Todo lo nuevo convocaba para Sara un halo de entusiasmo, como aquellos regalos infantiles que abría el día de Reyes y en su cumpleaños. No obstante, la novedad suele deshacerse con premura entre los dedos de tiempo. La excitaban los paquetes aún envueltos, cuando todavía no eran nada en concreto sino la posibilidad de cualquier cosa. Luego, el fervor disminuía cuando rasgaba el papel de la cubierta y sus ilusiones se materializaban en muñeca, una novela o en el último traje que le gusto de las tiendas Zaras, dependiendo de la edad que tuviera por aquel entonces.
Con el transcurso del tiempo, no obstante, la novedad dejaba de serlo; los estrenos caducan inexorablemente. Eso forma parte de su naturaleza. Entonces, en la vida de Sara, sólo quedaba un juguete, un libro o una prenda más de ropa, todos ellos despojados de ilusiones, abriendo de nuevo un vacío en su interior que le incomodaba los días, una insatisfacción creciente que anhelaba llenarse de nuevo con estrenos o quizás sólo con papel de regalo.
Sara descargó una gruesa maleta sobre una cama virgen, que nunca había ocupado nadie. Todavía el colchón estaba envuelto en plástico para protegerlo del polvo, como si aquél fuera su papel de regalo, si bien inútil para esconder su contenido. Todo era nuevo, el piso y el colchón, y también buena parte de la ropa que albergaba su maleta, así como el peinado, y quizás hasta la vida, tan diferente a como lo había sido un año antes.
Sara siempre pensó que las estancias de un nuevo piso estaban habitadas por el mismo silencio que ocupaba la incógnita de una sorpresa o de un regalo a punto de abrirse. Como el interior de aquellos regalos de su infancia, el escenario de un nuevo hogar todavía no se concreta en nada, aún alberga la sustancia de todo lo que es posible. Sara se interrogó sobre los hombres que ocuparían su dormitorio algún día, o sobre si habría hijos que juguetearían alguna vez en un salón que todavía carecía de muebles.
Todo estaba aún por hacer, todo estaba aún por llenar. La ventaja de que no exista nada todavía es que aún uno puede imaginarlo todo, aunque nada pase de ser eso: meras cábalas.
La casa que compartía con Álvaro un año antes estaba ya demasiado llena, era como si todos los regalos se hubieran abierto en una navidad añeja. De pronto, Sara se descubrió con una vida hecha, alejada de las playas del País de Nunca Jamás de su adolescencia. Mientras sus amigas todavía iban y venían, mientras sus vidas aún se cimentaban en la quimera de lo que podría ser, la de Sara echaba raíces en un contrato fijo en una asesoría fiscal y en torno a la vera de Álvaro.
Lo peor era que ya nadie lograba imaginársela de una manera diferente. Nadie le suponía un destino distinto al que llevaba trazando con sus planes durante años: casa propia, hijos… y a saber qué más. Todo eso le pesaba cada vez más como una losa, la alejaba de las costas del Nunca Jamás, donde ya no habría encarnizadas luchas con piratas ni ningún príncipe azul diferente de Álvaro la rescataría del capitán Garfio.
Como Wendy, quizás se encontraba bajo el umbral que le cerraría las puertas a la infancia. Cada vez se alejaba más de la figura de las protagonistas de los filmes románticos del cine, de las telenovelas y de aquellas novelas de Jane Austen que tanto le gustaban. Ninguna de aquellas historias estaban protagonizadas por parejas estables y madres de mediana edad, éstas carecían del dramatismo y el conflicto que convertía a aquellas mujeres en heroínas.
Aún más terrible era descubrir que todavía a su edad había gente que utilizaba a Campanilla para viajar al País de Nunca Jamás. Jaime, Ana y unos cuantos compañeros de trabajo todavía salían de marcha cada fin de semana y volvían el lunes contando cómo habían cortejado a la princesa india o luchado contra los hombres de Garfio en una discoteca del puerto.
Las ecuaciones que tenían todos ellos todavía estaban repletas de incógnitas; la de Sara, en cambio, siempre se despejaba a la vera de Álvaro y de la consecución de su madurez.
