Resulta curiosa la forma en la que a veces se sincronizan los recuerdos y las razones para dar a luz conclusiones extrañas pero irrefutables, al menos para el que las elucubra en un golpe de suerte o de intuición.
Llevo un par de días repasando las percepciones que tenía o que aún tengo de quienes fueron mis profesores y la que ellos tuvieron de mí y de mis compañeros. El resultado de este ejercicio de introspección es tan preciso que bien puede servir para enunciar una hipótesis que proporcione, si no una solución, sí una explicación a un hecho que me perturba desde que ejerzo de docente. Este pequeño dilema no es otro que comprender las causas por las que distintos profesores establecen opiniones y evaluaciones tan diferentes de los mismos alumnos.
A poco que uno se haya tragado una sesión de evaluación o dos, a todos nos ha ocurrido que el profesor X empieza a hablar del alumno Y de un modo que a nosotros nos resulta inconcebible. Entonces, acudimos a la lista y a la orla de la clase para ver si realmente se refiere a quien pensamos, y de hecho hasta mostramos la foto del sujeto en cuestión para ver si su profesor lo identifica, como si estuviéramos en una ronda de reconocimiento de delincuentes. "¿De verdad que éste?", he preguntado como un estúpido en más de una ocasión, sin poder creer lo que comentaba alguien del pobre muchacho. He asistido a auténticas crucifixiones de alumnos que considero excelentes, donde se los ha tachado de holgazanes, faltos de interés, tunantes o auténticos estúpidos, dependiendo del grado de malcriadez del docente en cuestión, todo ello sin que yo acertara a creérmelo.
Como les decía, el curioso ejercicio de recordar a cuántos docentes he podido, arroja algunas anécdotas que pueden ilustrar esta cuestión. Me acuerdo, por ejemplo, de que un profesor que a menudo llegaba tarde jamás permitió que nadie entrara con un minuto de retraso; paradójico, ¿verdad? Asimismo, eran los más incompetentes quienes más se quejaban de nuestra incapacidad y los perezosos quienes más criticaban nuestra holgazanería, mientras que los menos brillantes se ensañaban con nuestra falta de pericia. En el otro lado del espectro, recuerdo que nos consideraban extraordinarios los excelentes, al tiempo que ponían más esperanzas en nosotros quienes con más ahínco esperábamos ver y de quienes más aprendimos. Debe existir alguna lógica en esta casuística que parece que encarna ese refrán de "Cree el ladrón que todo el mundo es de sus condición".
En el fondo, puede que uno sólo sea capaz de ver en los otros lo que reconoce en uno mismo, o quizás no tanto lo que reconozca como lo que realmente se es. Tal vez, el otro sólo sea un espejo en el qué mirarnos, y no podamos descubrir dentro de él más que el reflejo propio. Algo parecido ocurre con la literatura, la mitad de una poema o de una novela la escribe el lector, poniendo su mundo emocional al servicio de la interpretación que hace de la obra. Ahora bien, si en vez de idiosincrasia, empatía o sentimientos sólo se atesora una antología de frustraciones o banalidades, se termina confundiendo el Quijote con Torrente o Marianela con Betty, la fea, porque - como dice mi madre - "de donde no hay no se puede sacar" - lo de mi madre es catalogar las evidencias -.
Hay soberbios hombres que consideran minúsculos a los otros porque ellos en el fondo se sienten menudos como Pulgarcito -llenos de vergonzosos secretos que jamás cuenta en público-, y hay doñas perfectas repletas de erratas que maquillan sus defectos con continuas mentiras y artificios, y que no hacen nada más que ver o inventarse fallos ajenos. Trabajé con un profesor para el que todo en su vida podía ser calificado con un suficiente o con un bien aderezado de mil inconvenientes. No es de extrañar, entonces, que todas sus notas oscilaran entre el suficiente y el bien llenas de anotaciones que levantaban actas de los defectos más irrelevantes de sus alumnos- quejas y más quejas-. Conozco, por otra parte, a una pandilla basura de docentes que ve pasión, excelencia y esperanza allá donde miran, que encumbran a quienes les rodean y mejoran como pueden el lugar del mundo que habitan, y no puede uno por menos que catalogarlos de excelentes, y entusiastas.
Tal vez, la vida no sea sino una variante de la maldición del espejo de Medusa. Puede que, en el fondo, todos estemos destinados a mirarnos directamente en quienes nos rodean sólo para recibir devuelta nuestra imagen. Ante ella, unos se quedan de piedra como Medusa; otros terminan en estado vegetativo, ahogados de tanta autocomplacencia, como Narciso; y otros acceden a un mundo de maravillas, como en Alicia a través del espejo. Puede que el mundo sí que tenga su punto de justicia.
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