jueves 12 de julio de 2007

El tránsito de las palabras.

Me ha contado una amiga que hace sólo unos días llevó a sus alumnos de Carrizal a la sede de la cadena Ser en Las Palmas. No sé si alguno de ellos lo advirtió, pero sé de buena tinta que en un panel de frases, no sé si célebres o curiosas, hay una mía “Yo soy de izquierdas y ella de Zara, lo nuestro no podía funcionar”, que le pronuncié a Natalia hace un tiempo. Ella la colgó allí porque se le quedó prendida de la conciencia. A Natalia la reencontré – ya lo saben y, si no, lean el biocuento – gracias a las palabras que compartimos Saulo y yo, que en realidad nunca debimos conocernos. A este lo conocí por arte y magia de un e-mail que Bycor nos envío a los dos; Bycor tenía el mío porque compartimos palabras en un blog en internet donde trabajé con alumnos del Carrizal. Entre ellos estaban Haridian, Melania y Estefanía, que me convocaron el sueño de dos o tres cuentos que fueron a parar a la editorial de Joan Carles. Él me los devolvió hechos un librito que leyó alguien en Fuerteventura que me invitó a una semana literaria. Allí me reconoció Maika porque hacía diez años leyó dos cuentos míos. Pero no sólo ellos me leyeron antes de conocerme, sino otros aquí en la isla, alumnos del CEO de Vecindario, entre ellos Tania y un grupo de chavales que convoca la magia del verbo y la música de Saulo y que se llaman Los hijos del ritmo. A Tania le dediqué ayer un ejemplar, mientras ella y el resto de Los hijos del ritmo dinamizaban un taller de teatro que lleva don Latino en Las Torres, donde antes fui yo a contar cuentos. Estos se posaron por casualidad en el oído de las primeras alumnas que tuve en Secundaria, que estaban allí presentes después de no verlas en más de un lustro. Ellas pertenecían al mismo instituto que Selvi, la primera alumna que leyó relatos míos. Ella me vio en un periódico y nos pusimos en contacto por el Messenger, todavía conserva el libro, como conserva Nati en su casa de San Mateo novelas que ya ni recuerdo que escribí. Tuve el placer de ver a Selvi para desayunar hace unas semanas, cinco años o algo menos nos separaban en el tiempo, pero allí continuaban las palabras, aún nos vinculaban. Entre las que compartimos estaban contabilizadas las de los cuentos que leí para el grupo de don Latino en las Torres. A él tampoco debí conocerlo, si no fuera por las palabras de Carmen Mari. Ella las pronuncia con tanto entusiasmo y convicción que quienes padecemos del vicio de enseñar acabamos reuniéndonos a su lado. Fueron sus palabras las que me llevaron a conocer también a Ángeles, cuyos alumnos están leyendo ahora el biocuento en el que Nati y yo nos encontramos. No sé si algunos de ellos se contabilizarán en las sesenta visitas que tiene el blog a la semana, desconozco a muchos de los que lo leen. Algunos han llegado invitados por las palabras de Iván Abreu, según me ha dicho, con el que yo pasé un tiempo sin compartir ninguna; no obstante, parece que hubieran permanecido en la nevera o que las hubiéramos memorizado porque aún nos envuelve la misma complicidad de antaño cuando hablamos. Existen códigos en los vocablos, contraseñas que nos vinculan y nos unen, que nos anexan a la existencia de otros, como me ocurre todavía con Fabi, Yesi y los demás, y por supuesto con Ivón y Anabel, que también han ido a parar de cabeza a algún post. Eran todos compañeros de Haridian, a la que hace algunas semanas le devolví con agradecimiento el libro que ella me inspiró a escribir. La emoción debió derramársele por los ojos durante un par de días porque, cuando estaba en La semana literaria de Fuerteventura, me llegó un mensaje de su hermana – con la que trabajé- explicándome la ilusión que le había hecho. No sé si la ilusión pero sí seguro que las lágrimas se le derramaron al leer el mismo libro a una sobrina de don Latino con la que nunca he hablado y que sólo he visto una vez. Es, si no recuerdo mal, una sobrina menor que otra, que ahora es la primera lectora de la última novela que he escrito. Sólo la he visto dos veces, en una de ellas me alentó, sin quererlo o darse cuenta, a seguir escribiéndola. Sin embargo, la obra no cayó en sus manos por mi intención de agradecerle ese favor del que ni siquiera es consciente, sino porque don Latino se empeña en repartir por el mundo todo aquello que le genera ilusión, de ahí que lleve su grupo de teatro y que le haya propuesto a Saulo no sé qué taller en el que lo ha liado tras verlo sólo una vez. Ayer, junto antes de ver yo a Saulo y de que don Latino le hiciera su propuesta, me llegó al móvil un mensaje de mi niña Haridian: “Dani, por fin aprobé las asignaturas de primero”. Salvo las que compartimos cuando le regalé un libro que es más suyo que mío – apenas dos minutos antes de entrar en clase-, son las únicas palabras que hemos compartido en un año. El contenido es claro, como lo es el de tantas palabras que quieren decir lo que no dicen, significan no tanto que ha aprobado dos asignaturas como que todavía importo en su vida igual que ella importa en la mía, todavía seguimos vinculados de algún modo y con intención de continuar estándolo, como lo siguen estando pese a todo Selvi, Nati, Iván y el resto después de tanto tiempo.
Podría seguir y, sin embargo, nunca acabaría de contar, porque llega un momento en el que uno no atisba a adivinar el alcance de las palabras. Lo máximo que se puede hacer con ellas es pronunciarlas o escribirlas con honestidad, siendo fiel a uno mismo. Luego, ellas convocan el hechizo de su vida y campan a sus anchas llegando hasta la sede de la cadena Ser, en la que yo nunca he estado pero al parecer viejos alumnos míos sí. No se puede pretender espiarle el tránsito de las palabras, por ahí flotan, extendiendo vínculos, uniéndonos en una madeja de afinidades con quienes las comparten. A algunos de ellos los conoceremos por casualidad o premeditadamente, a otros ni siquiera eso, pero en sus oídos habrán aterrizado, como aterrizan en sesenta lectores semanales partiendo de este blog. Gracias por prestar el oído o la vista, por beberse el post de cada semana, aquí seguiremos, escribiendo para ir tirando y esperando que aún las palabras signifiquen algo.