Intentó durante unos meses tenerlo todo, la estabilidad de Álvaro y las correrías en el País de Nunca Jamás. Para esto último, hizo un trato secreto con Jaime, que la guiaría hacia la estrella adecuada. No obstante, resultaba difícil salir cada noche de su dormitorio de Londres para dormir en el árbol de los niños perdidos en Nunca Jamás. Álvaro, más tarde que pronto – tantos años de confianza proporcionan algún crédito – se dio cuenta, y entonces sí que tuvo que elegir; no se puede habitar Londres y Nunca Jamás simultáneamente, nadie puede pisar dos países al mismo tiempo. Álvaro la anclaba a una vida sin sobresaltos ni regalos por abrir. Junto a él no podría imaginarse junto a Jaime ni oteando el horizonte sin límites de una vida sin responsabilidades, dónde todo aún podía ser imaginado. Lejos de él, en cambio, podría interpretar el papel principal de una novela de Jane Austen. Tenía que marcharse, debía volar.
En el fondo, le encantó irse de casa, sentir levitar su cuerpo siguiendo la estela que dibujaba la vida a la que la arrastraban Jaime y la pandilla de niños perdidos, era como volver a ser una chiquilla. Se sintió de nuevo el centro de atención, con todo el mundo preocupada por ella y por la tragedia de un matrimonio que nadie imaginó nunca frustrado. Resultaba placentero que todo estuviera de nuevo envuelto en papel de regalo.
Habían pasado varios meses desde entonces, el tiempo necesario para volver a reorganizar su mundo. Había abierto regalos y más regalos desde entonces, nuevos amigos y nuevos amantes, nuevos pisos de alquiler y una nueva rutina que nada tenía que ver con la anterior. Habitaba un país diferente en la misma ciudad, como si hubiera seguido la ruta de estrellas que la llevaba hasta el país de Peter Pan.
Ahora volvía a tener casa nueva y, no obstante, aquello le sabía a regalo añejo, a objeto de segunda mano. Era otra vez una hipoteca y elegir muebles, llenarse de facturas y de enterrarse en documentos.
Recorriendo las habitaciones vacías, Sara se sintió profundamente cansada, recordando la vivienda que compartió antes con Álvaro y que también estuvo diáfana como aquélla. ¿Sería otra vez igual? ¿Se repetiría la historia? Aquél era un temor al que prefería no enfrentarse. Volvía a sentirse anclada, angustiada por un sueldo que ahora que volvía a tener hipoteca le concedía menos treguas en el Pais de Nunca Jamás. Otra vez tenía que volver a responsabilizarse de sí misma, debía llegar a final de mes y concretar qué iba a ser de su vida. No existen los mundos carentes de problemas ni se podía regresar indefectiblemente a la adolescencia.
Sara luchó por expulsar aquellos pensamientos de su mente mientras deshacía su maleta. No obstante, cabía la posibilidad de que hasta en el País de Nunca Jamás la alcanzara la rutina. Ahora tenía hábitos diferentes, pero no dejaban de constituirse también en el ritmo de una monotonía. Salía todos los fines de semana y deambulaba con clones de Peter, que como ella se negaban a cruzar el umbral de la niñez. Nunca se comprometían ni excedían las fronteras de Nunca Jamás porque temían vivir en Londres o en el mundo de los adultos; les aterrorizaban los trabajos estables y las parejas estables, y acabar siendo como sus padres.
Otra vez sentía que nadie era capaz de imaginar nada diferente para ella. Su familia la daba por imposible para mantener una relación estable después de lo que ocurrió con Álvaro. La veían como un ser destinado a la insatisfacción, o quizás así era como se veía ella. Al fin y al cabo, las protagonistas de sus historias favoritas nunca eran realmente felices hasta poco antes del final, cuando ya se dejaba de narrar su historia. El mundo de Nunca Jamás estaba habitado por seres idénticos a ella, jamás escapaban de su adolescencia eterna, de modo que ni ellos mismo podían imaginarse su vida de manera diferente. Nadie quería regresar a Londres. ¿Qué le garantizaría no naufragar en la misma insatisfacción con un hombre nuevo o una nueva vida? Al fin y al cabo, Álvaro también fue un regalo recién abierto.
En el fondo, ¿había tanta diferencia? Realmente a ratos sentía que todo era idéntico, que si antes estuvo atrapada en Londres ahora lo estaba en Nunca Jamás, donde a diario jugaba con los indios, volaba en pistas de baile y vivía encadenada con papel de regalo a su nueva monotonía.
No soportó la presión de hallarse sola en aquel piso. Se abalanzó hasta su teléfono móvil y llamó a Alex. Jaime, como Peter Pan, había cogido vuelo unos meses antes hacia otra Wendy.
- Oye, Alex, vamos a algún sitio, por favor, que no me apetece estar en casa – le dijo.
