domingo 16 de octubre de 2011

Novatadas y la farmacia de mi barrio.

Yo estudié donde pude y lo que pude, lo que significa que lo hice en la universidad pública más cercana. Teniendo en cuenta que vivo en una isla con una sola, no tuve demasiadas opciones. Tampoco fue ninguna tragedia, cuando en la vida te faltan las alternativas te ahorras mucho tiempo cuestionándote si hiciste lo más adecuado; hiciste solo lo que pudiste.

Fue por eso que no viví nunca en un colegio mayor ni estudié en una facultad con solera. La mía apenas tenía pasado y, por lo tanto, ahora no estoy seguro de que no hubiera «novatadas» porque no se estilaban por ese entonces o, simplemente, porque apenas estaban llegando profesores universitarios a la isla como para que, para colmo, tuvieran que cargar con los usos más deplorables de universidades más añejas.

Hasta hace unos días, lo de las «novatadas» me hacía recordar a una película ya añeja –probablemente más que mi universidad–, que se titulaba la «Revancha de los novatos». Era algo de universidades americanas y de comedias del mismo origen, pero no imaginaba que ya las hubiéramos importado. No obstante, una de mis alumnas, que ahora estudia Farmacia, celebrabra hace unos días en facebook que por fin acababa la temporada de novatadas en su universidad... Se me revolvieron las tripas.

¿No teníamos bastante con importar «Crepúsculo» de EEUU como para tener que traernos también lo de las novatas? Resulta insufrible ver a nuestro alumnado convertido en una panda de hoolingans dipuestos a humillar y vilipendiar a sus compañeros únicamente por ser nuevos. Con lo que nos costó librarnos de la mili obligatoria, resulta que ahora no te queda otra que ser el recluta patoso durante las primeras semanas de carrera.

O sea, terminas el instituto, sales por primera vez de casa y te encuentras con una especie de «acoso escolar» a lo bestia, institucionalizado y ejercido por nuestra élite académica. Me parece una tragedia. Te pasas toda la etapa de Secundaria educando en valores, resolviendo conflictos y promulgando el respeto al prójimo, sean cuales sean sus peculiaridades, y esos mismos alumnos serán los que dos cursos después les manden tareas insufribles a su compañeros, los insulten, los obliguen a bailar medio desnudos o les rapen el pelo en medio de una fiesta –eso es más o menos lo que te encuentras en youtube cuando escribes «novatadas España»–.

Me indigna. Y eso lo dice un tío que creción en un barrio en el que te corrían a hostias sin razón aparente. Allí había veinte fulanos que apenas sabían leer que aprovechaban cuando ibas a las farmacia para demostrar ante sus amigotes que podían pegar porque sí a los de la calle de abajo. El farmacéutico de Zárate debió de estudiar en Harvard, es el tío más listo del mundo. Abrió su establecimiento en la peor calle del barrio. Cuando ibas a por un angileptol, terminabas comprando luego melcromina, vendas y tiritas para arreglar el estropicio que te había costado el viaje.

Pero, si quieren que les diga la verdad, no me indignan tantos los matones de mi barrio como nuestros universitarios. Los primeros crecieron en la jungla y se comportaban como los animales que eran, pero los estudiantes universitarios son lo más selecto de nuestro sistema educativo, los que han medio entendido lo que les contábamos en clase y de los que nos sentíamos medianamente orgullos en los instituto. Ellos no tienen las excusa de no saber lo que está bien o lo que está mal. Se han hartado a clases de Ética y Filosofía, han leído más de dos libros (todo un récord), y han escrito –doy fe porque doy lengua– exaltados comentarios en contra del acoso escolar. Y, sin embargo, ahí los tienen: haciendo el idiota porque antes se lo hicieron a ellos.

Y lo peor de todo son los intentos de justificación. Cuando se los interroga al respecto, intentan defenderlo hablando de ritos iniciáticos, de que es una experiencia o de que supone una manera de «acoger» a los nuevos, y en ningún caso pasa de ser más que una racionalización de una animalada, que es siempre como intentan las personas formadas justificar las barabaridades que hacen cuando los obligan a ella –para muestra escuchen un rato a políticos que inauguran aeropuertos sin aviones–. Prefieron al matón de mi barrio, que te pegaba «porque sí». Por lo menbos ese no se entendía ni él.

Si les digo la verdad, si de ritos iniciáticos se trata, me quedo con el de los espartanos, que abandonaban a sus hijos en el bosque y sobrevivía el que sobrevivía para convertirse en guerrero. Por lo menos ellos tenían la excusa de que era la mejor manera de crear un ejército para defender su ciudad-estado y su forma de vida. Pero en el caso de nuestros universitarios, no se preparan sino para unas cuantas borracheras, para continuar vaciando las cuentas de sus padres o para examinarse unas decenas de veces en unos años, experiencias que cualquiera de mi barrio les cambiaría por ir a comprar a la farmacia... Que les den.

1 comentarios:

Saulo Valeron dijo...

De los "estado-sunido" importamos lo más granado y selecto: primero fueron las hamburguesas, luego el pantalón por debajo de los glúteos (el caché que da eso en los institutos, oiga!), y ahora las novatadas. Ruego en mis plegarias a San Nada que si realmente lo vamos a importar todo de allá, no nos traigamos también al mismísimo totorota de Bush o a la retrógrada de Sarah Pallin (diojnoscojaconfesao!).