Hacia finales del siglo XIX se dio un género literario cuyos restos sobreviven esencialmente en las llamadas telenovelas. Me refiero a la novela de folletín, que se publicaba en los periódicos. Se trataba de historias entre amorosas y dramáticas que se perpetuaban mientras salieran rentables. De esa forma, lo que se concebía en un principio como una novelilla corta podía ocupar las páginas de los diarios durante años si su escritor tenía la habilidad de hacerse con unos lectores fieles.
Quizás, también guarden algún parecido con los folletines algunas series televisivas, al menos aquellas cuyo contenido es progresivo y acumulativo, en las que lo que ocurre tiene vigencia más allá de un capítulo; Mujeres desesperadas, Perdidos y toda la última camada de series de la Fox esencialmente.
Si me refiero hoy a los folletines y a sus sucedáneos en el tiempo es porque, independientemente de su calidad – que podría ser nimio –transmitían a los lectores – o espectadores en el caso de la televisión – una enseñanza valiosa, que es que la historia no estaba concluida, ni siquiera en la privilegiada cabeza de sus creadores. Esto supone toda una excepción a la regla en lo que al mundo de las tramas actuales se refieren. Cuando uno se convierte en el lector, espectador o jugador de una historia – los videojuegos también narran – sabe que el relato con el que se relaciona está de antemano concluido. Bastará con avanzar en las páginas, las escenas o las pantallas y hallaremos un final que nos espera desde aún antes que comenzáramos nuestra aventura.
Un caso aún más particular dentro de esta gama es el de los videojuegos, en particular el de las aventuras gráficas. Éstos son en realidad las únicas historias interactivas, aquéllas en las que las decisiones del usuario podrían modificar el guión de lo que se nos cuenta. De hecho, allá en la prehistoria, cuando comenzaron a existir esos productos, se nos vendía la participación en la “aventura” como una alternativa a la tradicional “lectura”; “no lo leas, vívelo”. Con más de dos décadas de industria, la solución ha sido decepcionante: un jugador pinta tan poco en el desarrollo de un videojuego como en el de una novela. Un caminado previsto te llevará a un final unívoco, sin más opciones que morir cuántas veces sea necesario para llegar a la conclusión.
Creo que asistir a todas esas ficciones que tienen un final fijado acaba por acostumbrarnos a imaginar que nuestra vida también está escrita de algún modo. De hecho, resulta hasta tranquilizador albergar esa convicción. Entender la existencia como un producto prefabricado nos aligera la carga de responsabilizarnos de lo que hacemos. Como en un videojuego, no habrá que temer si erramos con frecuencia, porque indiscutiblemente dispondremos de nuevas oportunidades para llegar a una conclusión que jamás se nos resiste.
Particularmente sangrante resulta el caso de los jóvenes, que han sido amamantados más por la Fox, Dreams Works y Sony que por sus padres. Apenas uno asiste a la vida de los adolescentes, advierte que la forma en la que se relacionan y en la que toman decisiones parece sacada de la cabeza de un auténtico guionista de televisión. En Los mileuristas, un libro de Espido Freire donde analiza a su generación, ésta se extrañaba de que triunfara entonces la serie Sensación de vivir, que tan poco tenía que ver con los españoles. A mi parecer, hace ya tiempo que el camino por el que la ficción se nutre de la realidad ha invertido su sentido. Ahora la realidad tiende a nutrirse de lo que imaginan otros. No es que viéramos Sensación de vivir porque nos sintiéramos representados, es simplemente que queríamos ser cómo ellos, por más yanquis pijos que resultaran.
Así, por ejemplo, los alumnos de Secundaria se extreman en entablar en masa relaciones afectivas a edades en las que en generaciones anteriores sólo suponían una excepción a la regla. En sexto de EGB, en mi colegio, había sólo uno o dos desubicados que ya andaban prendidos de otros, pero no lo éramos la mayoría, mientras que ahora no sólo aumenta el número de casos sino que también han cambiado las cualidades de esas relaciones. Mientras antes éstas eran privadas y generalmente exclusivas, ahora se valora sobre todo la exhibición que se hace de ellas, el que otros las vean como se ven en televisión, y ya no se tiene una durante un periodo considerable, sino que se atesoran varias y, además, sobre ellas mienten, malmeten y se enfrentan tal como se hace en la series de televisión, donde a falta de un buen creador siempre existió la posibilidad de liarlos a los unos con los otros para ocupar de ese modo el espacio de emisión.
Proliferan de esa manera los cuernos y las traiciones, los dimes y diretes, y sobre todo la necesidad de ocupar un espacio público, de ser el centro de atención, el protagonista de una historia que no sólo necesita espectadores sino fulminar índices de audiencia, tener cuantos más adeptos mejor, aunque para ello termines por convertirte en un estereotipo que a nadie le cueste comprender. Así te encuentras en cada clase a ligones de cartón piedra, gallitos de su corral, payasos trasnochados, damitas en apuros y toda una casuística de roles que no lo dejan a uno inventarse de nuevo o de otra manera.
