamente algo negativo. Éste es simplemente un desencuentro con la realidad, un enfrentamiento con algo que existe y no nos gusta. Las opciones ante ese conflicto son tres: el pesimista se quejara de ello convencido de que no tiene solución; el optimista se convencerá de que se arreglará sólo; y el que se apunta a la filosofía de Davinia va a buscar la manera de reconciliarse con la realidad, de amoldarla a su concepción, intentará llenar el vaso.
Nada cambia sólo por contemplación, si muta es porque alguien genera el cambio. Ahora bien, si no es uno el que persigue ese cambio, es posible que sean otros los que arreglen la cuestión y nosotros gozaremos del resultado. En ese sentido ser optimista es cómodo. No obstante, si nuestra dinámica es ésa jamás seremos autores de nada; el mundo les pertenecerá a otros porque son ellos los que los han modelado.
Si en aquella conferencia nos invitaban al optimismo, permítanme la soberbia de convidarlos a las trincheras, a la lucha. Se trata de un ejercicio agradable porque destierra la impotencia de nuestras vidas. Cuando uno se abandona a las trincheras cambia el optimismo – que es pensar que las cosas siempre son buenas – por la fe. La fe es la certeza de que todo puede cambiar a mejor, de otro modo es absurdo aceptar la lucha – nadie entra en conflicto a sabiendas de que va a perder, o al menos no debería hacerlo -. Pero en este caso no me refiero a una fe católica- Dios me libre-, sino a fe en nosotros mismos, en que si le ponemos ahínco a esta historia podremos llenar el vaso. Cierto es que en ocasiones es imposible, que por más agua que le echemos aquello tiene una fuga insalvable. No obstante, en el peor de los casos, a mí me gusta pensar que al menos se me va a ir la vida intentándolo, y no hipnotizado por la interpretación absurda de un vaso a medias, convencido de que mi existencia no puede cambiar ese hecho.
Asistí el último lunes a una conferencia titulada “invitación al optimismo”, que versaba sobre la motivación de los profesores y sobre cómo deberían vivir su labor profesional de forma satisfactoria. Si bien existieron planteamientos interesantes en la exposición, me cuesta bastante estar de acuerdo con la forma en la que se planteó la naturaleza del optimismo. En resumidas cuentas, el ponente vendría a sostener la tesis de que ocurra lo que ocurra todo pasa para bien, todo tiene un lado positivo. Se me antoja absurdo.
Me imagino que la primera razón por la que no comulgué con esa tesis es que los argumentos que le daban esqueleto fueron exclusivamente un rosario de cuentos que venían a justificar la cuestión. Al más puro estilo de Jorge Bucay, a un cuento lo sucedía otro que insistía sobre el mismo tema: todo pasa para bien, el vaso está siempre medio lleno. Ya que algo sé de cuentos, permítanme el lujo de afirmar que un relato es un mal argumento para afirmar una certeza. Los cuentos, si quieren, muestran o descubren, ejemplifican, entretienen o conmueven, pero no se pueden erigir como pruebas de que algo es real. El hecho de que una afirmación pueda ejemplificarse con una narración no la convierte necesariamente en cierta, porque en el fondo los cuentos pertenecen al ámbito de la ficción y éstas no son otra cosa que mentiras. Un cuento puede contener cualquier planteamiento, porque una mentira puede enunciar lo que quiera que se proponga su autor, pero no por ello deja de ser sólo una apariencia de verdad. Desconfío, por norma, de cualquier razonamiento que se sustente estrictamente en ejemplos literarios como son los cuentos, porque, de recibo, no se puede considerar si quiera razonamiento – estos se sustentan sobre verdades -.
La estructura profunda de cada relato era esencialmente la misma. A alguien le ocurría algo malo que luego resultaba ser positivo, pero todo ello sin que mediara la voluntad del personaje en la historia. Y esto último es la parte de la que más difiero. Aparentemente, parece que dejándonos ir a la deriva todo puede acabar bien. La afirmación es absurda per se, no todo puede ser bueno ni para bien, si no, enciendan las noticias y verán que a veces el vaso está decididamente vacío, sin gota alguna, y no media otra interpretación posible.
