domingo 3 de junio de 2007

Gente que mueve el mundo

Chema tiene voz de flauta de encantador de serpientes, baja, contenida y seductora, siempre templada. Su garganta convoca constantemente razones que te hipnotizan y la esperanza de un mundo diferente que te enamora los días. Así lo hacía cuando yo tenía dieciséis años y lo seguía un regimiento de jóvenes que normalmente no seguían a nadie. Ahora lo vemos menos, pero creo que en el fondo estamos condenados todos a seguir sus huellas, metiendo la nariz donde estrictamente no nos compete, exhibiendo valores y compromiso donde normalmente escasean.
Saulo invita al sueño a sus hijos del ritmo con su voz bronca. Reúne adolescentes sin ni siquiera ser consciente de lo difícil que resulta que alguien se ate al ánimo de otro con esas edades. Con aspavientos y aparentando mal carácter, invita a los miembros de su coro a jarabe de afinación antes de actuar. Ellos lo miran en el silencio, sin replicarle, pero con esos ojos que les reservamos todos a los perros dulces que ladran pero no muerden; sus formas hoscas de director de escena nunca consigue engañarlos, todos saben que Saulo se derrite por dentro por ellos, como un helado en un día de verano.
Cuando Carmen Mari toca la corneta de un almuerzo, a su vera asiste una pandilla basura de docentes como un ejército llamado a filas por su general. Fue directora de muchos en un centro donde logró que cupiera la quimera de un instituto que no dejaba a nadie en la cuneta. Ella cree que los vincula esa experiencia, cuando lo cierto es que uno asiste a esa llamada únicamente para disfrutar de la inspiración de habitar su vera. Carmen nunca claudica, nunca se rinde si cree que algo es justo o correcto. Hace de la lealtad a sí misma y a los suyos su religión, y no duda en mover cielo y tierra en aras de sus creencias. Yo, personalmente, entre muchas cosas, la frecuento porque me recuerda que es posible vivir sin ceder en un ápice en tus certezas, sin transigir aunque todo se ponga en contra.
Juan Carlos, con pinta de seriedad, rumia imposibles de un lado a otro durante días, y cuando éstos salen de su boca lo hacen como un sortilegio que te convoca la voluntad, aunque la tengas agotada y pocas cosas te apetezcan menos que montar algo porque estás demasiado jodido por el caos que se da cita en tu ombligo. Ése rito es la forma con la que consigue que haya algo donde no sólo no lo había sino que tampoco existía la intuición de que pudiera construirse. Él ve una radio escolar en un cuarto destartalado y una obra de teatro en un maremágnum de gente en chándal a los que citan sólo las ganas de pasar un buen rato a su lado. Y no sólo lo imagina, sino que consigue que esa visión se contagie como un mal catarro entre quienes lo circundan.
Loli pacta su agenda con el infinito para que en ella le quepa todo. Como una acróbata, hace equilibrios sobre la cuerda floja de las agujas de un reloj mientras le insufla vida a todos los que la rodean. Sospecha una escenificación donde yo sólo veo pañales y balbuceos, o ayuda a hacer de un colegio de Primaria un lugar diferente donde a veces se canta muy alto sin necesidad de la voz.
Me maravilla la gente que hace virar el ritmo de la inercia de no hacer nada, de claudicar ante la rutina y el desánimo. Ellos son capaces de imprimir su movimiento en otros, de regalarte no sé si su sueños, sus convicciones o su entusiasmo para que los vistas de zapatos y puedas andar con ellos. En un mundo donde lo normal es ir a la deriva del despropósito y de la apatía, dónde a menudo cuesta tanto creer en algo diferente porque ya parece que todas las historias estén contadas y que todas hayan acabado mal, ellos gestan una alternativa distinta a rendirse, se implican y te implican donde lo normal sería canjear la inquietante esperanza de cambiar el mundo por la apaciguadora certeza de que nada es posible.