Tenía que salir, dejar de pensar en aquello, adentrarse de nuevo en el país de Nunca Jamás, seguir la tercera estrella hasta aquella tierra prometida donde no existían los asfixiantes edificios de Londres. Quizás, si lograba alargar lo suficiente su estancia allí, acabaría por olvidarse de su otra vida, como los niños perdidos, como quizás lo habían logrado ya Jaime y Alex, que jamás se acordaban de Inglaterra, que ya nunca añoraban una vida diferente porque no eran capaces de imaginarse una alternativa distinta al mundo de Peter Pan.
Con el transcurso del tiempo, no obstante, la novedad dejaba de serlo; los estrenos caducan inexorablemente. Eso forma parte de su naturaleza. Entonces, en la vida de Sara, sólo quedaba un juguete, un libro o una prenda más de ropa, todos ellos despojados de ilusiones, abriendo de nuevo un vacío en su interior que le incomodaba los días, una insatisfacción creciente que anhelaba llenarse de nuevo con estrenos o quizás sólo con papel de regalo.
Sara descargó una gruesa maleta sobre una cama virgen, que nunca había ocupado nadie. Todavía el colchón estaba envuelto en plástico para protegerlo del polvo, como si aquél fuera su papel de regalo, si bien inútil para esconder su contenido. Todo era nuevo, el piso y el colchón, y también buena parte de la ropa que albergaba su maleta, así como el peinado, y quizás hasta la vida, tan diferente a como lo había sido un año antes.
Sara siempre pensó que las estancias de un nuevo piso estaban habitadas por el mismo silencio que ocupaba la incógnita de una sorpresa o de un regalo a punto de abrirse. Como el interior de aquellos regalos de su infancia, el escenario de un nuevo hogar todavía no se concreta en nada, aún alberga la sustancia de todo lo que es posible. Sara se interrogó sobre los hombres que ocuparían su dormitorio algún día, o sobre si habría hijos que juguetearían alguna vez en un salón que todavía carecía de muebles.
Todo estaba aún por hacer, todo estaba aún por llenar. La ventaja de que no exista nada todavía es que aún uno puede imaginarlo todo, aunque nada pase de ser eso: meras cábalas.
La casa que compartía con Álvaro un año antes estaba ya demasiado llena, era como si todos los regalos se hubieran abierto en una navidad añeja. De pronto, Sara se descubrió con una vida hecha, alejada de las playas del País de Nunca Jamás de su adolescencia. Mientras sus amigas todavía iban y venían, mientras sus vidas aún se cimentaban en la quimera de lo que podría ser, la de Sara echaba raíces en un contrato fijo en una asesoría fiscal y en torno a la vera de Álvaro.
Lo peor era que ya nadie lograba imaginársela de una manera diferente. Nadie le suponía un destino distinto al que llevaba trazando con sus planes durante años: casa propia, hijos… y a saber qué más. Todo eso le pesaba cada vez más como una losa, la alejaba de las costas del Nunca Jamás, donde ya no habría encarnizadas luchas con piratas ni ningún príncipe azul diferente de Álvaro la rescataría del capitán Garfio.
Como Wendy, quizás se encontraba bajo el umbral que le cerraría las puertas a la infancia. Cada vez se alejaba más de la figura de las protagonistas de los filmes románticos del cine, de las telenovelas y de aquellas novelas de Jane Austen que tanto le gustaban. Ninguna de aquellas historias estaban protagonizadas por parejas estables y madres de mediana edad, éstas carecían del dramatismo y el conflicto que convertía a aquellas mujeres en heroínas.
Aún más terrible era descubrir que todavía a su edad había gente que utilizaba a Campanilla para viajar al País de Nunca Jamás. Jaime, Ana y unos cuantos compañeros de trabajo todavía salían de marcha cada fin de semana y volvían el lunes contando cómo habían cortejado a la princesa india o luchado contra los hombres de Garfio en una discoteca del puerto.
Las ecuaciones que tenían todos ellos todavía estaban repletas de incógnitas; la de Sara, en cambio, siempre se despejaba a la vera de Álvaro y de la consecución de su madurez.
Intentó durante unos meses tenerlo todo, la estabilidad de Álvaro y las correrías en el País de Nunca Jamás. Para esto último, hizo un trato secreto con Jaime, que la guiaría hacia la estrella adecuada. No obstante, resultaba difícil salir cada noche de su dormitorio de Londres para dormir en el árbol de los niños perdidos en Nunca Jamás. Álvaro, más tarde que pronto – tantos años de confianza proporcionan algún crédito – se dio cuenta, y entonces sí que tuvo que elegir; no se puede habitar Londres y Nunca Jamás simultáneamente, nadie puede pisar dos países al mismo tiempo. Álvaro la anclaba a una vida sin sobresaltos ni regalos por abrir. Junto a él no podría imaginarse junto a Jaime ni oteando el horizonte sin límites de una vida sin responsabilidades, dónde todo aún podía ser imaginado. Lejos de él, en cambio, podría interpretar el papel principal de una novela de Jane Austen. Tenía que marcharse, debía volar.