No obstante, lo peor de todo es que no ocurre esto sólo en los jóvenes, que al menos tienen la excusa de ser imberbes maleables, sino que en los adultos la historia no varía demasiado. Sigo de lejos la historia de un cuarentón en crisis que me narra una amiga a fin de que me sirva de material de novela, y cuanto más me habla de ese hombre, más encarna éste al prototipo de hombre de mediana edad en crisis que ha protagonizado tantos filmes. Bien podría interpretar el papel protagonista de American Beauty o de la peor pero más significativa, en este caso, Una cana al aire. Cuando me van poniendo al día de la historia en cuestión, no hago nada más que ver paralelismos entre esa historia y tantas otras a las que he asistido en el cine o en los libros, tan parecida resulta que nos aburre no sólo a mí sino también a quien me la cuenta.
Acaba por ser terrible asistir a un mundo donde parece que todo se repita y que todos estemos obligados a vivir las mismas tramas, como si no pudiéramos escapar de esos finales que ya están previstos. Y lo peor no es eso, sino que parece quienes se encargan de narrarlos se empeñan también en que no exista nada diferente, en que cada cosa que escuchamos o leamos sea parecida a otra que similar que ya funcionó y se vendió. Así, por ejemplo, recibía el otro día la crítica de una novela, en la que simplemente se hacía hincapié en todo aquello de la historia que la hacía original; por ejemplo, se veía como un desacierto que no fueran unos cuernos los causantes de una ruptura o que una historia menor dentro de la obra no tuviera un final evidente y estereotipado. No obstante, resulta aburrido imaginar siempre lo mismo, perder el tiempo en repetirse, sin concebir que aquello que fragua la autoría de cualquier historia es protagonizarla con diferencia, hacerla propia y singular.
Nos quejamos con frecuencia de que la vida no es nunca como imaginamos. A tenor de lo visto, yo estoy por sostener que generalmente se trata de lo contrario: la vida es justo como la imaginamos, o al menos como la imaginan para nosotros. Nos pensamos todos dentro de una teleserie en la que somos los actores principales, y no sabemos protagonizarla de otro modo que como la hacen aquellos: siendo el centro de atención, pensando que todo y todos se mueven a nuestro alrededor como mero atrezzo de nuestra vida. Imaginamos que no tenemos más responsabilidad que nuestra propia satisfacción, que nadie hay más importante, y de ahí los cuarentones infieles y trasnochados, los adolescentes egoístas y el tipo que corre a patadas a una inmigrante en un tren porque debe haberla confundido con un doble de acción que ni siente ni padece. Todo ello para ocupar el primer plano, y todo ello pensando que no hay problema, que no podemos acabar mal, porque estamos mal acostumbrados a que todas las historias estén terminadas de antemano y a que en general terminen bien para el protagonista
Quizás, también guarden algún parecido con los folletines algunas series televisivas, al menos aquellas cuyo contenido es progresivo y acumulativo, en las que lo que ocurre tiene vigencia más allá de un capítulo; Mujeres desesperadas, Perdidos y toda la última camada de series de la Fox esencialmente.
Si me refiero hoy a los folletines y a sus sucedáneos en el tiempo es porque, independientemente de su calidad – que podría ser nimio –transmitían a los lectores – o espectadores en el caso de la televisión – una enseñanza valiosa, que es que la historia no estaba concluida, ni siquiera en la privilegiada cabeza de sus creadores. Esto supone toda una excepción a la regla en lo que al mundo de las tramas actuales se refieren. Cuando uno se convierte en el lector, espectador o jugador de una historia – los videojuegos también narran – sabe que el relato con el que se relaciona está de antemano concluido. Bastará con avanzar en las páginas, las escenas o las pantallas y hallaremos un final que nos espera desde aún antes que comenzáramos nuestra aventura.
Un caso aún más particular dentro de esta gama es el de los videojuegos, en particular el de las aventuras gráficas. Éstos son en realidad las únicas historias interactivas, aquéllas en las que las decisiones del usuario podrían modificar el guión de lo que se nos cuenta. De hecho, allá en la prehistoria, cuando comenzaron a existir esos productos, se nos vendía la participación en la “aventura” como una alternativa a la tradicional “lectura”; “no lo leas, vívelo”. Con más de dos décadas de industria, la solución ha sido decepcionante: un jugador pinta tan poco en el desarrollo de un videojuego como en el de una novela. Un caminado previsto te llevará a un final unívoco, sin más opciones que morir cuántas veces sea necesario para llegar a la conclusión.
Creo que asistir a todas esas ficciones que tienen un final fijado acaba por acostumbrarnos a imaginar que nuestra vida también está escrita de algún modo. De hecho, resulta hasta tranquilizador albergar esa convicción. Entender la existencia como un producto prefabricado nos aligera la carga de responsabilizarnos de lo que hacemos. Como en un videojuego, no habrá que temer si erramos con frecuencia, porque indiscutiblemente dispondremos de nuevas oportunidades para llegar a una conclusión que jamás se nos resiste.
