domingo 2 de septiembre de 2007

Colarse en la fiesta.


Existe todo un subgénero del cine americano que son las películas de adolescentes, ambientadas en la etapa de la Middle school o la High school, lo que aquí vendría a identificarse con la Enseñanza Secundaria. Dentro de ese género hay todo un recetario de tópicos, como la pérdida de la virginidad, el rebelde sin causa o los amoríos entre el empollón y la jefa de la animadora, que se repiten hasta la saciedad. Entre todos esos tópicos está el de colarse en la fiesta.
Seguro que recuerdan la escena, no varía demasiado de un film a otro. Justo en medio de una casa llena de adolescentes sacados de revistas de moda, mientras la música suena a todo volumen, encontramos a dos jóvenes alfeñiques, con camisa a cuadros y gafas de pasta, pelados con orinal o con el pelo lacio a flequillo, con la espalda arqueada y las manos recogidas en señal de constricción. Pareciera que la música no se adentrara en las fronteras de su vera, porque son los únicos que no están bailando y también quienes únicos hablan. Se han colado en la fiesta.
Da la impresión de que allí no pintan nada y ellos lo saben, y por más que deseen habitar ese espacio, simplemente no es para ellos. Si están allí es porque simplemente han encontrado un ingenioso método de penetrar donde nadie los quería. Quizás se adentraron escondidos en un barril de cerveza, o accedieron por el acceso del sótano, o engañaron al mastodonte del portero con un agudo ardid. La fiesta es en realidad es lugar de lo que sí fueron invitados. Por supuesto de los equipos de rugby y baloncesto, y del harén de animadoras, cada una de ellas vestida con su uniforme y haciendo cabriolas sobre las mesas, siendo el centro de atención. Llegaron todos ellos en flamantes deportivos que dejaron en la entrada o en todoterrenos que luego conducirán borrachos mientras le enseñan el culo por las ventanillas a los conductores que adelanten. Nuestros alfeñiques, en cambio, llegaron con sus bicicletas con cuatro ruedas, o simplemente a pie, con la ilusión de perder el virgo con la jefa de animadoras que están seguros que es la mujer de su vida.
Ahora que se encuentran allí, entre tantas estrellas del instituto, descubren que en realidad están embutidos en una burbuja que los aleja de ese mundo. Pueden encontrarse en el medio del barullo, pero a sus oídos no llega la música ni logran sus pies seguir el ritmo, y mucho menos son capaces de resaltar sobre el resto, que es la pretensión de todo adolescente, aunque ya cuente cuarenta años. Ellos, si acaso, sólo temen que los descubran, que alguien advierta la evidencia de que no pertenecen a ese mundo y los echen a patadas del lugar, lanzándonos desde la escalera de la puerta hasta el césped de la entrada, que siempre los recibe mojado, manchándoles las caras de barro y las camisas a cuadros, y aún sus zapatos de Frankestein, que parecen de otro época.
Muchos nos sentimos a menudo como quienes se infiltran en la fiestas. Acabo de terminar de leer El profesor, un libro autobiográfico de Frank McCourt, y a menudo refleja ese sentimiento de haberse colado en una celebración en la que no es lícito que esté. Teme en todo momento que alguien se dé cuenta de que en realidad no es un docente hecho y derecho, sino sólo un malandrín irlandés, un don nadie o un cualquiera, y que lo echen de ese mundo en el que sólo logro entrar gracias a su astucia. Ésa es la fiesta en la que se coló McCourt, pero todos tenemos las nuestras. Quienes tuvimos un origen más que humilde no concebimos que ganemos en justicia un sueldo orondo a final de mes, ni que tengamos trabajo seguro y fijo - el portero debió despistarse al dejarnos entrar -; otros miran a sus parejas y se preguntan con perplejidad como pueden quererlos a ellos; a otros nos han publicado libros en un absurdo que no se explica porque no tenemos cuñas ni nos sentimos escritores excepcionales; los hay, también, que manosean su licenciatura preguntándose como un estudiante del montón llegó a terminar una carrera; y sumen y sigan cuanto quieran, las fiestas están llenas de alfeñiques que nos colamos con ingenio por una grieta del sistema, por una errata del portero.
Ahora bien, al cabo, creo que nadie tiene más derecho a estar en la algarabía que esos dos muchachos desgarbados que arrastran su burbuja de automarginación en medio del escándalo. Al fin y al cabo, son los únicos que se ganaron la entrada, los únicos que penetraron en el lugar sin ser invitados, y ése mérito de algún modo hace justa su presencia. Las fiestas, ¿saben?, tienen sus puertas y sus cancerberos, sus fronteras de seto y sus focos de jardín para localizar a los infiltrados, pero en el fondo las celebraciones no pertenecen a nadie, mucho menos a esos casinos y jactanciosos muchachos petulantes de las películas. Ellos, simplemente, apostan guardias y medidas de seguridad para que no entren nuestros dos alfeñiques. En realidad, básicamente los temen, porque si penetran en el la fiesta la tenue autoestima de los deportistas y las animadoras (de aquellos pitucos de Benedetti) se vendrá abajo en un santiamén. Ya no podrán sentirse exclusivos e importantes, ni en la cima del mundo, porque para ello necesitan que las faldas de la montaña estén llenas de don nadies a los que ningunear. Esos chicos de revista estiman su altura de forma relativa, la fundamentan en el espejismo de creer que otros están debajo, de pensar que son menos importantes, y eso sólo porque en lo más profundo de su ser saben que no se han ganado nada nunca, que sólo los invitaron al guateque porque alguien les regaló un deportivo, porque fueron afortunados en una lotería de genes que los hicieron atractivos chicos o hermosas animadoras, o porque deben su fortuna a los trapicheos de papá, a los enchufes de la familia o a la mafia del resto del equipo de fútbol americano. Bien mirado, nadie tiene más derecho a estar en una fiesta que quien lo reivindica colándose en ella.