A los dieciséis o diecisiete años vi una película de Jamen Ivory titulada "Lo que queda del día". Estaba protagonizada por Anthony Hopkins y Emma Thomson. Él era el mayordomo de un Lord inglés y ella su ama de llaves. Los dos vivieron apenas un conato de romance frustrado por la convicción del mayordomo de que ya se le había pasado el momento para amar. A causa de ello, la gobernanta abandona la mansión despechada. No obstante, transcurren veinte años más en la vida ya de por sí longeva del mayordomo y, cuando el Lord inglés abandona o vende la mansión - no recuerdo exactamente ese detalle -, Hopkins parece dispuesto a salvar lo que queda del día yendo en busca Emma Thomson - cualquiera no -.
De esa película me maravillaron dos cosas, uno el título, "Lo que queda del día", y la otra fue la forma en que un mayordomo cansado y anciano - un hombre resignado - fue capaz de desplegar un alarde de esperanza para ser feliz a esas alturas de su vida.
Por etapas, a veces por etapas tremendamente largas, yo me he encontrado como el mayordomo de ese film varado en el territorio de la impotencia, sintiendo que se pasa el arroz o que se me ha pasado ya para según qué cosas. Como todos en algún momento, he llegado a estar convencido de que me quedo sin opciones y sin salidas, ahogándome en la frustración de los deseos defenestrados. Me tocó entonces aprender a lidiar con la impotencia a largo plazo, y encontré una forma de salvar lo que quedaba de mis días. Pasara lo que pasase, procuraba marcarme ciertos objetivos que sí estaban en mi mano y que, en caso de que tuvieran éxito, podrían desenquistar aspectos de mi vida que se volvían agobiantes. Esos objetivos eran esencialmente escribir tres páginas al día y tener siempre una novela en manos de un editor y otra en la cabeza. Ésa fue mi forma de combatir la impotencia, hacer algo, poder controlar algo, aunque todas las novelas llegaran devueltas y denegadas durante años.
Confiaba en que si, en algún momento, ganaba un concurso o se editaba una de mis novelas, eso me proporcionaría una salida del laberinto de incertidumbre en el que me ahogaba. No obstante, nada de aquello sirvió, o al menos no estrictamente, fue aprobar una oposición a la enseñanza pública lo que abrió las puertas de mi laberinto, aunque lo cierto es que me pasé escribiendo una novela más de la mitad del tiempo que debí estar estudiando. Y digo que no sirvió de nada en el sentido estricto porque creo que en otro sentido son esas tres páginas diarias que escribo las que me continúan manteniendo con vida y esperanza.
Esas tres páginas diarias de ficción o estos artículos, de algún modo, son la cuña que mantiene abierta las puertas de mi ilusión. Mientras continúe produciendo, sigo siendo capaz de entender mi mundo al tiempo que mantengo intactas las esperanzas de que lo que alumbro llegue a ser relevante para alguien, por suerte la escritura es una de esas pocas vocaciones que puede tener éxito hasta el final de tus días. No doy nunca un día por inútil si escribo algo en él, ni una semana por estéril si la corono con un "post" en el "blog".
Cuando un día ha sido duro o terrible, cuando se tuercen las cosas sobremanera y sin sentido, yo arribo a mi ordenador, escucho algo de Sabina, y añado algo de texto a un proyecto de novela que, como siempre, me tiene secuestradas las ilusiones. Ésa es mi forma de salvar lo que queda del día, de que no transcurra ninguno estéril, de no rendirme a la desesperanza y de intentar comprender el mundo que me rodea, por eso esta bitácora se llama "Escribir para ir tirando". Ya iba siendo hora de que lo explicara.
De esa película me maravillaron dos cosas, uno el título, "Lo que queda del día", y la otra fue la forma en que un mayordomo cansado y anciano - un hombre resignado - fue capaz de desplegar un alarde de esperanza para ser feliz a esas alturas de su vida.
Por etapas, a veces por etapas tremendamente largas, yo me he encontrado como el mayordomo de ese film varado en el territorio de la impotencia, sintiendo que se pasa el arroz o que se me ha pasado ya para según qué cosas. Como todos en algún momento, he llegado a estar convencido de que me quedo sin opciones y sin salidas, ahogándome en la frustración de los deseos defenestrados. Me tocó entonces aprender a lidiar con la impotencia a largo plazo, y encontré una forma de salvar lo que quedaba de mis días. Pasara lo que pasase, procuraba marcarme ciertos objetivos que sí estaban en mi mano y que, en caso de que tuvieran éxito, podrían desenquistar aspectos de mi vida que se volvían agobiantes. Esos objetivos eran esencialmente escribir tres páginas al día y tener siempre una novela en manos de un editor y otra en la cabeza. Ésa fue mi forma de combatir la impotencia, hacer algo, poder controlar algo, aunque todas las novelas llegaran devueltas y denegadas durante años.
Confiaba en que si, en algún momento, ganaba un concurso o se editaba una de mis novelas, eso me proporcionaría una salida del laberinto de incertidumbre en el que me ahogaba. No obstante, nada de aquello sirvió, o al menos no estrictamente, fue aprobar una oposición a la enseñanza pública lo que abrió las puertas de mi laberinto, aunque lo cierto es que me pasé escribiendo una novela más de la mitad del tiempo que debí estar estudiando. Y digo que no sirvió de nada en el sentido estricto porque creo que en otro sentido son esas tres páginas diarias que escribo las que me continúan manteniendo con vida y esperanza.
Esas tres páginas diarias de ficción o estos artículos, de algún modo, son la cuña que mantiene abierta las puertas de mi ilusión. Mientras continúe produciendo, sigo siendo capaz de entender mi mundo al tiempo que mantengo intactas las esperanzas de que lo que alumbro llegue a ser relevante para alguien, por suerte la escritura es una de esas pocas vocaciones que puede tener éxito hasta el final de tus días. No doy nunca un día por inútil si escribo algo en él, ni una semana por estéril si la corono con un "post" en el "blog".
Cuando un día ha sido duro o terrible, cuando se tuercen las cosas sobremanera y sin sentido, yo arribo a mi ordenador, escucho algo de Sabina, y añado algo de texto a un proyecto de novela que, como siempre, me tiene secuestradas las ilusiones. Ésa es mi forma de salvar lo que queda del día, de que no transcurra ninguno estéril, de no rendirme a la desesperanza y de intentar comprender el mundo que me rodea, por eso esta bitácora se llama "Escribir para ir tirando". Ya iba siendo hora de que lo explicara.
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