Pude haber estudiado un año en la universidad de Turín si mis padres no hubieran carecido de medios económicos para ayudarme en ese empeño; a punto estuve de trabajar un curso en Chile de haber obtenido una beca que en último término no se convocó; o me habría marchado a trabajar a Tenerife cuando saqué las oposiciones si quien era mi pareja en ese momento no hubiera sido tan indefectiblemente dependiente de sus padres. Y no sólo eso, mi vida también pudo ser diferente si hubiera aceptado formar parte del equipo permanente de una ONG en Madrid, según acabé la carrera, o si me hubiera elegido quizás otra mujer antes que la primera, o tal vez si no hubiera hecho o sí determinadas cosas, o si hubiera ganado algún concurso literario al que no me presenté. Pude haber sido más afortunado de ser mi historia, en realidad, una historia diferente que no sería la mía. Tal vez, no me habrían engañado si yo hubiera engañado antes, o habría sido más próspero en mi empleo si me hubiera aliado con otros, si hubiera concedido cuando no lo hice, o si simplemente hubiera pronunciado palabras diferentes a las que pronuncié en un momento dado.
Esos son sólo algunos capítulos de mi fábula personal, de los cuentos de mi vida que nunca fueron reales, que pertenecen sólo al artificio de la imaginación, de lo que pudo ser y no fue. Cada cual alberga los suyos: oportunidades que dejó pasar o que se frustraron en último término, decisiones que tomó cuando pudo optar por otras y un rosario de casualidades o causalidades que hacen que nuestra vida sea como es y no de otro modo. Y puede que algunas de ellas ni siquiera fueran el propósito de nuestra voluntad, sino de la de otros que estuvieron tan ligados a nosotros como para que el rumbo de sus vidas creara marejada en la nuestra. Hay quien pudo cohabitar con una estrella de cine cuando aún no lo era, quien dejó pasar la oportunidad de participar en un negocio que quizás luego fue afortunado, o quien abandonó en el puerto del olvido a una pareja que tal vez le parezca ahora más afortunada que la actual.
Todos nos sentimos en algún momento seducidos por alternativas que no existieron y aún por otras que probablemente no existan. Los hay que rumian la posibilidad de una vida diferente a la que tienen si se atreven a dejarlo todo y a comenzar de nuevo, a mudarse a otra ciudad y buscar fortuna en otro trabajo, y existe a quien lo seduce la posibilidad de una mudanza a otra cama o quien se envuelve en polvo de hadas para partir en volandas detrás de Peter Pan al país de Nunca Jamás, donde aspirará a ser de nuevo un adolescente despreocupado. Aquello que pudo ser y no es, aquello que podría ser pero se antoja imposible de no tomar decisiones radicales, es en realidad un canto de sirenas que a todos nos seduce. No obstante, lo que es y lo que podría ser no obedecen a la misma naturaleza ni tienen la misma sustancia. Aquello que se supone, se predice o se vaticina es competencia del “ficcionario” de nuestra imaginación, y por lo tanto se hila más con las palabras que narran cuentos de hadas y frabrican nuestras ilusiones que con aquellas otras que fijan la realidad. Aquello que es, en cambio, excede las fronteras de nuestras voluntad y de nuestra imaginación, depende de unos hechos que nos exceden. Por ello, no pueden pesar unas cosas y las otras lo mismo en una balanza a la hora de decidir sobre ellas, porque simplemente no son comparables.
Existen personas, sin embargo, que viven a horcajadas de esos cantos de sirenas, imaginando que su realidad puede ser radicalmente distinta si el universo se confabula para hacer realidad lo imaginado (perdón a Cohello); lo cierto es que el universo tiene ocupaciones más importantes que funcionar de lámpara de Aladino. Es lo que tienen los cantos de sirena, seducen con el erotismo de una felicidad plena que es en realidad una felicidad imaginada; nada es perfecto ni nada carece de inconvenientes. Algo que se imagina de ese modo por lógica se exilia de la realidad.
La línea que traza las fronteras que existen entre los proyectos y las quimeras, entre lo plausible y lo irrealizable son finas, y cruzarlas termina por significar un naufragio en la frustración. Un sueño o un anhelo es una arenga válida para tramar un proyecto, mas este último jamás puede estar desligado de la realidad. Las quimeras se trazan con hilos de luz que nada fijan en el mundo real. Ni el deseo ni la necesidad son motores per se para obrar cambio alguno. Convocar lo posible exige esfuerzo, cordura y la conciencia de que nada real es enteramente perfecto. Sólo de ese modo la frustración se hace comprensible y se dulcifica.
En cambio, nada rentable se gesta cuando uno vive apresado por los cantos de sirena de lo que pudo ser y no fue, o de lo que podrá ser cuando en realidad resulta impensable que lo existente dé a luz esa posibilidad. Los cantos de sirenas de los sueños tan ideales como disparatados pueden acabar por tenerte preso, bien de la autocompasión – si las posibilidades ya pasaron y se perdieron – o del porvenir – si aún se imaginan pero no se concretan -. La vida de uno puede quedarse varada en la dársena de un anhelo imposible si uno no se atreve a soltar amarras de sus caprichos para internarse en un mundo de posibilidades que jamás resultan ideales. Y no es extraño que esto ocurra así, porque concebimos a menudo tan reales esos anhelos como las circunstancias veraces de nuestra vida. No podemos caer en esa trampa, todo aquello que se imagina puede ser necesariamente perfecto, es el don de las ficciones, más nada lo es cuando realmente se concreta. Ahora bien, ni siquiera son comparables los deseos con los hechos. Los segundos se encarnan en la sustancia de lo real, que es algo que nos excede y nos llena más que nosotros mismos; los primeros nos enclaustran en nuestros adentros, nos asfixian en nuestros caprichos y nos inmovilizan, manteniéndonos imperturbables en una pataleta infantil de querer lo que no es posible mientras nuestra vida se deshace entre los dedos del tiempo.