Particularmente sangrante resulta el caso de los jóvenes, que han sido amamantados más por la Fox, Dreams Works y Sony que por sus padres. Apenas uno asiste a la vida de los adolescentes, advierte que la forma en la que se relacionan y en la que toman decisiones parece sacada de la cabeza de un auténtico guionista de televisión. En Los mileuristas, un libro de Espido Freire donde analiza a su generación, ésta se extrañaba de que triunfara entonces la serie Sensación de vivir, que tan poco tenía que ver con los españoles. A mi parecer, hace ya tiempo que el camino por el que la ficción se nutre de la realidad ha invertido su sentido. Ahora la realidad tiende a nutrirse de lo que imaginan otros. No es que viéramos Sensación de vivir porque nos sintiéramos representados, es simplemente que queríamos ser cómo ellos, por más yanquis pijos que resultaran.
Así, por ejemplo, los alumnos de Secundaria se extreman en entablar en masa relaciones afectivas a edades en las que en generaciones anteriores sólo suponían una excepción a la regla. En sexto de EGB, en mi colegio, había sólo uno o dos desubicados que ya andaban prendidos de otros, pero no lo éramos la mayoría, mientras que ahora no sólo aumenta el número de casos sino que también han cambiado las cualidades de esas relaciones. Mientras antes éstas eran privadas y generalmente exclusivas, ahora se valora sobre todo la exhibición que se hace de ellas, el que otros las vean como se ven en televisión, y ya no se tiene una durante un periodo considerable, sino que se atesoran varias y, además, sobre ellas mienten, malmeten y se enfrentan tal como se hace en la series de televisión, donde a falta de un buen creador siempre existió la posibilidad de liarlos a los unos con los otros para ocupar de ese modo el espacio de emisión.
Proliferan de esa manera los cuernos y las traiciones, los dimes y diretes, y sobre todo la necesidad de ocupar un espacio público, de ser el centro de atención, el protagonista de una historia que no sólo necesita espectadores sino fulminar índices de audiencia, tener cuantos más adeptos mejor, aunque para ello termines por convertirte en un estereotipo que a nadie le cueste comprender. Así te encuentras en cada clase a ligones de cartón piedra, gallitos de su corral, payasos trasnochados, damitas en apuros y toda una casuística de roles que no lo dejan a uno inventarse de nuevo o de otra manera.
No obstante, lo peor de todo es que no ocurre esto sólo en los jóvenes, que al menos tienen la excusa de ser imberbes maleables, sino que en los adultos la historia no varía demasiado. Sigo de lejos la historia de un cuarentón en crisis que me narra una amiga a fin de que me sirva de material de novela, y cuanto más me habla de ese hombre, más encarna éste al prototipo de hombre de mediana edad en crisis que ha protagonizado tantos filmes. Bien podría interpretar el papel protagonista de American Beauty o de la peor pero más significativa, en este caso, Una cana al aire. Cuando me van poniendo al día de la historia en cuestión, no hago nada más que ver paralelismos entre esa historia y tantas otras a las que he asistido en el cine o en los libros, tan parecida resulta que nos aburre no sólo a mí sino también a quien me la cuenta.
Acaba por ser terrible asistir a un mundo donde parece que todo se repita y que todos estemos obligados a vivir las mismas tramas, como si no pudiéramos escapar de esos finales que ya están previstos. Y lo peor no es eso, sino que parece quienes se encargan de narrarlos se empeñan también en que no exista nada diferente, en que cada cosa que escuchamos o leamos sea parecida a otra que similar que ya funcionó y se vendió. Así, por ejemplo, recibía el otro día la crítica de una novela, en la que simplemente se hacía hincapié en todo aquello de la historia que la hacía original; por ejemplo, se veía como un desacierto que no fueran unos cuernos los causantes de una ruptura o que una historia menor dentro de la obra no tuviera un final evidente y estereotipado. No obstante, resulta aburrido imaginar siempre lo mismo, perder el tiempo en repetirse, sin concebir que aquello que fragua la autoría de cualquier historia es protagonizarla con diferencia, hacerla propia y singular.
Nos quejamos con frecuencia de que la vida no es nunca como imaginamos. A tenor de lo visto, yo estoy por sostener que generalmente se trata de lo contrario: la vida es justo como la imaginamos, o al menos como la imaginan para nosotros. Nos pensamos todos dentro de una teleserie en la que somos los actores principales, y no sabemos protagonizarla de otro modo que como la hacen aquellos: siendo el centro de atención, pensando que todo y todos se mueven a nuestro alrededor como mero atrezzo de nuestra vida. Imaginamos que no tenemos más responsabilidad que nuestra propia satisfacción, que nadie hay más importante, y de ahí los cuarentones infieles y trasnochados, los adolescentes egoístas y el tipo que corre a patadas a una inmigrante en un tren porque debe haberla confundido con un doble de acción que ni siente ni padece. Todo ello para ocupar el primer plano, y todo ello pensando que no hay problema, que no podemos acabar mal, porque estamos mal acostumbrados a que todas las historias estén terminadas de antemano y a que en general terminen bien para el protagonista
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