Estos días me dispongo a corregir una vez más una novela juvenil ya añeja, a fin de restarle fallos aquí y allá para hacerla más legible. El tema de esta obra es la amistad, y a poco que me he puesto a pensar en ello no se me han ocurrido demasiadas novelas que tengan este asunto como eje central de su argumento. Resulta, cuando menos, extraño, pero no debo andar desencaminado cuando esa idea me la reforzado un post de la bitácora de mi agente literaria que venía a concluir en lo mismo.
No digo que la amistad no sea frecuente en la literatura, de hecho lo es, pero no acostumbra a ser el tema central de las historias. Haciendo memoria he intentando rescatar algunos argumentos que la tengan como eje. Los resultados que arrojan mis disquisiciones son esencialmente: Los tres mosqueteros, Tomates verdes fritos, Robinson Crusoe y Las aventuras de Tom Sawyer. Lo normal es que a la temática de la amistad se la coma a mordiscos la del amor en el imaginario general de nuestras ficciones. Cuando la historia puede acabar en cama o en amor eterno, los amigos quedan reducidos como en el cuento de la cenicienta a “ratoncitos” y “palomas”. Están por ahí, hacen lo que les toca, pero son bastante secundarios; qué coño, son ratones y palomas.
De las obras que arriba cito, la que más y la que menos se las arregla para deshacerse del tema amoroso a fin de poder centrarse en la amistad. Si he incluido ahí a Los tres mosqueteros es sobre todo para discutirlos. Más que amistad creo que lo que tratan es el tema de la camaradería en un contexto bélico, y sobre eso hay todo un género. El lema de “uno para todos y todos para uno” era, si no recuerdo mal, el de todo el cuerpo de los mosqueteros, y estaba más relacionado con el concepto del honor y de la fidelidad que con la amistad. De hecho, a poco que uno supere aquella serie de Dartacán de nuestra niñez y lea directamente a Dumas, se encontrará más que con nobles caninos con una panda de borrachos y mujeriegos que van dando botes de desastres en “acaboses” sin demasiado tino. No diría yo que eso sea amistad sino más bien alguna psicopatía compartida o puro alcoholismo - perdón al maestro Dumas por la crítica -. En ese mundo tan brutalmente masculino como el de los mosqueteros, la mujer tiende a salir mal parada y desestimada, con lo que poca chicha hay para centrarse en historias de amor, aunque algún intento hizo Dumas.
Menos oportunidades tendría aún el pobre y gafe Robinson Crusoe, al que le perseguía la desgracia desde el principio de la obra. Tanta como la de que el nativo que se encontró en la isla desierta fuera hombre y a él no le gustara el pescado. De otro modo, les aseguró que habríamos pasado de Robinson Crusoe a una suerte de Pocahontas o de Lago Azul - o sea, ¿qué si no iban a hacer en una isla desierta? -.
En cuanto a Tomates verdes fritos se inscribe dentro de todo un subgénero narrativo que se podría denominar “hartitas de tanto macho de Neanderthal”. Lo primero que hacen los autores - quizás debería decir autoras -para poder desarrollar el asunto de la amistad femenina es deshacerse de los hombres en la trama por patéticos y rebajarlos a mero chiste - que visto lo visto con los tres mosqueteros merecido lo tenemos -.
Por último, el caso de Tom Sawyer es bastante frecuente en la literatura juvenil. Como los chicos andan todavía en las “precuelas” del onanismo, aún ni ganas tienen de centrarse en los romances.
Lo que parece evidenciar tanto ejemplo es que cuando una novela trata como tema central la amistad lo hace siempre excluyendo o marginando el amoroso, y no solo eso, sino que también tienden a evitar la diferencia de sexo en dichas relaciones. De hecho, en todos estos casos la amistad se establece entre individuos del mismo género. Piensen también, si quieren, en Sherlock Holmes y el doctor Watson. ¿Qué habría pasado si el último fuera doctora? Elemental, querido Watson: Sherlock habría fumado en su pipa en un clásico de las escenas “poscoitales”.
Un ejemplo curioso de esto que digo fue la obra It de Sthepen King, que se centra en el tema de la amistad infantil - eso sí, con monstruos y extraterrestres de por medio-. Llegada la adolescencia de ese grupo de amigos donde solo había una niña, la cosa de la atracción se solventa de manera muy democrática. Terminan manteniendo relaciones consentidas con ella, por turno, uno detrás de otro; para que luego hablen de primeras veces. ¿A que da miedo Sthepen King teniendo en cuenta que la niña no tendría más de doce o trece años? Ya saben por qué lo llaman el maestro del terror. Mis disculpas también a él, que tan bien me lo ha hecho pasar -episodio de It incluido en mi época ya onanista-.
En toda esta casuística parece haber un poso común de prejuicios que probablemente formen parte de la idiosincrasia de nuestra sociedad a tenor de la forma clara en la que se manifiesta en nuestras ficciones. En nuestro imaginario colectivo se sublima tanto el sentimiento amoroso que para poder tratar primordialmente de la amistad hay que buscar la fórmula de deshacerse del primero.
