domingo 20 de mayo de 2007

Impares.

Hace unas semanas, en el suplemento semanal del País, que es lo que desayuno los domingos, apareció un reportaje sobre los impares o “singles”. Bajo esa denominación se cataloga a quien no vive con alguien. Al parecer, los impares comienzan a ser un sector tan significativo de la población que recién empiezan a existir para el mercado – qué peligro lo de existir para el mercado -. De este modo, cada vez proliferan más las empresas que ofertan servicios a estas personas que viven solas: viajes para uno, pizzas para uno, y, bueno, me imagino que igual la prostitución es la gran pionera en este campo como suele serlo en casi todos.
En ese reportaje se sucedían diferentes entrevistas a impares, que más o menos concretaban sus fórmulas de la felicidad para estar solos. Ahora bien, visto lo visto, creo que donde ellos querían decir “felicidad” debieron utilizar la palabra “comodidad”; la culpa del todo, al cabo, la tenemos los profesores de lengua, porque no conseguimos que la gente utilice con corrección el idioma. Entre comodidad y felicidad existen notables diferencias. La comodidad combina la seguridad con cierto grado de bienestar o tranquilidad; la felicidad, en cambio, convoca el significado de plenitud. Ciertamente, creo que jamás debería hablarse de felicidad como algo que pueda desprenderse del hecho de estar sólo o acompañado, ni siquiera tiene que ver con eso, la plenitud alcanza más de un faceta, y por lógica no puede cerrarse únicamente en el ámbito afectivo.
Como iba diciendo, los impares del reportaje y aún otros que conozco, acaban por confundir los dos conceptos, o aún es más, utilizan la comodidad como sucedáneo de la felicidad después de que aquella se les frustrara. En algo coincidían todos: ningún impar pretendió serlo desde el principio, sino que naufragó en ese estado después de fracasar una o varias veces en la cuestión de ser par. De ese modo, la soledad se convierte no tanto en un fin como en una alternativa ante una frustración.
La mayoría de los impares que conozco lo son por hipertrofia de afectividad. Entienden que una relación es el bálsamo para todo, que de algún modo sobre ella se puede cargar todo el peso de la dicha. Nos han vendido que el amor es un todo en uno, un elixir de la felicidad. No obstante, como bien decía, la plenitud necesita por fuerza del desarrollo de diferentes facetas, nada es todo si simplemente es una sola cosa, y más aún sí esa cosa consiste únicamente en cohabitar con otra persona. Las personas más felices que conozco son por fuerza aquellas que desarrollan con efectividad más facetas de su vida: la amorosa, la profesional, la artística, la del ocio…
Muchos impares no sólo están solos sino también perdidos. Tengo una amiga en cuya vida no cabe nada, ha ido rellenado todo su espacio y todo su tiempo para que no le quepa nadie que le pueda habitar los labios. “Me he hecho demasiado exigente, ya no sería capaz de soportar a nadie”, me comentó en una ocasión, y, sin embargo, entre líneas sólo se le lee el miedo y la comodidad, o tal vez el cansancio de no saber cómo armar un puzzle de dos piezas. Otro, ama – o sería mejor decir copula – en cómodos plazos y diversificando la inversión, o sea, hoy aquí y mañana en Madrid, los lunes con Sara y los miércoles con Lara. Una tercera quiere vivir para siempre en el mundo de Peter Pan, desiste de la afiliación a otro cuando uno deja de ser decididamente gilipollas como se es siempre al principio de los afectos. Todos ellos en mayor o menor medida son impares la mayor parte del tiempo, simplemente porque resulta cómodo.
Los impares, según se reflejaba en el reportaje, suelen habitar las webs de contactos por internet, quedan a ratos con muchos amigos, frecuentan diferentes alternativas de ocio y pasan bastante tiempo con sus familias. ¿Se puede estar más a salvo? A poco que lo analicen se trata del mejor sistema de seguridad afectivo del mundo. Por internet uno puede relacionarse sin tener siquiera la responsabilidad de ser uno mismo. Entras en el chat siendo Paco y si la cosa se pone dura o generas animadversiones, te conectas de nuevo como Pepito y a empezar de nuevo, estás a salvo tras la pantalla de tu ordenador. Pasar poco tiempo con mucha gente es una fórmula perfecta para no caerle mal a nadie, todos somos perfectos diez minutos al día – menos yo, que aguanto sólo cinco-. Y qué decir de esas familias mafiosas que tenemos, que nos adoran aunque cometamos homicidios. Es el plan perfecto para no cargar con el lastre de que otro nos rechace o no cuestione, o nos descubra definitivamente falibles y terriblemente humanos como en realidad lo somos todos.
Parece que en este mundo de lavavajillas y secadoras, del servicio doméstico a domicilio, de la comida rápida y los coches automáticos, de los psicólogos que piensan por nosotros, de los políticos que deciden por nosotros y de los famosillos o los personajes que viven por nosotros en cómodos plazos de pantallazos de televisión, hemos llegado a cénit de la comodidad, donde ni siquiera tenemos que enfrentarnos a la molestia de tener que reconocernos falibles, humildes o imperfectos ante otro que nos conozca en profundidad. Ahora bien, tal vez por ello también nos perdamos el privilegio de que nos justifiquen la existencia queriéndonos pese a esa lasa humanidad, pese a los enfados eventuales y a los errores frecuentes, a los ronquidos y a las imperfecciones, aunque para ello tenga Lara que ser siempre Lara y haya que hacerle un hueco en nuestro tiempo y en nuestros armarios, al tiempo que tengamos que consentirle también a ella su perfectible humanidad.