domingo 25 de noviembre de 2007

Dejar ser

No sé si alguno de ustedes ha sufrido la maldición de convivir con personas que se empeñan en recordarles lo que no son y lo que no hacen. No se me ocurre una peor tortura, y, sin embargo, creo que todos sufrimos o hemos sufrido a alguien que simplemente no te dejar ser diferente a cómo eres.
Hay todo un rosario de arquetipos que dan fe de ese tipo de personalidades en el mundo de la ficción. Suelen ser madres posesivas en comedias románticas o parejas ya entradas en años que se lavan la cara a diario con un rosario de errores y defectos - véase Escenas de matrimonio de la que hablé hace un par de semana; o casi mejor no se vea-. Hay, por ejemplo, en La joven del agua, una mujer que representa el paradigma extremo de este tipo de personajes. Se trata de una esposa que durante todo el metraje informa a sus vecinos de cada uno de los defectos de su marido.
El mundo de la enseñanza tampoco carece de estos individuos. En este caso se trata de profesores que recuerdan continuamente a sus discentes lo terribles que son y lo poco merecedores de elogios o agasajos que se perfilan dentro de un aula.
Todos hemos sufrido a algunos de estos individuos, y quien más y quien menos se habrá puesto en ocasiones dentro de las botas de no dejar que otros sean de una manera diferente a cómo son. Conozco a madres que hablan continuamente por sus hijos. Uno le hace una pregunta a éstos y ellas contestan en lugar de sus vástagos: "no, no le gustan la escalada, siente vértigo; no, nunca come potaje, jamás le gustó; no, tampoco se le dan bien las matemáticas". Hay, también, parejas que aprovechan cenas con desconocidos o con nuevos amigos para puntualizar todos los defectos de su cónyuge o lo que ellas consideran como éstos: "A él no le gusta salir y a mi sí; no le gusta ir a tal y cuál sitio y a mi sí; es un desastre para esto o para aquello…" Existen, por último, amigos y familiares que te visten con un tópico que te aplicaron en una época de tu vida sólo para no molestarse en pesarte de nuevo de una manera diferente. Si durante ese periodo no paraste de correr por el mundo y de agobiarte en una madeja de responsabilidades, puede que cada vez que te vean de nuevo o te reúnas con ellos todos te piensen y te imaginen estresado y cansado, sobrepasado por tus obligaciones, y te vean el rostro cansado y se preocupen por ello.
No hay peor medicina para que uno cambie, para que se torne alguien diferente, que estar continuamente recordándole aquello que nos disgusta de ellos o encorsetarlo en un prejuicio del que no podrá escapar. Cuando lo hacemos, las personas acaban cerrando filas sobre sus defectos o hábitos por dos razones: la primera, porque cuando nos sentimos atacados sentimos la tentación de defendernos, de enrocarnos en nuestro derecho a ser cómo queramos o como nos resulta inevitable y no como nos quieren otros; la segunda, porque los otros insisten tanto en nuestras características negativas que ni siquiera nos dan la oportunidad de imaginarnos de manera diferente.
Recuerdo una anécdota en la que una compañera docente entra en una de mis clases y contempla que dos alumnos que solían ser revoltosos estaban sentados juntos en clase mientras hacían la tarea. "¿Tú permites que esos dos se sienten juntos? A nadie le trabajan así. Hay que seaparlos", dijo ella a viva voz y para los oídos de todos los alumnos. Yo le contesté sin darle demasiada importancia pero en alta voz - odio que encasillen a la gente -: "No, que va, a mí me trabajan perfectamente. Son de los que más rápido van en clase". Lo cierto fue que aquel día los dos chicos fueron los primeros en terminar la tarea, y si en otras ocasiones tuve que llamarles continuamente la atención, no debí reprenderles jamás durante aquella clase.
Supongo que la magia de no sentirte encasillado ni atacado te permite ser de otra manera, cambiar de hábitos. Sentirte libre de la opinión ajena te invita a ser diferente si así lo deseas. Cuesta más hacerlo cuando necesariamente la opinión de otros te encorseta en tus defectos, más aún si te ronda la vida quien no hace sino un recuento constante de ellos, quien te somete a la presión de sentirte condenado en todo momento.