sábado 17 de noviembre de 2007

Cien mentiras que hacen que la vida merezca la pena

Una de las canciones más fabulosas de Sabina se titula cien mentiras. En ella, el cantante enumera una detrás de otra cien razones que hacen que la vida merezca la pena. Cada una de ellas es según el autor una mentira, pero no por eso pierden su vigencia para endulzar la existencia.
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, una mentira es una expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa. Adoro esa canción de Sabina porque me recuerda lo importantes y lo necesarias que son las mentiras. Yo he vivido a lomos de ellas. La realidad nunca me resultó demasiado atractiva, ya con doce o trece años apreciaba más el tiempo que me dedicaba a imaginar – que es mentir para uno mismo – que aquél en el que me asfixiaba en la realidad. Escribir– que es fijar lo imaginado para otros – es también una forma de mentir, al fin y al cabo supone una manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa, porque lo que se da a luz en un folio en blanco ni se sabe ni se intuye, y ni siquiera se cree al principio.
Uno no debería perder la costumbre de mentirse a sí mismo, de engañarse con destreza, pues ésa es una buena forma de soñar. Nunca me supe, me creí ni me pensé capaz de escribir una novela ni de que me publicaran un libro, sin embargo, logré mentirme con tanto éxito que al final no sólo me convencí a mí mismo sino también a una editorial de que ello era posible. Tampoco me sentí capaz de reconstruir una vida mediada cuando me abandonaron tras siete años como se abandonan los zapatos viejos – esa expresión también es de Sabina – pero logré engañarme con la suficiente maña como para acabar viviendo un sueño – que es una mentira que comparte más de uno- ocho meses después. Mentí para aprobar oposiciones de profesor y me miento para acabar con cada capítulo de cada nueva novela; me engaño con descaro cada vez que le doy clase a un nuevo grupo de alumnos y me convenzo de que soy capaz de ser significativo para ellos; y también lo hago cuando me hipnotizo para no claudicar ante el desánimo ni para vender mis valores en un mercadillo. Todo ello lo logro mintiéndome, porque ni me sé, ni me pienso, ni me creo capaz de nada; sólo logro ahogar la certeza de mi incapacidad entre infinitos embustes.
La mentira es congénita a la humanidad, mentimos cuando contamos y contamos desde siempre. Quizás no nos defina tanto el hecho de ser unos embusteros, porque en el fondo todos lo somos, sino el tipo de embaucadores que seamos.
Existen farsantes que están presos de su realidad. Se encadenan a la solidez de sus frustraciones y sus inseguridades y se dejan aprisionar por ellas hasta que se alejan cada vez más del proyecto de persona que desearon ser. Entonces, ya sólo engañan para otros. Mienten no para desear algo diferente, no para romper sus cadenas, sino para disimularlas para los demás. De ese modo, las adornan con flores y se creen que son cintas de colores, pretenden que los grilletes se los han puesto otros, o utilizan cualquier pretexto para vivir encerrados en su pequeño drama doméstico mientras aparentan decididamente no desearlo.
Otros viven presos de las mentiras de terceros. Son como sus padres o sus madres desean que sean, o como los quieren su mujer o sus inversores. Son mentirosos- espejos que reflejan los embustes ajenos, que se amoldan a lo que se espera de ellos. Nunca se llevan mal con nadie ni distan de la opinión ajena. Pero apenas uno rasca su superficie se da cuenta de que no poseen mentiras propias, no son capaces de engañarse a sí mismos para ser algo diferente, y así uno jamás logra autenticidad.
Los hay, también, que mienten sólo para sí mismos y sobre sí mismos. Son falaces egoístas y egocéntricos, desentendidos de las sueños de los demás. Éstos jamás reconocen más ilusiones que las suyas y todo lo subyugan a ellas. Por ello, nunca admiten los embustes de los otros ni se preocupan de convencerlos con los propios. Es por eso que sus deseos nunca llegan a cumplirse del todo; para que una mentira deje de serlo hacen falta cómplices, personas que empiecen a considerarla cierta de algún modo. Nada escrito está concluido hasta que otro lo lee, ningún sueño es real hasta que por fin otro también lo encarna.
Por último, hay quienes se mienten a sí mismos al tiempo consienten los engaños de los otros. Se convencen con esfuerzo de que pueden ser diferentes mientras reconocen en sus prójimos también esa capacidad. Saben que las mejores mentiras son aquellas que se comparten con otros y aspiran a cambiar la realidad, a encarnarse en ésta, a hacerse ciertas. Estos últimos pronuncian mentiras que te invitan a un sueño y desatan en ti tus propias falacias, que mejoran lo existente y te invitan a la metamorfosis. Se trata de engaños que poseen tanta fuerza que ten embarcan en un tornado con casa y todo al mágico mundo de Oz o te abren una madriguera de conejos que te invita al País de las Maravillas, donde por fin podrás ser alguien diferente, el protagonista de una historia que se desentiende del asfixiante corsé de una realidad que a menudo te aprisiona y te encadena, procurando convencerte de que la felicidad no es una mentira posible.