sábado 20 de octubre de 2007

Echando cuentas


Escuché el otro día en un programa de televisión una noticia insólita, si es que alguna puede realmente recibir ese apelativo en un mundo donde proliferan y nos inundan. El programa era de humor pero la noticia era verídica, o al menos así lo creo aunque no he podido confirmarlo – tampoco me he esforzado mucho en ello, si les digo la verdad, no sea que me quede sin excusa para el post de la semana-.
En cualquier caso, Pablo Motos contaba en su Hormiguero el martes o el miércoles que los miembros de un matrimonio se habían sido infieles mutuamente por internet. Cada uno de ellos, por su parte, había contactado con un extraño en la red de quien se había enamorado. Se extendieron en esa relación telemática durante meses, compartiendo sexo cibernético – que les aproveche - y profesándose amor eterno entre bytes y pixeles.
Un día, no obstante, decidieron dar el salto de la red a lo carnal y quedaron en un restaurante de su ciudad – me imagino que americana, esto sólo les pasa a los yanquis – con el fin de empuñar algo más que el ratón en sus afectos. Así las cosas, en torno a la misma mesa descubrieron que detrás de los nick o alias estaba su actual pareja. Desconozco los nombres de ambos, pero válganme los de John y Helen por aquello de ser yanquis.
Allí se encontrarían John - que en internet sería tu_principe_909- y Helen –buena_amiga_42- descubriendo que se habían engañado sin engañarse, que se habían vuelto a enamorar al tiempo que se distanciaban definitivamente. Hasta ahí, claro, todavía uno podía intuir un final feliz. Quizás, podría haber reconocido cada uno en el otro a quien olvidó hacía tiempo, a quien coincidía con ellos en las conversaciones de internet y en los e-mail, que ambos esperarían con ilusión cuando sigilosamente encendían su pc para vivir una infidelidad doméstica que al final no lo había sido tanto. Sin embargo, lejos de que semejante lotería de casualidades reforzara su historia de amor, rompieron decididamente al sentirse traicionados por su cónyuge con ellos mismos. Digno de ver.
No obstante, dudo que Helen y John carecieran de lucidez al decidir de aquella manera, porque probablemente John no podría seguir siendo tu_príncipe_909 junto a Helen, ni ésta buena_amiga_42 junto a John, y ambos lo sabrían. Tampoco es algo tan extraño. Cada uno se había enamorado del alias del otro, pero no necesariamente del otro, porque tanto príncipe como buena_amiga existían al margen de John y Helen y no necesariamente a su lado. Ni él ni ella continuarían siendo amables ni encantadores a sabiendas de que su interlocutor era la persona que los había desencantado durante años. El pasado difícilmente se borra de un plumazo.
Ninguno de nosotros es impermeable a la presencia de otros, no vivimos a salvo de que nos inunde la influencia ajena. Al lado de según quienes nos podemos volver insoportables, mientras que junto a otros encarnamos la simpatía y la bondad; nadie vive solo en su isla. No habrán sido pocos los divorciados que descubren con el tiempo que aquella amargura que arrastraron durante tantos años en su hogar no los ha seguido como un perro faldero a la nueva casa ni a la nueva pareja, sino que más bien anduvo olfateando los pies de la ex mujer o del ex marido, o puede que de ninguno de los dos a solas sino de ambos juntos cuando así se diera el caso.
Con frecuencia, hasta que uno no se encuentra solo no dilucida qué características le son genuinas y cuáles se le filtran en el ánimo de tanto que le llueve encima quien tiene al lado. Quizás John es decididamente un príncipe azul lejos de Helen, y ésta una buena amiga lejos de John, y uno junto a la otra o viceversa no pueden ser más que malas versiones de ellos mismos.
Al cabo, como dice la bailarina, hay gente que te suma y gente que te resta, y puede que también gente que te divida en trocitos o que te multiplique por mil, y hasta los hay que te llevan de cabeza a las incógnitas de sus ecuaciones para que les soluciones una vida que siempre llenan de problemas. Quizás, cuando Helen y John coincidieron frente a una mesa, ambos supieron que cada uno empeoraba al otro, que ella no dejaba que él fuera tu_príncipe_909 y él que ella fuera esa buena_amiga de la que cualquiera se podría enamorar por internet.