domingo 11 de noviembre de 2007

El mito de algo mejor


Ramón arrastra a sus cuarenta y pocos años un cuerpo enjuto y encorvado, coronado por un rostro en el que parece haberse grabado de tanto que la utiliza una expresión marcada por una mezcla de cinismo y condescendencia. Su sonrisa parece una sombra chinesca que no adquiere colores ni dimensiones. Todo ello impregna su persona de una amargura inherente que él pretende disimular con un largo repertorio de chistes malos y con una jerga pretenciosa con la que se propone alzarse sobre los demás.
Con cuatro décadas cumplidas, Ramón está varado en el puerto de la soledad y de la insatisfacción. Ya se me escapan de la cuenta las mujeres que le han tentado la vida, más abundantes cuánto más joven era, o quizás cuanto menos cáustico resultaba. Evidentemente una cosa tiene que ver con la otra, el imperio de la tristeza y la frustración nos erosionan la dicha en amargura al cabo del tiempo. Mujeres, las hubo en su vida morenas y rubias, formadas e incultas, atractivas, exuberantes, misteriosas y simpáticas, magníficas y excepcionales, y todas ellas fueron a impactar contra el sólido muro de la ambición de Ramón. Ellas nunca pudieron sortearlo y tampoco lograron hacer mella en su superficie para instalarse en las estancias de sus adentros.
Entrar en la vida de Ramón supone acceder al laberinto de sus encantos, de su atractivo, sin ser consciente de que éste únicamente tiene una puerta de entrada y otra de salida. Ellas penetran en sus adentros y lo maravillan durante un tiempo, pero luego sobre la conciencia de su amante comienza a articularse la mecánica de la insatisfacción: Ramón imagina de nuevo que quizás aún exista una mujer mejor que aquella para él. De esa forma, pronto apresa su atención otra fémina que tiene no sé si más encantos o simplemente más misterios, más incógnitas sobre las que uno puede desplegar la imaginación para forjar la pareja idílica. Así, Ramón pronto queda prendido de otra mujer con la que engaña a la anterior hasta que por fin la aleja de su vera. Y ése es el círculo vicioso en el que vive, atrapado por el hechizo de imaginar que siempre existe para él algo mejor de lo que es.
Ramón, ya se lo pueden imaginar, engorda la nómina de las cosas que no existen, sin embargo, ramones hay muchos, e incluso lo somos todos a ratos, por cortos o largos periodos. No conozco a Ramón pero sí a un tipo que con la misma edad todavía no ha estrenado pareja porque ninguna está a la altura de sus expectativas, y sé también un rosario de mujeres y hombres que al cabo de un tiempo renuncian a las suyas en aras de imaginarse la existencia de alguien que los llene más o que los haga más felices de lo que los hicieron aquéllas, como si nuestra dicha pudiera estar enteramente en manos de otros, o como si simplemente la felicidad existiera con esa misma sustancia con la que se la retrata en los cuentos de hadas. Pero no sólo se abandona una pareja hipnotizado por el mito de que exista algo mejor, sino que también se abandonan empleos y lugares, amigos y proyectos. Y no sólo eso, sino que los hay que simplemente no articulan movimiento alguno a la espera de que llame a su puerta la oportunidad de su vida. Conozco a gente renuncia a un empleo prometedor a la espera de que aparezca no sólo otro ideal sino descabellado. Hay, por ejemplo, hasta albañiles que pretenden empleos de arquitectos.
Si bien es cierto que la ambición es un combustible necesario para aspirar a la prosperidad, no lo es menos que a menudo gesta grandes tragedias. Grandes imperios han caído por la codicia sin límite de sus gobernantes, que enajenados por sus delirios de grandeza erraron en estrategias básicas. También muchos hombres, por ejemplo, fueron atraídos por la fiebre del oro, abandonando a sus familias y posesiones para asfixiarse en minas perdidas en las montañas, o partieron a la búsqueda de El Dorado y fueron extintos por tribus indígenas o enfermedades tropicales.
La ambición es un sentimiento universal, y sin lugar a dudas no es necesariamente perjudicial alimentarla, sino que lo que resulta peligroso es aquello con lo que la engordemos. Cuando la ambición se nutre de expectativas razonables y de objetivos capaces de encarnarse en la realidad, se convierte en una guía que no garantiza nuestros deseos pero que quizás sí nos los acerque. Sin embargo, cuando la engordamos a base de aire y humo, de cábalas de nuestra imaginación, nos perdemos en un desierto orientados por espejismos. Dicho de otra manera, no tiene nada de malo aspirar a un ascenso posible, pero sí dejar tu trabajo para partir en busca del Dorado, todo ello sin mapas ni constancia alguna de su existencia.
Tal vez, el truco esté en aprender a distinguir los espejismo de los Oasis en el desierto, y la tarea no es sencilla, porque la fuerza de nuestra imaginación es tan poderosa que a menudo compartimos la locura de don Quijote creyendo reales cosas que en verdad no lo son; confundimos molinos de vientos con gigantes. Y aún la cosa se complica más en la actualidad. Por pura lógica, en una sociedad de mercado sustentada en el consumo, el mito de “algo mejor” sale terriblemente rentable. Nos hemos criado convencidos no sólo de que algo mejor es posible sino que es prácticamente nuestro deber aspirar a ello: un nuevo modelo de coche, una nueva consola, una casa más grande, mejor aspecto físico… Un sistema que se sustenta en la necesidad de vender productos necesita por definición de un ejército de inconformes dispuestos a embarcarse en una travesía hacia el Dorado abordo de préstamos e hipotecas. Creo que tanto nos han entrenado en ello que la mecánica de ambicionar lo idílico se ha extendido como una plaga del ámbito de lo que tenemos al ámbito de lo que somos. De hecho, a menudo confundimos ambos términos, ya no sabemos si determinadas cosas forman parte de nuestra esencia o de nuestra pertenencia: empleo, pareja o el coche, parece que sean todos ellos bienes. Uno no es nadie si no tiene nada. Así no es de extrañar que al final se mercadee con los afectos y las ilusiones de la misma forma en que lo hacemos con las propiedades.
Si por plenitud entendemos la que retratan los cuentos infantiles, aquella de comer perdices y ser felices para siempre, estamos condenados al imperio de la insatisfacción. Al cabo, esa felicidad tiene su origen en el imperio de la imaginación, que es el único ámbito donde se puede concebir una existencia sin trabas ni problemas, donde podamos tener y ser todo cuanto deseemos. Ahora bien, nadie puede vivir eternamente en el mundo de sus quimeras, ni siquiera lo logró don Quijote, porque la realidad no se amolda a ellas. No es sólo que las exceda sino que simplemente las ignora. Así las cosas, resulta transcendental centrar nuestros esfuerzos no en propósitos idílicos – que sólo se tocan con los dedos de la imaginación – sino en los más atractivos dentro de los factibles. De otro modo, podemos quedar presos en el círculo vicioso del Ramón de nuestra historia, que abandona aquello que es preciado y de lo que disfruta en aras de un imposible que sólo convoca su fantasía y que nunca se encarnará en la realidad. Todo ello al tiempo que la frustración le ahoga cualquier posibilidad de alegría.