martes 7 de agosto de 2007

Definición del cielo

Definición del cielo.
[A Mariola Suárez, que alberga el cielo en sus adentros]
Se encuentra aquí, sobre mis piernas, mientras escribo. Lee al tiempo que yo redacto. Apenas pesa nada; es lo que tienen las bailarinas calmas, que pertenecen más al aire que a la tierra. Me imagino que las cosas importantes nunca pesan, jamás son una carga, son prácticamente etéreas. Tiene la piel fina y suave, y una de esas sonrisas eternas que te transportan al cielo guiado por sus ojos claro.
Hace unos días que ella y yo andamos dándole vueltas a cómo se representaría el cielo y cómo se representaría el infierno, cosas de artistas, anda preparando un montaje de danza para el curso que viene. Yo, si quieren que les diga, creo que el cielo tiene algo que ver con ella.
Me imagino que no hacen falta grandes sacrificios ni una vida de santo para habitar en el cielo, al fin y al cabo, tras tanto dolor la recompensa sería sólo merecida. No, el cielo debe ser más bien un regalo, un derecho, como debe serlo siempre la felicidad. Luego, claro está, ese derecho se ejerce o no se ejerce, porque miren que hay gente que se empeña en ser infeliz, en tejer con la dicha una desgracia o un manto de angustia, un dramón de telenovela. Con la bailarina, sin embargo, todo ha sido más sencillo. Las puertas al cielo deberían encuadrarse en un marco infinito y debería uno poder cruzar por su propio pie. Para hacerlo, uno sólo tiene que albergar ascuas de esperanzas, salvaguardar fragmentos afilados de sueño que a veces parece que hieran más de lo que alientan y ápices de maravilla. Ni siquiera es necesario que la esperanza se evidencie, te la puedes guardar bien adentro, incluso bajo un velo de autocompasión. Puede parecer triste si te apetece y dejar que la amargura acampe en el valle de tus mejillas, pero muy en el fondo, aunque ni siquiera seas consciente de ello, debes conservar en un sobre una invitación a la locura de la dicha. Ésa es la única llave que te hace falta para entrar en el cielo, porque el cielo no tiene porteros ni se reserva el derecho de admisión, no se gana sino que se regala, no se invade sino que te invita.
Ahora bien, si tú albergas la esperanza de lo imposible y el antojo de una felicidad plena, el cielo se abre lentamente. Te llama, quizás, para quedar a cenar a dos bandas y luego te envía mensajes de móviles, y se va abriendo ante tu mirada y bajo el ritmo de tu tacto como una ensoñación presta a la hermosura. Desaloja los cerrojos de sus puertas y comienza a contar y contar sus estancias, dejando visible todos sus secretos con esa valentía que tienen los justos. Cuando menos te lo esperas, acabas viviendo en su casa. Sólo hace falta que tú des un paso – ni siquiera el primero -y el cielo recorre un gran trecho. Lo hace todo tan sencillo como la bailarina, se te cuela entre sábanas y en el alma con una naturalidad que se antoja imposible a los conservadores o a los temerosos, y aún a los cautos. Y en todo ese proceso lo único que sientes es que todo cuadra, que el puzzle se completa lentamente, que poco a poco llegas a la dársena donde siempre debiste estar, donde debiste amanecer al nacer, aunque si todo se viera desde fuera, y lejos de ese aura mágica con la que los sentimientos confirman la certeza, todo se te antojaría una locura, una temeridad. Así es el cielo para mí, y se abre sin necesidad de llaves, y uno no puede sino darle las gracias al cielo por hacerlo todo tan sencillo, tan maravilloso y perfecto, por entregar sin reservas su maravilla e incluirte en su seno.