En cierta ocasión le preguntaba un escritor aficionado a uno profesional y reconocido cuál era la forma de convertirse en escritor. El autor consagrado le explicaba que un escritor se levanta pensando en escribir, desayuna pensando en escribir y además escribe. Eso es fundamental: “un escritor escribe”. Y el tiempo del verbo es esencial en esa afirmación. Se dice “escribe” y no “ha escrito” o “escribió”, ni siquiera se conjuga una perífrasis – “podría escribir” – o se construye una copulativa – “es capaz de escribir” -. De ahí siempre deduje que si un escritor escribe, un profesor enseña, un médico trata o cura, o al menos lo intenta, y así sucesivamente se conjuga la esencia de cualquier profesión a través de ejercerla. En definitiva: sólo se “es” cuando se “hace”, la esencia la constituye la actuación.
Esta máxima de que uno sólo “es” mientras “hace” resulta, si quieren, despiadada, pero al cabo se convierte en algo fundamental si realmente quieres definirte y definir a quienes te rodean. Hay quienes esquivan esta realidad porque resulta más cómodo identificarse en un tiempo diferente del presente; el ámbito de la educación está infectado de ellos, y me imagino que el resto también, es sólo que yo nunca he sido laboralmente otra cosa que no sea profesor.
Existe quien se empeña eternamente en que le siga definiendo su pasado. Te explican una y otra vez que ellos ya “han sido”, que tuvieron una época dorada en tal o cual tarea o cuestión, y pretenden actualmente que aquello les sirva como rédito para que continúe definiéndolos ahora. No se puede invertir en una especie de depósito de la excelencia a plazo fijo, no se puede “haber sido” en algún momento y pretender que el ahorro de esa esencia te siga llenando el presente. Sería como pretender afirmar que un gran jugador de fútbol lo sigue siendo ya longevo, gordo y retirado. Habrá sido, si acaso, pero dejó de serlo, y aunque resulte duro se le considerará en el presente por lo que hace en él, o al menos a efectos de contar con el jugador para un partido, y sólo por el pasado cuando se lo recuerde o se extienda un homenaje a su memoria. Es absurdo pretender que nuestras actuaciones pasadas nos cataloguen para siempre, y no sólo eso sino que tampoco es justo. Es como si un oficial de las SS pretendiera que, en un juicio al que fuera sometido, se tuviera en cuenta que antes fue monaguillo en una parroquia y que eso lo exime o lo disculpa de ya no ser piadoso.
Hay también quien ni siquiera “fue” nunca y pretende que su consideración se fundamente en la posibilidad de lo que “podría ser”. Son las personas “yo podría pero…”, un auténtico cáncer en cualquier situación. Cuando tú andas con el culo a dos manos y agobiado de trabajo, se acercan a tu lado y vienen a contarte – por ejemplo -: “yo podría hacerlo pero no voy a tapar un problema que crea la Consejería”. Que las dos manos las tengo ese momento en el culo y ocupadas, que si no uno iba directita al moflete del tipo encumbrando uno de esos cachetes clásicos que se les daban a los niños repelentes. Es gente que pretende que se les prestigie por aquello que pueden hacer y no hacen. Para ello, explicitan sus capacidades sin que pasen a ser algo tangible, y vetan su realización con cien mil excusas que adjudican a otro la responsabilidad de su falta de compromiso. “Yo podría pero en este momento de mi vida…”, “yo podría pero no merece la pena”, “yo podría pero ando liado en otra cosa prioritaria”… o cualquier otra variante de una fórmula que encorseta la realidad de ser un “puedo y no quiero”.
Entres “los que fueron” y los “puedo y no quiero” se nos va llenando el mundo de gente a la deriva que poco aporta más que ruido, y no sólo eso sino que exigen un reconocimiento y unos privilegios que no se merecen. Acaban hasta por lastrarnos para no ofenderles, no hay nada que incordie tanto a alguien que no trabaja o prospera como alguien que lo haga, porque en el fondo éste le recuerda que su condición de náufrago es una opción y no un hecho inevitable. Ahora bien, como se trata de una opción, debe considerárselos por la naturaleza de las decisiones que toman, y no de las que tomaron – los que fueron – o de las que podrían tomar – los puedo y no quiero -, porque lo cierto es que si algo nos define son nuestras actuaciones y de éstas sólo podemos dar cuenta en nuestro presente, que es el tiempo en que elegimos. Y no hay excusa que valga, porque por suerte hay gente por ahí que “es” siempre pese a todo, pese al lastre de miles de condicionantes que podrían frustrarlos y pese a llevar mucho tiempo en la brecha.