Mi relación con la dicotomía pesimismo-optimismo ha sido paradójica a lo largo de mi vida. Conservo un buen amigo, con el que trate con frecuencia en la adolescencia, que cuando debe expresar una opinión sobre mí me define como alguien esencialmente pesimista. Quienes me han conocido después de ser profesor, sobre todo mis alumnos, me conciben ya no sé si como alguien optimista o implacable. No creo haber cambiado en absoluto desde entonces hasta ahora, si acaso habrán cambiado las circunstancias. Hace tiempo que me harté del dilema de vaso medio lleno o medio vacío, porque lo miras como lo mires está a la mitad. Yo, cuando veo un vaso a medias, ya ni me paro a pensar si está medio bien o medio mal, yo lo quiero lleno, y busco la manera de llenarlo. Soy así desde hace bastante, y me imagino que si a veces me han tildado de pesimista o de optimista ha sido simplemente porque resultado del trasvase de agua venía siendo más o menos efectivo en ese momento.
Vaya donde vaya y hable con quien hable, mucha gente se encuentra angustiada porque no se siente en paz, porque su existencia no termina de cuadrar a la perfección, porque su vida se deshilacha aquí y allá con inconvenientes. El mundo de la ficción, sobre todo el del cine, predica que una historia suele tener un periodo de crisis para luego conseguir la felicidad absoluta. Las historias de amor son ejemplares en ello, pero tan falsas como los cuentos. En ellas, alguien se enamora de alguien y luego debe pasar un pequeño infierno para llegar a una cierta plenitud afectiva. Entonces acaba el film, y parece que ya los protagonistas hayan superado todos los inconvenientes que vayan a tener en su vida. Es incierto, o, cuando menos, metidos en esa dinámica, deberíamos contemplar que todas las películas tienen obligatoriamente secuelas donde vuelve a haber conflicto. La existencia es conflicto, y no con ello quiero decir que sea necesariamente trágica.
La hermana de un amigo es síndrome de Down. En ocasiones, otro amigo le repite “Davinia, la vida es dura”. Ella siempre contesta lo mismo con cara de enfado: “La vida es lucha”. Lo pronuncia con la convicción con las que se afirmaría algo que debería ser evidente para todos. Ésas palabras de Davi son las que mejor clarifican la relación que uno puede tener con el mundo. Si el conflicto forma parte esencial de la vida, la vida debe ser lucha y no un quedarse hipnotizado mirando un vaso mediado.
Ahora bien, cuando afirmo que la vida es conflicto, no entiendo que el conflicto sea necesariamente algo negativo. Éste es simplemente un desencuentro con la realidad, un enfrentamiento con algo que existe y no nos gusta. Las opciones ante ese conflicto son tres: el pesimista se quejara de ello convencido de que no tiene solución; el optimista se convencerá de que se arreglará sólo; y el que se apunta a la filosofía de Davinia va a buscar la manera de reconciliarse con la realidad, de amoldarla a su concepción, intentará llenar el vaso.
Nada cambia sólo por contemplación, si muta es porque alguien genera el cambio. Ahora bien, si no es uno el que persigue ese cambio, es posible que sean otros los que arreglen la cuestión y nosotros gozaremos del resultado. En ese sentido ser optimista es cómodo. No obstante, si nuestra dinámica es ésa jamás seremos autores de nada; el mundo les pertenecerá a otros porque son ellos los que los han modelado.
Si en aquella conferencia nos invitaban al optimismo, permítanme la soberbia de convidarlos a las trincheras, a la lucha. Se trata de un ejercicio agradable porque destierra la impotencia de nuestras vidas. Cuando uno se abandona a las trincheras cambia el optimismo – que es pensar que las cosas siempre son buenas – por la fe. La fe es la certeza de que todo puede cambiar a mejor, de otro modo es absurdo aceptar la lucha – nadie entra en conflicto a sabiendas de que va a perder, o al menos no debería hacerlo -. Pero en este caso no me refiero a una fe católica- Dios me libre-, sino a fe en nosotros mismos, en que si le ponemos ahínco a esta historia podremos llenar el vaso. Cierto es que en ocasiones es imposible, que por más agua que le echemos aquello tiene una fuga insalvable. No obstante, en el peor de los casos, a mí me gusta pensar que al menos se me va a ir la vida intentándolo, y no hipnotizado por la interpretación absurda de un vaso a medias, convencido de que mi existencia no puede cambiar ese hecho.
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