Esos son sólo algunos capítulos de mi fábula personal, de los cuentos de mi vida que nunca fueron reales, que pertenecen sólo al artificio de la imaginación, de lo que pudo ser y no fue. Cada cual alberga los suyos: oportunidades que dejó pasar o que se frustraron en último término, decisiones que tomó cuando pudo optar por otras y un rosario de casualidades o causalidades que hacen que nuestra vida sea como es y no de otro modo. Y puede que algunas de ellas ni siquiera fueran el propósito de nuestra voluntad, sino de la de otros que estuvieron tan ligados a nosotros como para que el rumbo de sus vidas creara marejada en la nuestra. Hay quien pudo cohabitar con una estrella de cine cuando aún no lo era, quien dejó pasar la oportunidad de participar en un negocio que quizás luego fue afortunado, o quien abandonó en el puerto del olvido a una pareja que tal vez le parezca ahora más afortunada que la actual.
Todos nos sentimos en algún momento seducidos por alternativas que no existieron y aún por otras que probablemente no existan. Los hay que rumian la posibilidad de una vida diferente a la que tienen si se atreven a dejarlo todo y a comenzar de nuevo, a mudarse a otra ciudad y buscar fortuna en otro trabajo, y existe a quien lo seduce la posibilidad de una mudanza a otra cama o quien se envuelve en polvo de hadas para partir en volandas detrás de Peter Pan al país de Nunca Jamás, donde aspirará a ser de nuevo un adolescente despreocupado. Aquello que pudo ser y no es, aquello que podría ser pero se antoja imposible de no tomar decisiones radicales, es en realidad un canto de sirenas que a todos nos seduce. No obstante, lo que es y lo que podría ser no obedecen a la misma naturaleza ni tienen la misma sustancia. Aquello que se supone, se predice o se vaticina es competencia del “ficcionario” de nuestra imaginación, y por lo tanto se hila más con las palabras que narran cuentos de hadas y frabrican nuestras ilusiones que con aquellas otras que fijan la realidad. Aquello que es, en cambio, excede las fronteras de nuestras voluntad y de nuestra imaginación, depende de unos hechos que nos exceden. Por ello, no pueden pesar unas cosas y las otras lo mismo en una balanza a la hora de decidir sobre ellas, porque simplemente no son comparables.
Existen personas, sin embargo, que viven a horcajadas de esos cantos de sirenas, imaginando que su realidad puede ser radicalmente distinta si el universo se confabula para hacer realidad lo imaginado (perdón a Cohello); lo cierto es que el universo tiene ocupaciones más importantes que funcionar de lámpara de Aladino. Es lo que tienen los cantos de sirena, seducen con el erotismo de una felicidad plena que es en realidad una felicidad imaginada; nada es perfecto ni nada carece de inconvenientes. Algo que se imagina de ese modo por lógica se exilia de la realidad.
La línea que traza las fronteras que existen entre los proyectos y las quimeras, entre lo plausible y lo irrealizable son finas, y cruzarlas termina por significar un naufragio en la frustración. Un sueño o un anhelo es una arenga válida para tramar un proyecto, mas este último jamás puede estar desligado de la realidad. Las quimeras se trazan con hilos de luz que nada fijan en el mundo real. Ni el deseo ni la necesidad son motores per se para obrar cambio alguno. Convocar lo posible exige esfuerzo, cordura y la conciencia de que nada real es enteramente perfecto. Sólo de ese modo la frustración se hace comprensible y se dulcifica.
En cambio, nada rentable se gesta cuando uno vive apresado por los cantos de sirena de lo que pudo ser y no fue, o de lo que podrá ser cuando en realidad resulta impensable que lo existente dé a luz esa posibilidad. Los cantos de sirenas de los sueños tan ideales como disparatados pueden acabar por tenerte preso, bien de la autocompasión – si las posibilidades ya pasaron y se perdieron – o del porvenir – si aún se imaginan pero no se concretan -. La vida de uno puede quedarse varada en la dársena de un anhelo imposible si uno no se atreve a soltar amarras de sus caprichos para internarse en un mundo de posibilidades que jamás resultan ideales. Y no es extraño que esto ocurra así, porque concebimos a menudo tan reales esos anhelos como las circunstancias veraces de nuestra vida. No podemos caer en esa trampa, todo aquello que se imagina puede ser necesariamente perfecto, es el don de las ficciones, más nada lo es cuando realmente se concreta. Ahora bien, ni siquiera son comparables los deseos con los hechos. Los segundos se encarnan en la sustancia de lo real, que es algo que nos excede y nos llena más que nosotros mismos; los primeros nos enclaustran en nuestros adentros, nos asfixian en nuestros caprichos y nos inmovilizan, manteniéndonos imperturbables en una pataleta infantil de querer lo que no es posible mientras nuestra vida se deshace entre los dedos del tiempo.
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