En el fondo, le encantó irse de casa, sentir levitar su cuerpo siguiendo la estela que dibujaba la vida a la que la arrastraban Jaime y la pandilla de niños perdidos, era como volver a ser una chiquilla. Se sintió de nuevo el centro de atención, con todo el mundo preocupada por ella y por la tragedia de un matrimonio que nadie imaginó nunca frustrado. Resultaba placentero que todo estuviera de nuevo envuelto en papel de regalo.
Habían pasado varios meses desde entonces, el tiempo necesario para volver a reorganizar su mundo. Había abierto regalos y más regalos desde entonces, nuevos amigos y nuevos amantes, nuevos pisos de alquiler y una nueva rutina que nada tenía que ver con la anterior. Habitaba un país diferente en la misma ciudad, como si hubiera seguido la ruta de estrellas que la llevaba hasta el país de Peter Pan.
Ahora volvía a tener casa nueva y, no obstante, aquello le sabía a regalo añejo, a objeto de segunda mano. Era otra vez una hipoteca y elegir muebles, llenarse de facturas y de enterrarse en documentos.
Recorriendo las habitaciones vacías, Sara se sintió profundamente cansada, recordando la vivienda que compartió antes con Álvaro y que también estuvo diáfana como aquélla. ¿Sería otra vez igual? ¿Se repetiría la historia? Aquél era un temor al que prefería no enfrentarse. Volvía a sentirse anclada, angustiada por un sueldo que ahora que volvía a tener hipoteca le concedía menos treguas en el Pais de Nunca Jamás. Otra vez tenía que volver a responsabilizarse de sí misma, debía llegar a final de mes y concretar qué iba a ser de su vida. No existen los mundos carentes de problemas ni se podía regresar indefectiblemente a la adolescencia.
Sara luchó por expulsar aquellos pensamientos de su mente mientras deshacía su maleta. No obstante, cabía la posibilidad de que hasta en el País de Nunca Jamás la alcanzara la rutina. Ahora tenía hábitos diferentes, pero no dejaban de constituirse también en el ritmo de una monotonía. Salía todos los fines de semana y deambulaba con clones de Peter, que como ella se negaban a cruzar el umbral de la niñez. Nunca se comprometían ni excedían las fronteras de Nunca Jamás porque temían vivir en Londres o en el mundo de los adultos; les aterrorizaban los trabajos estables y las parejas estables, y acabar siendo como sus padres.
Otra vez sentía que nadie era capaz de imaginar nada diferente para ella. Su familia la daba por imposible para mantener una relación estable después de lo que ocurrió con Álvaro. La veían como un ser destinado a la insatisfacción, o quizás así era como se veía ella. Al fin y al cabo, las protagonistas de sus historias favoritas nunca eran realmente felices hasta poco antes del final, cuando ya se dejaba de narrar su historia. El mundo de Nunca Jamás estaba habitado por seres idénticos a ella, jamás escapaban de su adolescencia eterna, de modo que ni ellos mismo podían imaginarse su vida de manera diferente. Nadie quería regresar a Londres. ¿Qué le garantizaría no naufragar en la misma insatisfacción con un hombre nuevo o una nueva vida? Al fin y al cabo, Álvaro también fue un regalo recién abierto.
En el fondo, ¿había tanta diferencia? Realmente a ratos sentía que todo era idéntico, que si antes estuvo atrapada en Londres ahora lo estaba en Nunca Jamás, donde a diario jugaba con los indios, volaba en pistas de baile y vivía encadenada con papel de regalo a su nueva monotonía.
No soportó la presión de hallarse sola en aquel piso. Se abalanzó hasta su teléfono móvil y llamó a Alex. Jaime, como Peter Pan, había cogido vuelo unos meses antes hacia otra Wendy.
- Oye, Alex, vamos a algún sitio, por favor, que no me apetece estar en casa – le dijo.
Tenía que salir, dejar de pensar en aquello, adentrarse de nuevo en el país de Nunca Jamás, seguir la tercera estrella hasta aquella tierra prometida donde no existían los asfixiantes edificios de Londres. Quizás, si lograba alargar lo suficiente su estancia allí, acabaría por olvidarse de su otra vida, como los niños perdidos, como quizás lo habían logrado ya Jaime y Alex, que jamás se acordaban de Inglaterra, que ya nunca añoraban una vida diferente porque no eran capaces de imaginarse una alternativa distinta al mundo de Peter Pan.
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