A poco que en estos últimos días uno haya encendido la televisión o navegado por internet se habrá encontrado queriéndolo o sin quererlo con el deleznable vídeo en que un joven que viaja en un tren agrede sin mediar palabra ni provocación a una inmigrante no sé si menor de edad o al menos menor que él, propinándole varios golpes al tiempo continúa hablando por su teléfono móvil. Todo ello mientras al menos otro viajero contemplaba la escena sin intervenir en el conflicto.
Este vídeo que ahora describo – y que no pienso colgar en el blog - debe haberse repetido al menos un centenar de veces en los últimos días en los medios audiovisuales. En internet está presente en la página de los diarios y en los portales españoles más visitados, y me imagino que también estará en youtube aunque no lo he comprobado ni pienso hacerlo. En televisión se pasó primeramente por los informativos y desde ahí infectó toda la parrilla, desde los llamados programas de prensa rosa hasta otros de entretenimiento menos banal o más dignos.
Ni que decir tiene que la escena resulta grotesca y terrible y que el chico en cuestión debería recibir un castigo ejemplar como deberían recibirlo todos aquellos que empuñen la violencia contra otros por razón de su sexo, raza o religión, pero esto es una obviedad tan grande que carece de sentido repetirla. De hecho, la penalización de esas actividades debería ser un procedimiento automático en nuestra sociedad, debería estar tan absolutamente mecanizado que no diera pie a extender tanta prensa amarilla sobre estos asuntos como aquí se ha hecho, pues si decíamos que la escena en cuestión era grotesca, no creo que lo sea menos el tratamiento informativo que se le ha dado al asunto.
A fecha de hoy, y eso que esta semana he visto más bien poca televisión, no sólo se ha paseado el terrible vídeo por toda la programación, sino que sobre él se ha debatido hasta la saciedad. Parece también que el susodicho agresor ya ha ganado hasta dinero concediendo alguna exclusiva y que personas cercanas a él, además, han tenido la posibilidad de hablar en los medios y defenderlo o explicarlo, o al menos pronunciarse como si realmente fuera relevante su opinión. El circo mediático, en definitiva, ya está montado con sus siete pistas de canales. Todo el mundo opina y lo hace de mil maneras con el único propósito de atraer la atención de los televidentes y llenar su tiempo en el aire hasta que ocurra algo peor o más llamativo, y sin duda importa esto más que la inmigrante agredida o que el asunto de la xenofobia en cuestión.
Lo primero que llama la atención y que convierte el comportamiento de los medios en una actuación grotesca es que evidentemente el tema no preocupa en sí mismo sino meramente porque es un producto visual. No será ni el primer ni el último caso que ejemplifique la xenofobia en este país, de hecho la prensa suele dar noticia de algunos sucesos mucho más terribles y no por ello invaden la red ni los programas de actualidad. Si éste lo ha hecho es estrictamente porque existe un vídeo que lo recoge. Ésa es la carnaza que interesa, un material visual terrible que pueden repetir hasta la saciedad y que llama la atención de los espectadores, y sobre él se podrá hablar y discutir eternamente, analizando cientos de detalles que poco importan: con quién hablaba el tipo y de qué, quién fue el testigo, de dónde venía, qué barbaridades ha hecho antes. Todos ellas, en definitiva, cuestiones destinadas a rentabilizar al máximo la noticia.
En una sociedad donde imperan los Mass Media la importancia de las cosas termina radicando no en que existan sino en que estén grabadas. Tal vez si apareciera ahora fulana de tal y mengana de cuál en top less se acabaría el tiempo de gloria para este grotesco racista y se centrarían todos en analizar los pechos de la actriz en cuestión. Poco importa en realidad que una u otra cosa haya sucedido, sino sobre lo que de ellas se puede grabar o emitir. Terror me da, por ejemplo, que alguien grabe a una mujer sufriendo malos tratos y que los noticiarios extiendan también las imágenes. Eso daría pie a que todos se embarcaran de nuevo en una cruzada centrada en eso y que los abusos sufridos por esa mujer se contemplaran en los telediarios y a cualquier hora, a la vista de los niños y los jóvenes, y seguramente de los hijos de ésta o de su familia.