Cuando me siento ya ahíto de escribir o de enseñar, cuando se me acumula la frustración de las editoriales que rechazan los manuscritos o de centros que son una maldición, cuando creo que puedo decir que ya cumplí, que ya hice lo suficiente para vivir del rédito durante al menos un tiempo, me paro un segundo y siempre digo lo mismo: un escritor escribe, un docente enseña, pese a todo, sin excusas ni justificaciones.
Esta máxima de que uno sólo “es” mientras “hace” resulta, si quieren, despiadada, pero al cabo se convierte en algo fundamental si realmente quieres definirte y definir a quienes te rodean. Hay quienes esquivan esta realidad porque resulta más cómodo identificarse en un tiempo diferente del presente; el ámbito de la educación está infectado de ellos, y me imagino que el resto también, es sólo que yo nunca he sido laboralmente otra cosa que no sea profesor.
Existe quien se empeña eternamente en que le siga definiendo su pasado. Te explican una y otra vez que ellos ya “han sido”, que tuvieron una época dorada en tal o cual tarea o cuestión, y pretenden actualmente que aquello les sirva como rédito para que continúe definiéndolos ahora. No se puede invertir en una especie de depósito de la excelencia a plazo fijo, no se puede “haber sido” en algún momento y pretender que el ahorro de esa esencia te siga llenando el presente. Sería como pretender afirmar que un gran jugador de fútbol lo sigue siendo ya longevo, gordo y retirado. Habrá sido, si acaso, pero dejó de serlo, y aunque resulte duro se le considerará en el presente por lo que hace en él, o al menos a efectos de contar con el jugador para un partido, y sólo por el pasado cuando se lo recuerde o se extienda un homenaje a su memoria. Es absurdo pretender que nuestras actuaciones pasadas nos cataloguen para siempre, y no sólo eso sino que tampoco es justo. Es como si un oficial de las SS pretendiera que, en un juicio al que fuera sometido, se tuviera en cuenta que antes fue monaguillo en una parroquia y que eso lo exime o lo disculpa de ya no ser piadoso.
Hay también quien ni siquiera “fue” nunca y pretende que su consideración se fundamente en la posibilidad de lo que “podría ser”. Son las personas “yo podría pero…”, un auténtico cáncer en cualquier situación. Cuando tú andas con el culo a dos manos y agobiado de trabajo, se acercan a tu lado y vienen a contarte – por ejemplo -: “yo podría hacerlo pero no voy a tapar un problema que crea la Consejería”. Que las dos manos las tengo ese momento en el culo y ocupadas, que si no uno iba directita al moflete del tipo encumbrando uno de esos cachetes clásicos que se les daban a los niños repelentes. Es gente que pretende que se les prestigie por aquello que pueden hacer y no hacen. Para ello, explicitan sus capacidades sin que pasen a ser algo tangible, y vetan su realización con cien mil excusas que adjudican a otro la responsabilidad de su falta de compromiso. “Yo podría pero en este momento de mi vida…”, “yo podría pero no merece la pena”, “yo podría pero ando liado en otra cosa prioritaria”… o cualquier otra variante de una fórmula que encorseta la realidad de ser un “puedo y no quiero”.
Entres “los que fueron” y los “puedo y no quiero” se nos va llenando el mundo de gente a la deriva que poco aporta más que ruido, y no sólo eso sino que exigen un reconocimiento y unos privilegios que no se merecen. Acaban hasta por lastrarnos para no ofenderles, no hay nada que incordie tanto a alguien que no trabaja o prospera como alguien que lo haga, porque en el fondo éste le recuerda que su condición de náufrago es una opción y no un hecho inevitable. Ahora bien, como se trata de una opción, debe considerárselos por la naturaleza de las decisiones que toman, y no de las que tomaron – los que fueron – o de las que podrían tomar – los puedo y no quiero -, porque lo cierto es que si algo nos define son nuestras actuaciones y de éstas sólo podemos dar cuenta en nuestro presente, que es el tiempo en que elegimos. Y no hay excusa que valga, porque por suerte hay gente por ahí que “es” siempre pese a todo, pese al lastre de miles de condicionantes que podrían frustrarlos y pese a llevar mucho tiempo en la brecha.
Cuando me siento ya ahíto de escribir o de enseñar, cuando se me acumula la frustración de las editoriales que rechazan los manuscritos o de centros que son una maldición, cuando creo que puedo decir que ya cumplí, que ya hice lo suficiente para vivir del rédito durante al menos un tiempo, me paro un segundo y siempre digo lo mismo: un escritor escribe, un docente enseña, pese a todo, sin excusas ni justificaciones.
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