Resulta difícil imaginar que una relación de amistad heterosexual pueda quedarse solo en eso. Pronto entran en juego las sospechas de las tentaciones y los deseos. Y sobre todo esto parece que exista una normativa oculta, o una especie de gradación del peligro que corre uno de enamorarse de sus amigos o amigas a tenor de cómo actúan nuestros prejuicios. Esto es, y a ver si coinciden conmigo en cuanto a prejuicios sociales se refiere, que uno se encuentra relativamente a salvo del deseo si la amiga en cuestión lo aventaja en más de una década de madurez - excepciones hay, no lo niego -, pero se encuentra en una situación más comprometida si es él quien le sobrepasa a ella en unos cuantos lustros. ¿A que se notan los posos machistas de nuestra sociedad? Y lo mismo que ocurre con la edad pasa con el atractivo. Quizás, donde lo haya visto ilustrar con más suerte es en la serie de House, donde el consabido doctor grada los atractivos en una escala de uno y al diez, y postula que nadie estará jamás con alguien que le lleve más de dos puntos de diferencia, a no ser que haya dinero de por medio.
Así las cosas, si usted es pretendidamente horrendo o la ancianita de Titanic tiene licencia para hacer amigos del otro género dónde y cómo quiera, sin que haya lugar a confusiones y rumores. No obstante, como esos casos son más bien radicales, esto nos acaba metiendo al común de los humanos en una posición compleja a la hora de establecer estrechas relaciones de amistad con personas del otro género - quitando la salvedad de que las arrastres desde la infancia, cuando tú y tus amigotes perseguían al payaso de It y hacían cola para acostarse con la colega de turno; ¡Dios, yo querría haber crecido en una novela de Sthephen King! -.
Parece que en la vida real ocurre lo mismo que en el grueso de nuestras ficciones. A poco que uno coincida en amistad con alguien de similar atractivo, según la escala del doctor House, y de una edad donde el romance sea posible, se tiende a montar un romance sin mucho acierto. Y si no lo montas tú, ya se encargan quienes te rodean de interpretar aquí y suponer allá para armar el idilio. En el fondo todos tenemos vocación de escritores, solo que la mayoría resultan nefastos en ese aspecto. Así que ya sea porque te pueden a ti las tendencias de esos prejuicios o les pueden a los otros, entablar esas amistades se convierte en toda una odisea. De repente me lo estoy inventando, pero hagan ustedes la prueba si ya no andan en edad de pulular por el río Mississippi con Tom Sayer: ¿Cuántos amigos o amigas tienen del otro género, de edades y atractivos similares a los suyos? ¿Con cuántos de ellos mantienen una relación estrecha y frecuente que no haya dado lugar a dudas o malinterpretaciones por parte de ustedes mismos o de quienes los rodean? - excluyan de la estadísticas las parejas de amigos, que esas son inocuas para el caso-.
Si la respuesta a esas preguntas coincide con las mías, uno se enfrenta al hecho de que no es sencillo entablar amistades de ese tipo, y si no lo es se debe probablemente al peligro del que antes hablábamos: nos ponemos a montar un idilio o lo montan por nosotros a poco que tengamos oportunidad. Muchas de las rupturas que he conocido tienen que ver justamente con amistades que se malentendieron o se malinterpretaron. Estamos tan acostumbrados a que todas las historias sean de amor que nos cuesta concebir otras diferentes, a no ser que andes borracho entre mosqueteros o ahíta de machos de Neanderthal con otras mujeres.
Ahora que ando corrigiendo la novela de la que les hablaba, no dejo de descubrir lo rica en matices que son esas otras historias, las que no necesariamente deben de naufragar en camas. Sobre la naturaleza de las amistades opera una aritmética que no estamos acostumbrados a dilucidar, porque apenas ni le hemos dedicado tiempo a adentrarnos en ella. Mientras que cuando nos enamoramos pasamos al mundo por un embudo o lo cernimos para localizar la pepita de oro que puede ser nuestra exclusiva media naranja, con la amistad el abanico se abre y es inmenso. No importan ahí ya tanto las diferencias de edad o de ideología, y ni tan siquiera la delicada química de las atracciones.
A los amigos ni de lejos se le exige tanto como a las parejas y, sin embargo, a menudo dan más de lo que se espera de ellos. Van y vienen en el tiempo. Se ausentan temporadas sin necesidad de desaparecer y son como los libros, que nos abren mundos que no necesariamente deben pertenecernos. Yo, personalmente, tengo amigos de ambos géneros y variadas edades, los tengo mayores y mucho más jóvenes que yo. Se me van quedando en los retazos del tiempo profesores de antaño y alumnos que tengo y tuve, compañeros de instituto, compatriotas de Messenger y un largo etcétera de gente que sin ser exclusiva ni formar parte intensiva de mi vida supone el escenario de mi mundo emocional. Coso sus historias a la mía para abrigarme y abrigarlos en la a menudo inhóspita intemperie de la existencia.
Creo que uno debe de librarse de prejuicios, al menos, en esas relaciones. Los amigos son, si acaso, una cuestión de química y cada uno tiene sus fórmulas para que le cuadren las afinidades con alguien. Al menos, yo las mías, las tengo claras. Únicamente hace falta que me siente frente a alguien y que me broten las palabras y la sonrisa con facilidad, que me tiente la curiosidad su conversación y se me despierte casi sin quererlo el cariño y esa lealtad de mosquetero ebrio que le guardo a mis amigos. No importa quien esté al otro lado de esa conversación, si un doctor en Matemáticas de origen japonés o una amiga canija que anda preparándose las Pruebas de Acceso a la Universidad. Ahí tengo un amigo, y lo demás sobra.
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