En un mundo donde todo se emite y todo se cuelga por internet, en un supuesto derecho a la información de los espectadores, cuesta encontrar una vara de medir que distinga lo relevante de lo escatológico, lo adecuado de lo deleznable. Hace apenas un mes se retiró una portada de la revista El Jueves por contener un chiste sobre un miembro de la Casa Real, porque éste, al parecer, ofendía a alguien o nos ofendía a todos, o al menos ofendía a los monárquicos según el juez que decretó la censura. No parece en cambio que este vídeo de la agresión ofenda a la víctima o al espectador que lo contemplaba y que no intervino – que también aparece en la grabación -, y del que me imagino que también se acabarán diciendo lindezas. Es probable que ese pobre pasajero termine siendo juzgando y condenando por periodistas de tres al cuarto y tertulianos de papel maché por no haber defendido a la joven, y que sobre él se realice una persecución si, Dios mediante, una actriz no deja a la vista su busto para que los buitres mediáticos vuelen hasta sus despojos y no hasta los del pobre que contempló atónito y me imagino que aterrorizado la escena – sólo el miedo pudo inmovilizarlo, no creo que haya otras razones -.
Yo, por mi parte, agradecería que se informara de ciertas cosas pero que no se recrearan ni se visualizaran. Aplaudiría que no se extienda con tanta facilidad un sinfín de imágenes violentas y sucesos terribles que maltrecha nuestra percepción y rebaja nuestra capacidad de indignación hasta casi hacerla desaparecer. Estoy francamente harto de ver grabaciones de peleas y abusos, de jóvenes con las caras borrosas que golpean a mendigos o los queman en el habitáculo de un cajero automático, de hombres quemándose a lo bonzo, de mujeres desfiguradas con ácido e inmigrantes humillados por skins hearts. Y no es que no quiera saber que esas cosas existan, sino que puedo ser informado de ellas con el don de la palabra y sin la agresión de la imagen, porque, en el fondo, lo que temo es que yo o mis vecinos nos encontremos algún día con algún animal que golpee a una inmigrante en una tren y que nos quedemos allí parados, mirando como si nada ocurriera, sin saber a ciencia cierta si eso es la realidad o un vídeo de la tele o de youtube, o sin saber si se trata ciertamente de algo relativamente normal de tantas veces que lo hemos visto, de tantas tonterías que se han dicho al respecto y de tan manida que tenemos ya nuestra capacidad de conmovernos de tantos horrores como hemos visto en tantas sobremesas.
Este vídeo que ahora describo – y que no pienso colgar en el blog - debe haberse repetido al menos un centenar de veces en los últimos días en los medios audiovisuales. En internet está presente en la página de los diarios y en los portales españoles más visitados, y me imagino que también estará en youtube aunque no lo he comprobado ni pienso hacerlo. En televisión se pasó primeramente por los informativos y desde ahí infectó toda la parrilla, desde los llamados programas de prensa rosa hasta otros de entretenimiento menos banal o más dignos.
Ni que decir tiene que la escena resulta grotesca y terrible y que el chico en cuestión debería recibir un castigo ejemplar como deberían recibirlo todos aquellos que empuñen la violencia contra otros por razón de su sexo, raza o religión, pero esto es una obviedad tan grande que carece de sentido repetirla. De hecho, la penalización de esas actividades debería ser un procedimiento automático en nuestra sociedad, debería estar tan absolutamente mecanizado que no diera pie a extender tanta prensa amarilla sobre estos asuntos como aquí se ha hecho, pues si decíamos que la escena en cuestión era grotesca, no creo que lo sea menos el tratamiento informativo que se le ha dado al asunto.
A fecha de hoy, y eso que esta semana he visto más bien poca televisión, no sólo se ha paseado el terrible vídeo por toda la programación, sino que sobre él se ha debatido hasta la saciedad. Parece también que el susodicho agresor ya ha ganado hasta dinero concediendo alguna exclusiva y que personas cercanas a él, además, han tenido la posibilidad de hablar en los medios y defenderlo o explicarlo, o al menos pronunciarse como si realmente fuera relevante su opinión. El circo mediático, en definitiva, ya está montado con sus siete pistas de canales. Todo el mundo opina y lo hace de mil maneras con el único propósito de atraer la atención de los televidentes y llenar su tiempo en el aire hasta que ocurra algo peor o más llamativo, y sin duda importa esto más que la inmigrante agredida o que el asunto de la xenofobia en cuestión.
