¿Se han fijado que de unos años a ahora los guardias muertos sufren obesidad? Creo que donde primero lo noté fue en Fuerteventura. Allí, cuando un coche circulaba sobre un badén, más bien parecía que subiera o bajara una duna, haciendo materialmente imposible que uno pudiera conducir relativamente rápido si no quería dejarse la amortiguación y parte de la carrocería por el camino. La causa de la obesidad que sufren estos guardias es evidente: o los elevan de esa manera o la gente ignora los límites de la velocidad.
Pensé que se trataba de una táctica oriunda de Fuerteventura, pero he pasado unos días fuera y allí también tenían cordilleras de badenes. Al final, la Dirección General de Tráfico o las autoridades competentes han llegado a una conclusión semántica: el conductor medio no reconoce otra prohibición que la mera imposibilidad.
Este hecho no se refleja sólo en badenes tipo “picos de 8000”, sino en toda una casuística de hechos que no dejan de proliferar a poco que uno se esfuerce en recordarlos. Por ejemplo, en mi calle el Ayuntamiento ya no sabía cómo señalizar el prohibido aparcar de la esquina; la calzada es estrecha y si uno aparca ahí ya no se puede girar. Pues después de pintar de amarillo en varias ocasiones y de poner un policía a turno perpetuo multando al personal, optaron por poner pivotes de plástico, que es la misma táctica usada en ciertas salidas de la circunvalación para que la gente no se esnife la raya continua.
En la calle de Triana de la ciudad de Las Palmas tenemos otro ejemplo. Hace algo más de un año se destaparon los raíles del viejo tranvía de la ciudad y se cubrieron con un cristal para disfrute de los viandantes. En las semanas siguientes, algunos vehículos pesados de limpieza o transporte rompieron dichos cristales, aún a sabiendas de que estaba prohibido pasar por encima. La patética solución fue rodear el “expositor” con macetas de una tonelada.
El último caso que voy a exponer lo descubrí ayer, y ni siquiera tiene que ver con el tráfico rodado. Me trasladaba por un aeropuerto cuando necesité subir por una escalera mecánica. El acceso a ésta estaba rodeada por unos pivotes metálicos cuya existencia sólo se explica de la siguiente manera: algún animalito del Señor intentó ¡subir por las escaleras con un carro de equipaje! Y lo peor es que para dedicarte a poner pivotes en las escaleras mecánicas es seguro que no sólo fue un tipo desorientado el que intentó la proeza, sino una cantidad considerable de ellos. Lo mismo habrá ocurrido con los pivotes de no aparcar, los macetones de Triana y las líneas continuas de la circunvalación.
Todo ello convoca la misma conclusión: tal como está el patio sólo entendemos la prohibición como una imposibilidad. De algún modo, en el espacio público, vamos renunciado al hecho de que un ciudadano se conciencie de que no debe hacer algo aunque pueda. Temo que, al cabo del tiempo, y a tenor de la suciedad que reina en las calles, acabemos incorporando en todos nuestros deshechos un GPS y algún tipo de motor para que, cuando tiremos un envoltorio, esté pueda localizar el cubo de basura más próximo. Parece que renunciamos a que las cosas puedan ser de otra manera.
Ahora que los docentes andan – como siempre- reclamando una inversión en educación y que los políticos exhiben – como siempre – la radiografía de sus arcas vacías para no concederla, quizás merezca la pena reflexionar sobre si un sistema educativo más eficaz no podría resultarnos bien barato. Si de algún modo invirtiendo dinero y medios en educación (y desde luego no sólo en profesores, sino en padres, trabajadores sociales, etc) consiguiéramos que los futuribles ciudadanos no aparcaran en las esquinas, se saltaran las continuas, destrozaran los expositores, ensuciaran las calles e hicieran el bruto en los aeropuertos, podríamos ahorrarnos un buen dinero en pintura amarilla, badenes, infraestructuras y, no sólo eso, sino también en juicios destinados a agresores domésticos, xenófobos y maleantes en general, y puede que aún algo en prisiones o en horas de campañas publicitarias de la DGT. Puede que, al fin y al cabo, la educación sí nos acabe saliendo barata, sólo que se trata de una inversión de futuro en un sistema que no extiende la mirada más allá de las próximas elecciones.
martes 29 de enero de 2008
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