domingo 9 de octubre de 2011

La sofisticación de lo sencillo.

Es imposible que a nadie se le haya pasado por alto que esta semana ha fallecido Steve Jobs, el que fue fundador de Apple y su consejero delegado en los últimos años.

Mucho se ha escrito acerca de la figura de Jobs estos días, y como suele ocurrir cuando nos falta perspectiva, la mayoría de ello resulta desproporcionado. He leído como lo comparan con Einstein o con Thomas Edison, y resulta más que evidente que no fue ni lo uno ni lo otro. También hay quien lo encumbra como una especie de gurú y no faltará, más adelante, quien también enumere sus defectos; hasta el momento no se atreven a mucho más que a relacionar su despotismo con autoexigencia o afán de perfección, pero ya habrá tiempo de hacer otras interpretaciones menos cálidas de su manera de ser. Pero de todo lo que he leído acerca de Jobs me quedo con el discurso de graduación que pronunció hace unos años en la universidad de Stanford: «Encontrad lo que améis».

Ese discurso es honesto y emotivo. Jobs poseía un talento para la comunicación que fue lo que hizo de Apple lo que es. El mismo estilo sencillo pero sofisticado que gobierna su hardware y su software es bajo el que está escrito ese discurso. Y en el fondo de todo ello hay un pozo de honestidad. Jobs era un genio entusiasmando, y para ello –quiero creer– es necesario cierta sinceridad. Si presentaba sus productos como algo grande era porque pensaba que lo eran, y transmitir ese entusiasmo es lo que ha hecho de Apple una de las empresas punteras del sector. No solo ha creado mercado sino que lo ha fidelizado.

En ese texto al que me refería, de las palabras del patrón de Apple se deduce el mismo entusiasmo que ha sido capaz de transmitir a sus accionistas y a sus usuarios. Jobs dejó la universidad durante su primer año de carrera pero siempre estuvo convencido de hacer algo «grande».

Su genio no era técnico y su acerbo fue el la sencillez de la sofisticación. Su obsesión fue convertir lo complejo en accesible. Da la impresión de que su cabeza operaba en sentido contrario a como normalmente suelen hacerlo la de los genios. No deja una complicada teoría de la relatividad incomprensible para casi todos, sino unas máquinas capaces de hacer infinidad de cosas usando solo cuatro dedos.

Puede que todo tuviera que ver con su propia concepción de la vida. En ese discurso de graduación de Stanford expone una sola y sencilla idea: «encontrad lo que amáis». Simplemente porque eso da sentido a tu vida. Y eso lo decía un hombre que normalmente iba vestido en monocromo y que odiaba los botones de todo tipo, los de la vestimenta y los de los aparatos. Se cuenta que ordenó diseñar el primer iphone con solo un botón. Esas fueron sus instrucciones para los ingenieros: «Que solo tenga un botón, apáñenselas». Y en el fondo de todo ello siempre subyacía la misma idea: hacer de lo complejo algo sencillo. Y eso fue lo que hizo con su vida: encontró lo que amaba y a eso dedicó todos sus esfuerzos, aunque a veces vinieran mal dadas y en otras hasta lo despidieran de la empresa que el mismo creó. Todo ello en el convencimiento de que nada hay más importante ni más simple que la vocación.

Bien mirado, la «genialidad» de Jobs nos ha dejado un legado bien sencillo: «encontrad lo que amáis y dedicaos a ello con toda vuestra fuerza». Ni siquiera se trata de una idea nueva, pero inspira saber que alguien ha sido capaz de llevarla a cabo.