Lo primero que llama la atención y que convierte el comportamiento de los medios en una actuación grotesca es que evidentemente el tema no preocupa en sí mismo sino meramente porque es un producto visual. No será ni el primer ni el último caso que ejemplifique la xenofobia en este país, de hecho la prensa suele dar noticia de algunos sucesos mucho más terribles y no por ello invaden la red ni los programas de actualidad. Si éste lo ha hecho es estrictamente porque existe un vídeo que lo recoge. Ésa es la carnaza que interesa, un material visual terrible que pueden repetir hasta la saciedad y que llama la atención de los espectadores, y sobre él se podrá hablar y discutir eternamente, analizando cientos de detalles que poco importan: con quién hablaba el tipo y de qué, quién fue el testigo, de dónde venía, qué barbaridades ha hecho antes. Todos ellas, en definitiva, cuestiones destinadas a rentabilizar al máximo la noticia.
En una sociedad donde imperan los Mass Media la importancia de las cosas termina radicando no en que existan sino en que estén grabadas. Tal vez si apareciera ahora fulana de tal y mengana de cuál en top less se acabaría el tiempo de gloria para este grotesco racista y se centrarían todos en analizar los pechos de la actriz en cuestión. Poco importa en realidad que una u otra cosa haya sucedido, sino sobre lo que de ellas se puede grabar o emitir. Terror me da, por ejemplo, que alguien grabe a una mujer sufriendo malos tratos y que los noticiarios extiendan también las imágenes. Eso daría pie a que todos se embarcaran de nuevo en una cruzada centrada en eso y que los abusos sufridos por esa mujer se contemplaran en los telediarios y a cualquier hora, a la vista de los niños y los jóvenes, y seguramente de los hijos de ésta o de su familia.
En un mundo donde todo se emite y todo se cuelga por internet, en un supuesto derecho a la información de los espectadores, cuesta encontrar una vara de medir que distinga lo relevante de lo escatológico, lo adecuado de lo deleznable. Hace apenas un mes se retiró una portada de la revista El Jueves por contener un chiste sobre un miembro de la Casa Real, porque éste, al parecer, ofendía a alguien o nos ofendía a todos, o al menos ofendía a los monárquicos según el juez que decretó la censura. No parece en cambio que este vídeo de la agresión ofenda a la víctima o al espectador que lo contemplaba y que no intervino – que también aparece en la grabación -, y del que me imagino que también se acabarán diciendo lindezas. Es probable que ese pobre pasajero termine siendo juzgando y condenando por periodistas de tres al cuarto y tertulianos de papel maché por no haber defendido a la joven, y que sobre él se realice una persecución si, Dios mediante, una actriz no deja a la vista su busto para que los buitres mediáticos vuelen hasta sus despojos y no hasta los del pobre que contempló atónito y me imagino que aterrorizado la escena – sólo el miedo pudo inmovilizarlo, no creo que haya otras razones -.
Yo, por mi parte, agradecería que se informara de ciertas cosas pero que no se recrearan ni se visualizaran. Aplaudiría que no se extienda con tanta facilidad un sinfín de imágenes violentas y sucesos terribles que maltrecha nuestra percepción y rebaja nuestra capacidad de indignación hasta casi hacerla desaparecer. Estoy francamente harto de ver grabaciones de peleas y abusos, de jóvenes con las caras borrosas que golpean a mendigos o los queman en el habitáculo de un cajero automático, de hombres quemándose a lo bonzo, de mujeres desfiguradas con ácido e inmigrantes humillados por skins hearts. Y no es que no quiera saber que esas cosas existan, sino que puedo ser informado de ellas con el don de la palabra y sin la agresión de la imagen, porque, en el fondo, lo que temo es que yo o mis vecinos nos encontremos algún día con algún animal que golpee a una inmigrante en una tren y que nos quedemos allí parados, mirando como si nada ocurriera, sin saber a ciencia cierta si eso es la realidad o un vídeo de la tele o de youtube, o sin saber si se trata ciertamente de algo relativamente normal de tantas veces que lo hemos visto, de tantas tonterías que se han dicho al respecto y de tan manida que tenemos ya nuestra capacidad de conmovernos de tantos horrores como hemos visto en tantas sobremesas.
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